De la herida a la gloria,
la poesía completa de Clara Lair
Clara Lair
Prólogado por
Mercedes López-Baralt
Copyright © 2003 Terranova Editores
Copyright © 2003 Mercedes López-Baralt.
All rights reserved.
Published 2003 by Terranova Editores, Inc.
Electronic Edition 1.0, December 2009
Contenido
Nota del editor, por Elidio La Torre Lagares
Clara Lair, Morena de la Melancolía, por Mercedes López-Baralt
Un amor en Nueva York (1920 al 1928)
I
II
III
IV
V - Banquero-
VI
VII - El Príncipe de Park Avenue
VIII
IX - Pedestal
X - Al presidir el H Trust Company
XI - Navidad
XII
XIII - Nocturnos de Nueva York 16
XIV - Finis
Arras de cristal (1937)
Impromptu
Polen
Soledad
Después
¡Don Juan!
Yo
Angustia
Pardo Adonis (In Memoriam) 29 Nocturno (Trópico)
Lullaby Mayor
Frivolidad
Perdón
Letanía egoísta
Orgullo
Arras
Petronio
Nocturnos (del Amor y la Muerte)
Pasa
Trópico Amargo (1950)
Dedicatoria: A Jorge Font Saldaña
Amor
Fantasía de Olvido
Nocturno “27”
Gloria
Carta a Ada Elena
Insolencia
Más allá del poniente (1950)
Credo
Dobles
Trazos del vivir sombrío
Sonetos de lo irreparable
Últimos poema
Palabras finales para un hombre
A Julio Benares
Epitafio
Memorias de una isleña
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Nota Biográfica
***
Nota del editor
La distancia hacia el mañana se va adoquinando con el camino que nos toma recorrer el pasado dos veces. En la medida que descubramos el resultado de ese cálculo, tendremos un mapa que trazará nuestro rumbo seguro. Con este entendimiento, Terranova Editores emprende la búsqueda vital de la grafía de nuestro consciente colectivo al publicar De la herida a la gloria. La poesía completa de Clara Lair, con un estudio preliminar, a manera de cartografía, de nuestra humanista de siempre, Mercedes López-Baralt.
De la herida a la gloria tiene la única pretensión de revivir y avivar la figura de esa gran mujer y poeta que fue Mercedes Negrón Muñoz, la Morena de la Melancolía (según la ha bautizado la doctora López-Baralt), y que escribiera sus hermosos versos bajo el seudónimo de “Clara Lair”. En esta edición nos hemos ceñido a los siguientes textos: en primer lugar, a Arras de cristal, publicado bajo el sello de la Biblioteca de Autores Puertorriqueños en 1937, y en el cual aparecen inicialmente los poemas “Lullaby Mayor”, “Angustia” y “Nocturno (Trópico)”, que más tarde se incluyeron en la edición de Trópico amargo de 1950, del mismo sello editorial, e igualmente reproducido en De la herida a la gloria.
En nuestra edición añadimos a Arras de cristal el poema “Pasa”, que figura en la versión de dicho poemario consignada en la edición de 1950 de Trópico amargo. Y, además, incluimos los poemas de Más allá del poniente, también de la mencionada edición de 1950. A estos tres poemarios, hemos añadido los poemas reunidos bajo el título de Un amor en Nueva York (1920-1928), así como la poesía última, ambos conjuntos publicados en la edición de la Obra poética de Clara Lair, editada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1979, con prólogo, ordenación y notas de Vicente Géigel Polanco. De esta edición reproducimos los dos últimos “Sonetos de lo irreparable”, que no constan en la sección de “Más allá del poniente” de Trópico amargo en su edición de 1950. Respetamos los textos originales, corrigiendo las erratas y modernizando la puntuación, e intentando atenuar el abuso de los puntos suspensivos, tan de moda en la época. También incluimos tres capítulos de Memorias de una isleña, reproducidos de la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Como notará el lector, nuestras fuentes son las ediciones originales de los poemas y la prosa de Clara Lair.
Este proyecto, que entra en su segunda edición en menos de un mes, no hubiese sido posible sin la inspiración de amigos como la señora Ada Vélez, el licenciado Hernán Irizarry Maldonado, la licenciada Vanessa Irizarry Maldonado, el poeta Jan Martínez, la cineasta Ivonne Belén y, por supuesto, la doctora Mercedes López-Baralt, con quien he revalorado el amor y la amistad que no reconocen tiempo. También agradecemos el entusiasmo compartido por la poeta Elsa Tió y la amable solidaridad de una nueva amiga, Victoria Muñoz Mendoza.
Esperamos que De la herida a la gloria no sólo sea el comienzo de una aventura editorial, sino también el despertar de muchos nuevos sueños que nos guíen, cual faro de luz entre la bruma, a nuestro destino.
Elidio La Torre Lagares
Terranova Editores
CLARA LAIR, MORENA DE LA MELANCOLÍA
Para Ivonne Belén, que supo entenderla como nadie
Marca el reloj la hora en que no vienes...
