LA LARGA HISTORIA DE MI MADRE
Edith Chahín
Smashwords Edition
© Edith Chahín
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 Madrid.
http://literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-938740-2-5
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A mi madre Nahima
Capítulo 11. El joven que hablaba con las estrellas
Capítulo 17. Francisco y Nahima
Capítulo 20. El vuelo del cóndor
Capítulo 21. Sueños de emigrante
Capítulo 24 Vida tranquila en Santiago
Capítulo 27. Los milagros de Nahima
Capítulo 1. Nahima
Ya tenía quince años el día que su madre llamó a su hermana mayor con ese tono de voz tan suyo, sereno, bastante amistoso pero implacable; es decir, ese tono de voz que usan los que saben que serán obedecidos a la primera, que no admite réplica ni mucho menos contradicción, que pone punto final a la conversación casi antes de haberla empezado...
—Fadua, prepara y trae el café para la visita.
Era una frase sencilla, una orden semejante a la de todos los días. Pero ni Fadua ni Nahima ni la madre que había pronunciado esas palabras con el mismo tono que hubiera usado para pedir un pedazo de pan, intuyeron la trascendencia que tenía; ni siquiera Nahima que se había distinguido siempre como poseedora de un poder mental que iba más allá de la simple intuición femenina, presintió el trastorno que esa orden emanada de los labios de su madre iba a causar en su vida y en la de toda la familia.
Fadua no pudo contener un estremecimiento. Miró a sus hermanas con ojos de gacela asustada, y encontró sus miradas clavadas en ella -diez negros azabaches que le llegaron al alma-, llenas de ansiedad y picardía, cuyas dueñas las desviaron al momento para fijarlas, avergonzadas, en sus labores. Solo Nahima fue capaz de mantenerla fija en Fadua y ambas hermanas permanecieron mirándose, comunicándose en silencio la multitud de pensamientos que no se atrevían a expresar con palabras.
Todas conocían el significado de esa visita y de ese café, pero no se arriesgaban a hablar de eso; era un tema tabú, competencia absoluta de los padres.
Mientras las demás disimulaban sus risitas, mezcladas de confusión y vergüenza, Nahima sentía bullir la sangre en su pecho al comprender la mirada de su hermana de casi diecinueve años, cuatro mayor que ella, implorando ayuda al constatar su propia impotencia ante la situación que tenía que enfrentar; estaba a punto de conocer al hombre que en ese momento estaba pidiéndola en matrimonio a sus padres antes de haberla visto, y que solo la conocería cuando ella le ofreciera el café.
Nahima miraba a Fadua con una expresión indefinida, con curiosidad e ironía, especulando hacia sus adentros sobre la situación: Fadua, tan delgada, tímida, insegura, obediente y sumisa. Jamás la había visto ni oído contradecir o replicar a su madre, mucho menos al padre, ya que este transmitía sus órdenes a través de su mujer; con su cara de inocencia y sus ojos asustados, ¿qué haría en esta ocasión? ¿Obedecería ciegamente la orden de la madre y se presentaría ante el visitante para ofrecerle el café? Y luego... ¿aceptaría a ese hombre como marido, así, sin más, solo porque sus padres se lo ordenaban?
Ambas hermanas continuaban mirándose, en una ceremonia eterna de transmisión de pensamientos... sin hablar... casi sin respirar... sin que un movimiento delatara la intensa preocupación de sus jóvenes cabecitas... como si un solo ademán pudiera provocar un desenlace fatal, la picadura de una serpiente, el desprendimiento de un alud. Nahima fue la primera en deshacerse del hechizo. Hizo un movimiento de hombros, sacudiendo las responsabilidades que pudieran caberle en la decisión, desentendiéndose de ella, pero no pudo librarse de la mirada que su hermana mantenía fija en la suya.
En otra ocasión habrían podido hablar, comentando entre ellas o incluso criticando algunas costumbres ancestrales que las afectaban y que hubieran deseado que cambiasen, pero jamás habrían osado hacerlo delante de sus padres, ni siquiera de sus hermanas menores. Concretamente ahora, la situación merecía comentarios y críticas. Fadua sería obligada por sus padres, sin previa consulta, a casarse con un desconocido, y esto que le sucedía hoy a la mayor, mañana o cualquier otro día le tocaría a Nahima y después a las demás. Tampoco le preguntarían si deseaba casarse, si aceptaba de buena gana, cuando no con entusiasmo, al hombre que la pedía, o si lo rechazaba porque la doblaba en edad, porque era gordo, porque sus bigotes eran horribles, o simplemente, porque no lo amaba....