No has de venir jamás, amado mío.
(“Primer Nocturno de Nueva York”)
malencolia significa ingegno
(palabras de un tratado renacentista)
***
MUJER Y POESÍA
A fines de la década del treinta una mujer puertorriqueña arrullaba a su amado con un conmovedor estribillo:
“Duerme mi niño grande; duerme mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.”
Con solo su “Lullaby Mayor” ya su nombre merecería inscribirse con letras de oro en la historia literaria patria; sin embargo Clara Lair también nos dio los poemas que configuran su libro Arras de cristal, de 1937, y los versos de Trópico amargo, de 1950. Se trata de poemarios breves, precedidos por sus poemas tempranos de amor en Nueva York. El conjunto Más allá del poniente y sus últimos poemas cierran su breve pero contundente ciclo poético.
El sonoro seudónimo Clara Lair oculta el nombre verdadero: se trata de Mercedes Negrón Muñoz, hermana de Angela Negrón Muñoz, la de la famosa entrevista de El Mundo (1932) en que Palés reaccionara a los ataques a sus poemas negros; también pariente de próceres: sobrina de Luis Muñoz Rivera y prima de Luis Muñoz Marín. Como advierte Vicente Géigel Polanco en su prólogo a la Obra poética de la escritora, “La investigación histórica revelaría que Clara Lair no tuvo relación alguna con el nombre con que quiso se le bautizara su tío y padrino, D. Luis Muñoz Rivera, diciendo al sacerdote oficiante: ‘Inscríbala usted María de las Mercedes Augusta, por si algún día llega a ser una gran dama que tenga nombre de reina’. En efecto, ése era el nombre de una de las infantas, hija de Alfonso XIII, que el prócer puertorriqueño conociera en Madrid en los días en que gestionaba una carta autonómica para su patria” (p.9).1
Mercedes nace el 8 de marzo de 1895 en Barranquitas, hija del poeta y periodista Quintín Negrón Sanjurjo y de Carmen Muñoz Rivera, hermana del líder autonomista Luis Muñoz Rivera. Su infancia y primera juventud transcurren entre Barranquitas y Ponce, donde termina la escuela secundaria. De jovencita se interesa por el piano, posiblemente como resultado de su admiración por el famoso compositor de danzas Juan Morel Campos. También desde temprano aflora la melancolía en la futura escritora. En su epistolario con el poeta José Antonio Dávila, así se lo confiesa: “Empecé a vivir demasiado pronto por un crecimiento prematuro común a la familia, y era una mujer cabal a los catorce años.” “Yo estoy muy cansada hace años”, le dice a su amigo, “estaba cansada a los veinte años”. “Hablo con el cansancio y la fatiga del trópico, a ratos con la exaltación del trópico” 2. Ya de joven adulta cede a la afición literaria desde la rebeldía: comienza a publicar en la revista Juan Bobo entre 1916 y 1917 tras el pseudónimo de Hedda Gabler, emulando al personaje de Ibsen en ensayos que abogan por el derecho de la mujer al voto y que denuncian su degradación como objeto de adorno. Jaime Benítez (ms. 1974) nombra las figuras literarias que despertaron su admiración desde temprano: José de Diego, Luis Llorens Torres, Nemesio Canales...
En 1918 emigra con su familia a Nueva York. Vivió catorce años en el Village, durante los cuales trabajó en una empresa comercial bajo las órdenes de un banquero neoyorquino; allí escribe sus primeros poemas. En carta hológrafa y sin fecha a su querido amigo Félix Tió, con quien mantuvo una intensa correspondencia epistolar, Clara, que firma sencillamente como “Lair”, rememora así los años en Nueva York:
Yo trabajé en esa firma [...] los primeros años de 1920. [...] Eran gentes pesadas, hombres viejos que trataban de sustituir la perdida virilidad con rudos gestos de amor. Yo no quería entonces trabajar, pero no me quedaba más remedio. Quería amar, ser amada, mirar las cosas bellas, ser bella yo misma. Perdemos la juventud ganándonos la vida...3
Poco sabemos de su vida en la gran urbe, más allá de lo que cuenta en sus poemas Un amor de Nueva York (1920-28). Aquel “amor a lo adivino”, como lo llama con humor Jaime Benítez, le inspiró los poemas de este ciclo. Isabel Cuchí Coll cuenta -lo recuerda Benítez- cómo del trato con su jefe, al que Mercedes Negrón nombra en estos versos como “el maestro exótico”, surge el pseudónimo de Clara, ya que su imposible amor a veces la confundía con su amante y la llamaba así. El apellido Lair, continúa recordando Isabel Cuchí, era el nombre con el que el amado “Rey de Park Avenue” nombraba el escondite secreto en el que disfrutaba de sus amores clandestinos, y “al que probablemente nunca acudió Mercedes Negrón” (ms.1974) 4.
Clara Lair regresa a Puerto Rico en 1932 ya para integrarse a la vida cultural de su país. Frecuenta el Ateneo, y publica poemas y ensayos en la revista Puerto Rico Ilustrado y en el diario El Mundo. En 1937 sale a la luz su primer poemario, Arras de Cristal, publicado por Manuel García Cabrera en la Biblioteca de Autores Puertorriqueños. En esta década del treinta trabaja como secretaria del futuro gobernador Luis Muñoz Marín, su primo, por quien sentía una admiración que plasmó varias veces en la página impresa.5 De esos años es su retrato del joven Muñoz, publicado en el Puerto Rico Ilustrado: “Yo conocí a Muñoz Marín en Puerto Rico, desde los comienzos de la juventud, a raíz de la muerte de su padre. Contaba él a la sazón dieciocho años. Acababa de regresar de los Estados Unidos. Era un jovencito reacio y demócrata, atento y poco comunicativo, con grandes ojos negros que contenían una extraña mezcla de curiosidad y serenidad” (1934:9). Recuerda cómo lo volvió a ver en Nueva York poco tiempo después, cuando abogaba por el socialismo y predicaba la independencia para Puerto Rico. Y concluye el ensayo proclamándolo como “el nuevo inevitable Redentor” de Puerto Rico. Rosario Ferré ofrece otra interpretación de esta amistad:
Clara y Muñoz fueron amantes durante varios años en esta época.6 Compartían no sólo una niñez común en las fincas paternales de Cidra y Barranquitas y los años en el Village, sino también una auténtica pasión por la poesía. [ ... ]
El romance entre Clara y Muñoz Marín no se menciona en ninguna de las biografías que se han escrito sobre el prócer hasta el presente. Clara vivía en un pequeño departamento en el quinto piso de un edificio situado detrás del Palacio [de la Fortaleza] donde Muñoz la visitaba y le enviaba semanalmente una rosa blanca. (1986:1001)
Sin embargo, don Luis Muñoz Rivera, hijo del prócer del mismo nombre que fuera tío de Clara, insiste en que Muñoz Marín no tuvo tales amoríos con ella, sino con Finí, la hermana de doña Felisa Rincón de Gautier, y que la poeta protegía la secretividad de esta relación entre su admirado primo y su buena amiga.7
Tras su colaboración con Muñoz, Clara Lair se desempeña como bibliotecaria de la Biblioteca Carnegie y en 1946 gana el Premio de Periodismo. En 1950 reedita los versos de Arras de cristal en un libro con triple título, que reúne tres poemarios: Trópico amargo, Arras de cristal y Más allá del poniente, también edición de la Biblioteca de Autores Puertorriqueños. El Instituto de Literatura Puertorriqueña premia el libro al año de su publicación. A partir de 1959 comienza a publicar, en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, varios fragmentos de una biografía novelada que queda inconclusa justo en sus comienzos: Memorias de una isleña. En 1961 el Instituto de Cultura Puertorriqueña publica en el número 8 de sus Cuadernos de poesía insular una selección de la obra lírica de Clara Lair.
“Encallada en su puerto hasta la muerte”, según Benítez, ya había comenzado a retraerse en su hogar para escribir, leer y conversar con los amigos, en medio de una estrechez económica que no le impedía sorprender ocasionalmente a sus invitados con un poco de champán. Yeyita Cervoni da un testimonio invaluable sobre estos años de reclusión de Clara Lair, testimonio consignado tanto en entrevista con Fátima Seda Barletta (1974) como en su participación en el documental de 1997 de la cineasta puertorriqueña Ivonne Belén, Una pasión llamada Clara Lair. Su amistad comenzó bajo el augurio del silencio. “Me la habían presentado antes”, recuerda Yeyita, “pero ese día yo fui a su casa y me invitó a sentarme con ella en el balcón. Ella fumaba y miraba las estrellas. Y me miraba a mí de vez en cuando. Yo no me atrevía a decir nada. Había pasado más de una hora cuando me habló”. Clara Lair rompió entonces su ensimismamiento para decirle: “Creo que vamos a ser amigas, porque tú entiendes del silencio”.