¡Amor! ¿Quién iba a atreverse a usar esa palabra? Palabra tan hermosa que sus labios tiernos y juveniles jamás habían osado pronunciar, pero que acariciaban con sus pensamientos desde que aprendieron a leer en su primer libro de lectura: la Biblia. Las religiosas misioneras de la iglesia a la que acudían las iniciaron en la lectura y en la Sagrada Biblia, abriendo su mundo a la cultura y a la fe cristiana a la vez. Les enseñaron a leer en los libros del Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo y otros, y también en los del Nuevo Testamento, los Evangelios, las Epístolas, incluso el Apocalipsis, saltándose descaradamente aquellos libros que podían plantearles preguntas difíciles, o despertar en ellas algunos sentimientos prohibidos, como el Cantar de los Cantares, que ambas hermanas descubrieron un día y que aprendieron de memoria a hurtadillas para recordarlos cuando estaban solas y se desvelaban por las noches, preguntándose una a otra sobre el sentido de esas frases:
«¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!»... «Tus dos pechos, cual dos crías mellizas de gacelas, que pacen entre lirios...». «¡Qué bella eres amada mía, qué bella eres!»... «¡Mi amado es para mí y yo soy para mi amado!»... La Biblia contenía algunas escrituras muy aburridas o incomprensibles, pero también las tenía maravillosas, incluso, excitantes... ¿Por qué estaba prohibido hablar de esas cosas, nombrarlas siquiera, si eran palabras inspiradas por Dios a sus elegidos? ¿Estarían equivocados sus padres? No, no era culpa de sus padres. Esa rigidez venía de antaño, de siglos anteriores, y seguramente duraría muchos siglos más... Ellas no verían cambios, ni serían capaces de promoverlos, ¿cómo atreverse a dar pasos hacia una liberación, si cada vez que surgía una mujer con intenciones de salir de la represión, liberarse de sus yugos, era castigada por sus padres con encierros y aislamientos, cuando se trataba de una joven soltera, y si era casada, su marido la vilipendiaba públicamente y la acusaba a las autoridades? ¡Cuántas mujeres habían muerto lapidadas o azotadas por intentar liberarse! Nahima no había conocido a ninguna, pero sus tías y su madre se lo habían contado. A veces pensaba que solo lo hacían para asustarlas y mantenerlas bajo control. Hasta llegaron a decirles que algunas mujeres que no querían obedecer a sus padres o maridos eran entregadas a los turcos que las hacían recorrer a pie los desiertos para entregarlas a su jefe, siempre ansioso de engrosar el número de concubinas de su harén.
Nuevamente se escuchó la voz de la madre:
—Fadua, ¿has oído? Prepara el café.
Fadua, nerviosamente, se agarró a las manos de Nahima.
—¿Quieres que yo sirva el café? —preguntó la pequeña Afifi, que apenas tenía siete años.
—Tú no te metas en esto —la regañó Karimi, reteniéndola por el brazo.
—Quiero ver al visitante —insistió, mimosa, Afifi.
—¡Qué ocurrencia tiene esta niña! —gruñó Yolia— ¿no sabes acaso que está prohibido que nos asomemos al salón cuando hay visitas?
—Entonces que pasen aquí para que los conozcamos... —La pequeña estaba agotando todas sus reservas con tal de conseguir sus caprichos. Karimi intervino, esta vez conciliadora:
—Tú sabes que los visitantes no pueden entrar aquí; eso también está prohibido.
—Pero si nuestro padre quisiera.... —Una mano, también pequeña, le tapó la boca.
—Te han dicho que te calles de una vez —dijo Hadbo casi al oído de la pequeña, mientras esta trataba de liberarse, arañándole la mano.