Sobre la soltería de Clara Lair, Yeyita Cervoni comenta que “Ella no creía en el matrimonio. Decía que solamente se hubiera podido casar con Antonio S. Pedreira. Vivirían en una casa de dos pisos, ella arriba y él abajo. Entonces él la llamaba por teléfono y le decía: ‘¿Clara?, te invito a cenar...’. Clara bajaría con su traje de encaje y sus velos... Tampoco creyó nunca en la maternidad... Era una bohemia. Le fascinaban las tertulias con los vates, los políticos” (Fátima Seda-Barletta, 1974:9). Ivonne Belén recoge, por su parte, otro testimonio de dos amigos de Clara Lair sobre la cuestión del matrimonio. “El legislador Jorge Font Saldaña con la literata Margot Arce, contó esta anécdota en una entrevista: Ella admiraba mucho a otra poeta, la ganadora del Premio Nobel, Gabriela Mistral. Cuando vino a Puerto Rico, Clara fue muy emocionada a saludarla y cautivó la atención de la Mistral, con su belleza rara y melancólica mirada. Gabriela Mistral se acercó e hizo uno de esos comentarios insulsos que a veces se hacen para dar pie a una conversación. ‘¿Cómo es que usted, siendo tan bella, no se ha casado?’. Clara le ripostó: ‘Esa pregunta que me ha hecho usted, sólo la hacen las mujeres estúpidas’. La Mistral, sin perder el aliento, admitió: ‘Muy bien, muy bien’ ”(citado por Seda-Barletta, 1996).
Reflexionando sobre los años de reclusión, el poeta Edwin Reyes cita el recuerdo de otra poeta y amiga, Nimia Vicens:
Contaba Nimia que una vez le preguntó a Clara Lair, la del encierro en la locura voluntaria, por qué ese aislamiento y tanto desorden en aquel pequeño apartamiento del viejo San Juan donde vivió la poetisa sus últimos años.
Clara, con la trágica y lúcida ferocidad de su poesía, le contestó:
“Ay, Nimia, sólo me queda vivir la aventura del desorden!...” (1998:18)
Rosario Ferré describe con dolorosa precisión la sordidez de estos últimos años de la poeta, que vivió su soledad en absoluto desamparo fiscal, acompañada de una docena de gatos e inmersa en un ambiente de insalubridad. Sin embargo, tras el desastre de lo que hoy veríamos como resultado del deterioro de una larga y penosa enfermedad mental sin tratamiento8, Ferré calibra con lucidez el valor de Mercedes Negrón Muñoz: “Una mujer que vive hasta los ochenta años en Puerto Rico, sola y sin protección económica [...] lleva a cabo, sin duda, una proeza. Creo que la audacia de Clara supera la de poetas como Alfonsina Storni o Delmira Agustini, porque ella tuvo el valor de no suicidarse, de seguir viviendo. Desde su desvencijado palomar vio pasar los sepelios de sus poderosos amigos, en su tránsito desde la Fortaleza hacia los campos del olvido histórico y de la indiferencia cultural” (1986:1003).
“Vivió muriendo los últimos años”, ha dicho Wilfredo Braschi (1979:106), quien la conociera bien. “Allá en un rincón del Viejo San Juan, en una de esas casas sin ascensor, cuyas ventanas miran a la bahía y a la Boca del Morro, fue a esconderse con las alas rotas.” Pero, como dijera en su momento Salvador Tió, “Desde su rincón de musarañas Clara Lair aprendió a hablar con las estrellas” (1979:103). También con intelectuales, políticos y poetas, entre ellos, el mismo Tió, Johnny Martínez Capó, Jorge Font Saldaña, Jaime Benítez, Felisa Rincón de Gautier, Manuel García Cabrera, Manuel Joglar Cacho, Luis Ferré, Luis Palés Matos, Evaristo Ribera Chevremont, Finí Rincón, Vicente Géigel Polanco, Pedro Bernaola, David Ortiz y Jacobo Morales, sin faltar a su tertulia la lucidez bohemia de Yeyita Cervoni9. “Hasta el rincón elevado de un quinto piso -áspero nido de águila, mirador y torrre de marfil- iban a verla ‘muchos vates’. Irrumpían en grupo, o uno a uno, a escucharla. Ya el pelo en fuga, con unas hebras rebeldes como ella. La boca roja y en flor de antes, marchita, entrecortado el aliento, fatigosa. A ratos iracunda. Íntegra, redonda, cabal, vivaz, inquieta y creadora” (Braschi 1979:107).
En 1967 la Sociedad de Autores Puertorriqueños le rinde un homenaje, celebrado tanto en el Instituto de Cultura Puertorriqueña en San Juan como en el Ateneo Puertorriqueño de Nueva York. Dos años más tarde Jaime Benítez, por entonces presidente de la Universidad de Puerto Rico, la nombra Escritora en Residencia. Poco después -el 25 de agosto de 1973- Clara Lair moriría de cáncer en San Juan, a la edad de 78 años. En su sepelio despidió el duelo Luis Muñoz Marín, su admirado “líder”, y Yeyita Cervoni, su amiga tan querida, leyó el poema “Orgullo” tras colocar, sobre el féretro, las amapolas rojas del país que tanto amara Clara.
A los seis años de su muerte, Vicente Géigel Polanco publica la Obra poética de Clara Lair en edición del Instituto de Cultura Puertorriqueña. En ella reúne los poemas de Nueva York, así como Arras de cristal, Trópico amargo y Más allá del poniente, cerrando el libro con los Últimos poemas de Clara.