Era una tradición muy antigua en las familias de cierta categoría, que las hijas mujeres debían permanecer en el interior de las casas sin asomarse siquiera cuando llegaban visitas al hogar. Solamente las amigas o parientes que acudían con sus maridos a saludar a los padres, podían entrar para ver o conocer a las hijas en un lugar interior de la casa, donde siempre estaban realizando alguna labor; pero los hombres no gozaban de este privilegio. No les estaba permitido acercarse al lugar de reunión de las hijas del dueño de casa, ni estas podían acudir al salón donde ellos fumaban y sostenían conversaciones «no aptas para oídos femeninos». La excepción se presentaba precisamente cuando llegaba un pretendiente con intenciones de desposar a una de las hijas, pero él no tenía derecho a elegir la más bonita o la más inteligente; lo único que podía elegir era la familia y lo hacía pensando en su nivel cultural, social, religioso y económico. Una vez hecho el contacto, los padres decidían cual de sus hijas presentarían al pretendiente, recayendo la elección siempre en la de más edad, y la forma de presentarla era, justamente, llamándola para que sirviera el café al visitante y a su acompañante, que solía ser el sacerdote de la iglesia a la cual pertenecía la familia de la futura novia. Pero antes del café, ambas partes pedían discretamente todo tipo de detalles con el fin de poder tomar una decisión, en la que el sacerdote jugaba un papel determinante. El último «detalle» que faltaba para la toma de decisión era que el pretendiente conociera a la novia, no para dar el visto bueno, porque no debía rechazarla, ni manchar con ello el honor de la familia, sino para cerrar el trato después de probar el café servido por ella. Este era el último paso en la petición de mano de una joven en la ciudad de Homs, pues todo lo demás ya había sido convenido de antemano: el interesado se presentaba a los padres de familia, incluso sin haberlos conocido antes, sabiendo solamente por la información que le daban sus amigos y parientes, que se trataba de una familia distinguida, con buena situación económica y alto nivel cultural, que tenía ocho hijos, siete mujeres y un varón, y que todas las hijas sabían leer, escribir, cocinar, coser, bordar, tejer y hacer las labores de la casa. Después los padres le darían a conocer algunos detalles más íntimos de la muchacha elegida: su salud, su carácter, su inteligencia, la regularidad de sus períodos mensuales -asunto este de gran importancia para la futura descendencia- y otros, como la dote que esta percibiría y todo aquello que al pretendiente le pareciera importante saber. El, a la vez, informaría sobre sí mismo, sobre su familia, su nombre, lugar de nacimiento, trabajo, edad, capital que poseía, lugar donde establecería su residencia, y debía estar dispuesto a responder a cuantas preguntas desearan hacer los padres de la futura novia.
Entretanto, Fadua continuaba mirando a sus hermanas que habían vuelto a inclinar sus cabezas sobre sus labores. Formaban un hermoso cuadro las jovencitas con sus cabellos negros, brillando bajo los rayos casi bermejos del vespertino sol oriental, con sus ropas largas de diferentes colores, rodeadas de plantas en esa galería, testigo de tantas risas, tantos suspiros, confidencias e interrogantes sin respuesta.
Las pesadas cortinas que separaban la galería del resto de la casa se movieron hacia un lado bajo la presión de una mano enérgica. Fadua se estremeció al ver a su madre y bajó los ojos. Las hermanas miraron a la madre cuando esta dijo con voz que parecía severa:
—Fadua, te he llamado para que prepares café para nuestras visitas ¿no me has oído?
Al decirlo observó a su hija que, en la confusión, había dejado caer los ovillos de seda que quedaron desparramados por el suelo, y se sintió orgullosa de ella al verla tan tierna, tímida, hermosa y dulce, como deben ser las jovencitas educadas en un hogar distinguido y severo. Durante muchos años había trabajado preparando a sus hijas para el paso que ahora iba a dar la mayor y no permitiría que nada obstaculizara el normal funcionamiento de la ceremonia de petición de mano.
La hija mayor, entretanto, se debatía entre el llanto y una respuesta que no se atrevía a dar a su madre, o más bien, una pregunta que no tenía valor de formular. Sabía perfectamente que no debía hacerlo, ninguna joven tenía derecho a hacer preguntas sobre el hombre que pedía su mano, ni siquiera sobre su nombre.
—Pero hija... Fadua... ¿qué te pasa? ¿Es que no vas a obedecerme? Esto es muy importante para ti y para toda la familia...
—No puedo... ¡No puedo!... —dijo entre sollozos, cubriéndose el rostro con las manos.
—Vamos hija, ven aquí, siéntate un momento, y dime ¿es que no quieres casarte, formar una familia, tener tu propia casa, tus hijos, tu marido, tu vida privada?