Los testimonios sobre la imagen de la “absurda maja del arte y el amor”, como ella misma se autodenominara en sus versos, son pocos, pero coinciden en recordarla como una mujer rodeada por un aura de misterio. José Antonio Torres Martinó la evoca como “aquella alta sombra, aquella mujer delgada y fantasmal” (1992:10). Wilfredo Braschi rememora:
La estampa de Clara Lair, la que se nos da en la pequeña posteridad fotográfica, ofrece el óvalo de una cara casi etérea, de fino perfil. Rizo el pelo negro, los bucles abundantes, pequeña la boca, el cuello largo.
La Mercedes Negrón Muñoz de ochenta años fue desgastándose sin remedio. La Clara Lair intemporal -la forjadora de “arras”- permanece de pie, diáfana, como si ella misma fuera de cristal.[...]
La recuerdo un poco entre la bruma de los años. Así la vi por vez primera: alta, muy espigada, con un misterio de mujer ausente. Hondas ojeras tirando a morado, los ojos como dos levísimas llamas. El rostro, ya, como una máscara de tristeza.
De esto hace ya mucho tiempo. Le restaba aún, el ramalazo de la hermosura física. Al morir, a los ochenta años cumplidos 10, de aquella mujer sólo fluía el timbre lejano de una voz. (1979:106, 105)
La poeta Marigloria Palma recuerda así la madurez de Clara Lair: “La poetisa era una mujer muy alta y delgada, pelo gris, nariz prominente y cierta distinción física. Mientras hablaba, tenía un gesto típicamente suyo, un gesto de coquetería: con su bonita mano de largos dedos se acentuaba una onda de pelo que llevaba sobre el ojo derecho. Prendido al pecho llevaba casi siempre un ramito de flores silvestres11 que recogía en el trecho de yerba entre la Biblioteca Carnegie y el Ateneo. Caminaba con alguna dificultad, debido a que sufría un reumatismo de un pie y lo tenía deforme” (1987:19-A).
Yeyita Cervoni es posiblemente quien nos da el retrato más preciso de los últimos años de Clara Lair:
Era una mujer alta, muy blanca. Cuando la conocí era preciosa, elegante. Pero le pasó como a María Antonieta. Su belleza se fue de la noche a la mañana, como arrancada por un viento tormentoso. A los cuarenta años ya se había marchitado. Se veía igual que al morir... [...] Tenía las manos largas. Estudió piano con la Tavárez. Un día llevé a su casa al escritor argentino Ernesto Camili. Ya de la Clara bella sólo quedaban residuos. Pero él le cogió las manos y le dijo que eran las manos más bellas que había visto, que Clara debía haber sido pianista y no poetisa. ¡Bueno, ella se volvió loca de contenta![...] Su pelo estaba salpicado de gris, “salt and pepper”, tú sabes... vagamente ondulado. Tenía un mirar desolado. Ella misma decía que su mirar era enigmático. Su paso era lento, cansado. Cojeaba un poco porque nunca se dejó sacar una nigua petrificada que tenía en una pierna. Andaba siempre en sandalias. [...] Siempre usó traje largo. Con manga estrecha y larga, rematada con un volantito. Le gustaban los escotes profundos, en pico. Clara también usaba collar largo... (Seda Barletta 1974: 9)
Aunque fuera reconocida en su momento, la bibliografía crítica sobre la poesía de Clara Lair aun es precaria. José Antonio Torres Martinó cita una de las primeras valoraciones de sus versos, que posiblemente constituye su primer peldaño en el camino de ingreso el canon lite-rario puertorriqueño del siglo veinte: “El severo ensayista Antonio S. Pedreira [...] la saluda como poetisa de angustia musical profunda, expresada con una valentía poética admirable, celebrando la refinada franqueza con que pulsa la cuerda erótica” (1992:10). En 1937 Luis Llorens Torres la iguala a sus pares tanto en el ámbito isleño como más allá de las fronteras patrias:
A esta hora hispanoamericana, en el campo de la poesía ocurre lo que en las pistas de los hipódromos: que las hembras corren tanto o más que los machos. Saltan enseguida, a esta página, cinco cumbres hembras de nuestro idioma castellano en América: Clara Lair (puertorriqueña de Barranquitas), Gabriela Mistral (de Chile), Alfonsina Storni (de Argentina), Juana de Ibarbourou (de Uruguay) y Julia de Burgos (puertorriqueña de Carolina) [...] no puede negarse que hay influencia de la Storni en nuestra Clara Lair [...] Ante la pequeñez humana, la reacción de Alfonsina es siempre de desprecio, mientras la de Clara es de amargura y dolor. Examínense los poemas “Perdón”, de Clara, y “Hombre pequeñito”, de Alfonsina... (1937:14)
En vida, se ocupan de sus versos poetas e intelectuales como Vicente Géigel Polanco, Josemilio González, Marigloria Palma, Salvador Tió.Tras su muerte, Jaime Benítez, y más recientemente, el poeta Edwin Reyes y la novelista Rosario Ferré. El primero la compara con Julia de Burgos y Nimia Vicens, distinguiéndola así:
Clara Lair es desgarrada, dramática, casi trágica; su voz apasionada, humanísima; su verso vivo y desnudo como la llama. En su poesía se delata un hambre insaciable de ternura, un deseo candente de tener, para sí sola, el Amor. Y ante lo imposible, prefiere su destrucción por la muerte. -¡Ay, si no despertara!-dícele al niño grande que se ha dormido, idealmente, entre sus brazos. Así vive esta excelsa poetisa en su roca solitaria, como la mítica Walkiria dentro de su círculo de fuego, esperando al poderoso Sigfrido que atraviese las llamas de su encantamiento. (1998:18)
Por su parte, Ferré la enfrenta a Julia de Burgos, en un juego de polaridad complementaria:
¿Por qué digo entonces, al comienzo de este ensayo, que Clara y Julia constituyen el positivo y el negativo de una misma foto, de una misma vida proyectada en claridad y sombra? ¿Por qué, en este juego de proyecciones anímicas, escojo hoy a Clara, siendo sin duda Julia la mejor poeta? La confluencia de sus vidas es evidente: ambas se exiliaron en Nueva York por más de una década; ambas tuvieron amoríos con hombres poderosos que hoy la historia y la sociedad se afanan en proteger; ambas desafiaron las normas sociales de su época. Hasta sus diferencias de origen sirven para hermanarlas. El origen patricio de Clara y el humilde de Julia desembocó en una misma pasión: el deseo de adquirir, contra viento y marea, contra todas las dificultades que implicaba el haber nacido mujer en una isla pobre y atrasada del Caribe, un conocimiento intelectual que entonces sólo era patrimonio de los hombres. Pero en esa lucha a pluma armada que constituyó sus vidas, Clara supo defenderse mejor. A diferencia de Julia, cuyos poemas muchas veces se consumen, como los de las modernistas latinoamericanas, en fatuas hogueras suicidas, los poemas de Clara, construidos con los restos irónicos de esa hoguera, han adquirido con el tiempo una serenidad indestructible. En ellos la pasión amorosa cede su lugar al reconocimiento del don poético, a esa sabiduría del poder creador que es ya razón suficiente para seguir viviendo. (1986:1006)
Más allá de los esfuerzos de la crítica, hace poco la recobramos traducida a imagen en el espléndido poema visual de otra mujer puertorriqueña, Ivonne Belén, directora, productora y guionista del documental fílmico Una pasión llamada Clara Lair, estrenado en San Juan en marzo de 1997.
A Ivonne Belén la conocemos por una trayectoria profesional polifacética en su dedicación al cine: desde encargarse del vestuario, la promoción y el guión de “Detrás de las cámaras” de Linda Sara, de Jacobo Morales, hasta realizar el diseño de producción para varios films: la película del español Gerardo Herrero, Short Cut to Paradise, el cortometraje de Juan Carlos García, La recién nacida sangre y dos cortometrajes de Noel Quiñones; desde asumir el diseño de arte del film La guagua aérea de Luis Molina hasta participar en varios documentales con nuestro poeta Edwin Reyes. En Adombe fue directora de arte y producción; en Rafael Hernández, Jibarito del mundo, co-productora; en Palés: reseña de una vida útil, directora de arte.
Ivonne Belén ha compartido con el poeta Edwin Reyes el compromiso innovador por difundir lo mejor de la cultura puertorriqueña a través de la imagen, esfuerzo que invierte el de otra gestión finisecular, esta vez del diecinueve: la vocación de trasposición pictórica de la poesía francesa, heredada por nuestros modernistas. Si Lugones, Darío y el mismo Palés se empeñaban en llevar al verso los colores y las formas del lienzo, nuestros cineastas de hoy llevan la palabra a la pantalla, traduciéndola en imágenes emblemáticas que motivan al espectador a tomar otra vez el libro entre sus manos. Ejemplar circularidad que en otro medio -el de la canción- hicieron suya Alberto Cortés, Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez y nuestro Roy Brown.
Con Una pasión llamada Clara Lair, que recibió una mención especial del Jurado de Documentales del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de Cuba, Ivonne Belén nos ofrece una verdadera joya. En su documental todo deviene poesía: el doble hilo conductor de las entrevistadas, doña Felisa Rincón de Gautier y Yeyita Cervoni, la arquitectura y las calles del viejo San Juan, el abrazo de una pareja enamorada. También la luna, asomando por una ventana, una mujer solitaria caminando de noche entre los arcos de un viejo claustro, las olas del mar batiendo sobre la arena, las gazas de una tenue cortina sobrevolando el marco de una ventana, un sillón meciéndose solo sobre el suelo de ajedrez de una casa sanjuanera. Gracias a nuestra cineasta, Clara Lair deviene sujeto fílmico y su soledad sonora se hace presencia para nuestras generaciones más jóvenes.