—¿Casarme yo? Tener mi propia casa... tener un marido... hijos... —repetía Fadua, lanzando un débil sollozo en cada pausa, que prolongaba intencionadamente, esperando que su madre completara las frases con más detalles, pero no lo consiguió—. Soy muy joven aun... —se defendió.
—¿Joven? Pronto cumplirás diecinueve años, ya no eres joven. Las niñas deben casarse a los catorce o quince años. Pasada esa edad, la gente empieza a pensar que tiene algún problema o que es estéril, y en cualquier caso, va quedando marginada. ¿Es eso lo que deseas?
Fadua seguía temblando y su mirada, tímidamente levantada hacia su madre, contenía millares de preguntas prohibidas, cientos de protestas, inútiles ansias de saber lo que todas las jóvenes desean conocer a esa edad. La madre pareció entender la situación de su hija, le cogió la fina mano, la miró profundamente; esos negros ojos que parecían dorados por los reflejos del sol, en los que veía -como en un espejo- su propio rostro de mujer joven aun a pesar de sus cuarenta años, y en voz baja le dijo:
—¿Quieres quedarte para siempre aquí en casa como una solterona, cuidando a tus padres y haciendo las tareas del hogar?
—¡Sí, madre, quiero quedarme con vosotros! —la interrumpió con vehemencia y verdadero apasionamiento. Fadua había encontrado una escapatoria.
—¿No quieres aprovechar esta oportunidad para casarte? Es probable que no vuelvas a tener otra ocasión como esta. No, no menees la cabeza diciendo que no. Explícame por que no quieres.
—Tengo miedo, mucho miedo....
La madre rió, dando a entender que eso era una tontería, aunque interiormente recordaba que ella no tuvo miedo sino pánico cuando sus padres decidieron casarla. Ahora aquello le parecía como un sueño lejano, casi increíble... Haber sentido miedo ante una situación tan simple como una boda, ante un hombre tan manso y afectuoso como su marido. Pero ella había reaccionado rápidamente, su coraje y su fuerte personalidad la habían ayudado a convertirse poco a poco en la mujer madura que llegó a ser en pocos años, en la esposa amante, pero enérgica y dominadora, en la madre abnegada aunque rígida y severa, en la administradora de los bienes de la familia y en la segunda mujer -la primera había sido su propia madre- de Homs que dirigía la empresa familiar, la industria de la seda. Todo se había ido gestando lentamente, y ahora... Volvió a la realidad al oír a su hija que repetía:
—Tengo mucho miedo.
—¿Miedo? Hija mía, tú eres la luz de mi alma, pero ya eres una mujer y no debes temer nada. La vida te ofrece una oportunidad: un hombre serio, joven, maduro, rico, ha regresado a su país natal solamente para buscar novia, viene de muy lejos solo para esto, y te ha elegido a ti. Es maravilloso. Tu padre, estando yo presente, ha conversado con él y le ha parecido que es un hombre bueno e interesante, que ha viajado mucho por diferentes países y que sabe contar cosas maravillosas. Ahora está con tu padre, esperando el café. Vamos, anímate, te ayudaré a prepararlo, pero tú debes servirlo. Prepara aquella bandeja.
Fadua obedeció como una autómata, mirando como su madre preparaba diestramente el café, y cuando estuvo listo...
—No puedo, no puedo... me muero de vergüenza...
Esta vez, la madre perdió la dulzura, miró severamente a su hija, y le dijo:
—No tengo por que aguantar esto. Debes obedecer las órdenes de tu padre. El ya lo ha aceptado como futuro yerno y le ha dicho que te verá cuando lleves el café. Deja tu miedo y tu vergüenza; ya no eres una niña. Otras, a tu edad, ya están casadas y tienen uno o dos hijos... Lo que debes hacer es obedecer ahora mismo, antes de que tu padre empiece a impacientarse.
Fadua se echó sobre los cojines llorando, y suplicó entre sollozos:
—Por favor, espera un poco. Ve con ellos, madre, deja que me relaje. Me tiemblan las manos, se me caería todo. Cuando me tranquilice, iré.