Como poeta Clara Lair se inserta en la tradición de escritura femenina inaugurada por poetisas como Juana de Ibarbourou, Afonsina Storni, Delmira Agustini y Gabriela Mistral dentro del posmodernismo de las primeras décadas del siglo, y cultivada poco después en Puerto Rico por Julia de Burgos. Tradición que no supo cómo encajar en nuestra temprana historia literaria del siglo veinte Federico de Onís, por otra parte tan generoso con el quehacer cultural americano. Recordemos cómo, en 1934, Onís puso en pie de igualdad la poesía hispánica tanto peninsular como ultramarina en su Antología de la poesía española e hispanoamericana, publicada en Madrid en 1934. En la introducción a este libro, distinguía varias corrientes en el recien estrenado posmodernismo bajo el acápite de “reacciones”: reacción hacia la sencillez lírica, reacción hacia la tradición clásica, reacción hacia el romanticismo, reacción hacia el prosaísmo sentimental, reacción hacia la ironía sentimental. La sexta corriente, que no supo cómo clasificar en términos poéticos, la delimitó dentro de los parámetros del género: “las poetisas”.
En El barco en la botella: la poesía de Luis Palés Matos (1997)12, eché una mirada al contexto literario de las poetas puertorriqueñas Julia de Burgos y Clara Lair, examinando las aportaciones de dos de sus antecesoras posmodernistas más consagradas: la uruguaya Juana de Ibarbourou y la argentina Alfonsina Storni. Retomo aquí el tema, con la intención de ofrecer, mediante la concreción de la textualidad, una idea del horizonte literario femenino que nutre a Clara.
Ibarbourou incide tempranamente en el tema erótico. En primer lugar, aludiendo -sin eufemismos- a la entrega sexual:
¡Oh, lino, madura, que quiero tejer
sábanas del lecho donde dormirá
mi amante, que pronto, pronto tornará!
(fragmento de “La espera”, Las lenguas de diamante, 1919) 13
Y la delicia suprema
de la selva, mientras quema
la siesta todas las ascuas
en los ardientes ribazos.
Y la suprema delicia
de la más casta impudicia:
dormir desnuda en tus brazos.
(fragmento de “Verso impersonal”, Raíz salvaje, 1922)
En segundo lugar, celebrando su cuerpo en franco desafío a la posición tradicionalmente católica que ve en la mujer, el demonio y la carne los tres enemigos del alma:
Cuido mi cuerpo moreno
como a un suntuoso marfil.
...........................................
¡Oh, mi amante, te lo ofrendo
como un regalo de amor¡
(fragmento de “Ofrenda”, Las lenguas de diamante, 1919)
¡Cómo resbala el agua por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda
y pone en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, llueve.
Y voy, senda adelante,
con mi alma ligera y la cara radiante.
Sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no pensar.
(fragmento de “Bajo la lluvia”, Las lenguas de diamante, 1919)
Con membrillos maduros
perfumo mis armarios.
Tiene toda mi ropa
un aroma frutal que da a mi cuerpo
un constante sabor a primavera.
(fragmento de “Olor frutal”, Raíz salvaje, 1922)
El feminismo de Alfonsina Storni -profundo y atormentado- contrasta con la alegría gozosa de la Ibarbourou. Más intelectual, plantea líricamente, con una lucidez heredada de los famosos versos de Sor Juana Inés de la Cruz (“Hombres necios que acusáis/a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo qe culpáis”), el problema del género. Son igualmente citados que los de la poetisa mexicana los versos en que Storni denuncia con certera ironía la ley del embudo del machismo que exige virginidad a la mujer mientras celebra la promiscuidad del varón:
Tú me quieres blanca
Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.
Ni un rayo de luna
filtrado me haya,
ni una margarita
se diga mi hermana;
tú me quieres blanca,
tú me quieres nívea,
tú me quieres casta.
Tú, que hubiste todas
las copas a mano,
de frutos y mieles
los labios morados.
Tú, que en el banquete
cubierto de pámpanos
dejaste las carnes
festejando a Baco.
Tú, que en los jardines
negros del Engaño
vestido de rojo
corriste al Estrago.
Tú, que el esqueleto
conservas intacto
por cuáles milagros,
no sé todavía
me pretendes blanca
(Dios te lo perdone)
me pretendes casta
(Dios te lo perdone)
me pretendes alba.
Huye hacia los bosques;
vete a la montaña;
límpiate la boca;
vive en las cabañas;
toca con las manos
la tierra mojada;
alimenta el cuerpo
con raíz amarga;
duerme sobre escarcha;
renueva tejidos
con salitre y agua;
habla con los pájaros
y lévate al alba.
Y cuando las carnes
te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas
se quedó enredada,
entonces, buen hombre,
preténdeme blanca,
preténdeme nívea,
preténdeme casta.