—Está bien, pero no tardes. Entretanto les ofreceré narguile. No olvides la bandeja de «baklawas» y las servilletas. Desde la galería se oyeron los pasos de la madre que se alejaba. En cuanto el ruido de sus pasos desapareció, Nahima, seguida por su hermana Hadbo, se precipitó fuera de la galería y se acercó sigilosamente a las espesas cortinas que cerraban la entrada del salón. Fadua se quedó en la galería, abrazando a la menor para sujetarla. Conteniendo la respiración y tratando de acallar los latidos de sus corazones por temor a que fueran escuchados por sus padres y por el misterioso visitante, las dos hermanas, con una mano tapando la boca y la otra en el corazón, se quedaron inmóviles y silenciosas. Por un momento solo hubo silencio. La madre estaba dando una explicación al oído de su marido que la miró comprensivo y contrariado a la vez; luego, cambiando el gesto, se dirigió al pretendiente de su hija.
—Perdone que nuestra hija no se presente en el acto. Mi esposa dice que ella tiene mucho miedo y vergüenza. En realidad, esto ha sido un poco repentino y nos ha pillado a todos por sorpresa. Espero que esto no contraríe sus intenciones y proyectos. Le ruego que espere un momento más para el café. Mientras tanto, podemos fumar el narguile que nos ha traído mi esposa.
—No se preocupe. Al contrario, créame que esto me complace. Por esto precisamente he venido desde ese país tan lejano a buscar novia a mi patria. Quiero una mujer recatada y discreta, sencilla y obediente. Yo la ayudaré a madurar y a ser valiente, decidida y audaz. Necesito que mi esposa sea toda una mujer.
Mientras hablaba, las hermanas se miraron con sus expresivos ojos agrandados en las órbitas, mientras que sus dedos temblaban al oprimir los labios... Sentían los latidos del corazón como si este fuera a escapárseles a través del corpiño.
—Tiene una voz alegre... y sonora... —susurró Hadbo.
—Una voz de acero —sentenció Nahima. Y, siguiendo un impulso incontrolable, movió suavemente un extremo de la cortina y durante unos segundos contempló la escena que se desarrollaba en el salón; cuando sus ojos se detuvieron en la figura del pretendiente, contuvo el aliento... algo raro estaba pasando en su interior que no pudo controlar y, bajando otra vez la cortina con mucha precaución, regresó corriendo en puntillas a la galería, tan agitada como su hermana Hadbo que seguía sus pasos.
Allí encontraron a Fadua más repuesta, con los ojos brillantes, las mejillas enrojecidas y el pelo desordenado, lo que la hacía tan bella, que Nahima pensó: ¿Cómo dicen que yo soy más bonita que Fadua, si ella es tan hermosa?
—Fadua, Fadua, di a Nahima que te cuente, lo ha visto todo, —dijo nerviosamente Hadbo.
—Pero ¿es que has entrado?, ¿cómo es, gordo, flaco, viejo, joven? —preguntaban todas.
—No he entrado al salón, porque papá me castigaría.
—Cuenta de una vez lo que has visto —insistían todas a la vez.
Fadua, con el rostro casi transformado, se acercó a Nahima y cogiéndole una mano, le dijo:
—¿Es cierto que lo has visto? ¿Cómo es, cómo habla, cómo sonríe, cómo...
—Es viejo —la interrumpió Nahima que parecía no querer hablar demasiado— como el tío Hanna.
—Pero si el tío Hanna tiene veinticinco años...
—Eso es, tendrá unos veinticinco años. No es gordo ni flaco, no es alto ni bajo...
—¿Cómo es su cara? —preguntó Fadua.
—Su rostro es un poco ancho en la frente, pero se afina hacia abajo... Usa un bigote muy negro, como su pelo, con las puntas engomadas hacia arriba...
—¿Y sus ojos?
—Hermosos, oscuros y muy expresivos. Toda su cara es expresiva y amable, pero no sonríe. Tiene una voz de acero y habla con mucha tranquilidad. Dijo: «Me hace un gran honor al invitarme a un café en su distinguida casa que deseo que Dios bendiga en todo momento. Será una gran satisfacción para mí aceptar el narguile mientras esperamos a su... el café» —terminó Nahima, remedándolo.
—Qué bien lo imitas —dijo Hadbo y las demás rieron.
—Eso significa que ya debo llevarles la bandeja —dijo Fadua estrujando sus temblorosas manos— no sé si podré servirles el café.
—Tienes que hacerlo, de lo contrario, ofenderás a papá —dijo una de ellas.
—Y el visitante se marchará ofendido —dijo otra.