(El dulce daño, 1918) 14
Pero no sólo hallamos ecos de Sor Juana en la poesía de la Storni. Su poesía nos remonta a momentos de La Celestina de Fernando de Rojas, sobre todo aquél en que Melibea -en un lúcido monólogo- afirma que su condición femenina, y no diferencias de casta o de clase social, es lo que la margina de la expresión del deseo sexual. Recordemos aquí el pasaje que abre el décimo auto:
¡Oh lastimada de mí! ¡Oh mal proveída doncella! ¿Y no me fuera mejor conceder su petición y demanda ayer a Celestina, cuando de parte de aquel señor, cuya vista me cautivó me fue rogado, y contentarle a él y sanar a mí, que no venir por fuerza a descubrir mi llaga, cuando no me sea agradecido, cuando ya, desconfiando de mi buena respuesta, haya puesto sus ojos de amor en otra? [ ... ] ¡Oh género femíneo, encogido y frágil! ¿Por qué no fue también a las hembras concedido descubrir su congojoso y ardiente amor, como a los varones? Que ni Calisto viviera quejoso ni yo penada.15
De manera parecida se quejará Alfonsina Storni del pesado fardo que le impone el género en su poema “La que comprende” (Languidez, 1920), a través de la voz lírica que le ruega a Dios que el hijo que lleva en su seno no nazca mujer. Pero como la Melibea de Rojas que termina entregándose a Calisto, Storni también trascenderá la imposición cultural con su voluntad de hierro:
Veinte siglos
Para decirte, amor, que te deseo,
sin los rubores falsos del instinto,
estuve atada como Prometeo,
pero una tarde me salí del cinto.
Son veinte siglos que movió mi mano
para poder decirte sin rubores:
“Que la luz edifique mis amores”.
¡Son veinte siglos los que alzó mi mano!
Pasan las flechas sobre mis cabellos,
pasan las flechas, aguzados dardos...
¡Son veinte siglos de terribles fardos!
Sentí su peso al liberarme de ellos.
Y no creas que tengo el brazo fuerte,
mi brazo tiembla debilucho y magro,
pero he llegado entera hasta el milagro:
estoy acompañada por la muerte.
(Irremediablemente, 1919)
Otra de las audacias líricas de la Storni la encontramos en un poema sobre un pretendido adulterio, en el que su voz poética se hermana con su rival (un poco el caso de las heroínas galdosianas en Fortunata y Jacinta). Pero “Carta lírica a otra mujer”, de su libro Languidez, de 1920, bordea finamente la ambigüedad sexual al afirmar que más dicha que poseer a su amado le suscita el besar lentamente la mano de su mujer, para recobrar allí el beso del hombre, “este horrible deleite de hacer mío/ un inefable, apasionado rastro”. Ya en su poema póstumo, que ha dado lugar a la hermosísima canción que difunde hoy la voz de Mercedes Sosa, “Alfonsina y el mar”, la Storni rechaza de una vez la compañía masculina para entregarse a la soledad eterna de la muerte:
‘
Voy a dormir
Diente de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes,
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
(poema póstumo, 25 de octubre de 1938)
El caso de las poetisas puertorriqueñas es tardío, si lo comparamos a la proliferación de voces femeninas del posmodernismo hispanoamericano: Ibarbourou, Storni, María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini, Gabriela Mistral. La primera que irrumpe en la lírica nacional a fines de la década del treinta, con sus libros Poema en veinte surcos (1938) y Canción de la verdad sencilla (1939), es la autora de uno de nuestros más hermosos poemas del siglo veinte, “Río Grande de Loíza”. Más allá de su intenso amor por el río-hombre, el único que besara en su alma al besar en su cuerpo, podemos reconocer en los versos de Julia de Burgos16 la expresión del júbilo sexual:
¡Cómo suena en mi alma la idea
de una noche completa en tus brazos
diluyéndome toda en caricias
mientras tú te me das extasiado!
(fragmento de “Noche de amor en tres cantos”, Canción de la verdad sencilla, 1939 )17
Despierta de caricias,
aún siento por mi cuerpo corriéndome tu abrazo.
Estremecida y tenue sigo andando en tu imagen.
¡Fue tan hondo de instintos mi sencillo reclamo!
(fragmento de “Canción desnuda”, Canción de la verdad sencilla, 1939)
Sin embargo, lo que resulta más audaz, y plenamente actual de Julia de Burgos (en ello anticipa una de las voces femeninas más importantes de nuestra actualidad, la de Mayra Santos-Febres), es la fusión de sus tres conciencias, la sexual, la social y la racial. Julia celebra de manera provocadora su condición de mujer mulata en un poema que podríamos leer como secuela del Tuntún de pasa y grifería palesiano, publicado un año antes; nótese la insistencia en la voz grifa y sus derivados, eco evidente del título de Palés:
Ay ay ay de la grifa negra
Ay ay ay, que soy grifa y pura negra;
grifería en mi pelo, cafrería en mis labios;
y mi chata nariz mozambiquea.