—Y ya no volverás a tener novio —dijo una tercera.
—Pero, Dios mío, ¿qué puedo hacer?
—¿Por qué no me dices cual es tu problema? No creo que tengas miedo ni que te dé vergüenza. Eso lo has dicho para impresionar a mamá —comentó Nahima.
—Es cierto. Aunque eres cuatro años menor que yo, siempre has sido más lista y decidida. Creo que tú me puedes entender... A mí me gustaría casarme con un hombre un poco mayor que yo, uno o dos años... Que él me elija a mí, y yo a él, porque nos sentimos atraídos, porque nos queremos, no porque nuestros padres nos obliguen a hacerlo...
Las hermanas la escuchaban en silencio absoluto y sus ojos, de por sí grandes, se abrían cada vez más a medida que Fadua expresaba sus ilusiones.
—Desearía que ese hombre me contase cosas de sí mismo, yo le contaría muchas cosas de mí, lo que me gusta, lo que espero de la vida... Y después de un tiempo de conocernos, si estuviésemos de acuerdo, nos casaríamos... —terminó poniendo en sus ojos todo el amor contenido en su interior.
—Pero Fadua, ¿sabes lo que estás diciendo? —consiguió al fin decir Nahima—. Te comprendo muy bien, pero eso es imposible... Ya sabes lo que nos han enseñado nuestros padres. Y sabes también que, antes, la novia conocía al novio en la noche de bodas. Por lo menos, tú puedes verlo antes... Ahora mismo, cuando le lleves el café.
Las otras hermanas las miraban con la boca abierta. Jamás hubiesen imaginado escuchar semejante diálogo dentro de las paredes de ese hogar, el más honorable de toda la ciudad, como decía su madre.
—Oh, Nahima, ¡creí que me habías comprendido! —gimió Fadua—. No puedo ni quiero llevar el café. No voy a aparecer por el salón, me pondré enferma, haré cualquier escena, romperé la vajilla, apagaré las velas, simularé un ataque, con tal de no presentarme al salón. ¿Es que no lo entiendes? No puedo...
—No puedes y no quieres... Está bien —la animó Nahima con generosidad—. No te preocupes. Si tú no puedes, lo haré yo.
—¿De verdad? ¿Harás eso por mí? Sabes como se pondrán nuestros padres. Se ofenderán, nos castigarán. Nuestro invitado se marchará humillado, hablará de nosotras, todo el mundo se enterará...
—Pero ¿qué dices hermana querida? Nuestros padres no se ofenderán. Nuestro visitante no se marchará humillado; tampoco hablarán mal de nosotras... —contestó Nahima con reservado misterio.
—No te entiendo. Me has dicho que tú llevarás el café por mí. ¿Lo has dicho, verdad? ¿O es que ahora te da miedo?
—Claro que llevaré el café al salón y lo serviré. No me da miedo ni vergüenza. Lo repito, querida Fadua, yo serviré el café, te lo prometo. Pero tú te casarás con él.
Y recogiendo sus trenzas hacia arriba, cogió las dos bandejas con destreza, y ágil como una gacela se dirigió con rápidos pasos al salón, seguida por las miradas incrédulas y asustadas de sus cinco hermanas que, a pesar del nerviosismo, no pudieron dejar de admirar la esbelta figura, la cintura fina y el donaire de las caderas de Nahima.
Mi madre, Nahima, murió el 12 de abril de 1989, en Santiago de Chile, y ella es la protagonista de mis «recuerdos del tiempo viejo», porque ella llena -llenó y llena- toda mi infancia, mi adolescencia y mi edad madura. No mi juventud, porque me alejé de su lado, persiguiendo unas quimeras que nunca encontré. Y ahora que estoy llegando a la edad madura, continúa a mi lado; a pesar de su estancia en el más allá, la siento, la leo en sus cartas que aún conservo y la escucho en las cintas que grabó en Chile para enviármelas a Madrid desde que llegué a esta ciudad en 1973, y en todas ellas me repite una y otra vez las mismas historias de su larga vida de cien años. Porque precisamente el 12 de Septiembre de 1996, Nahima cumplió cien años.
Cien años antes, el 12 de Septiembre de 1896, en una hermosa ciudad de Siria llamada Homs, nació mi madre Nahima Jure, esposa de mi padre Yúsef Mtanus, a quien no conocí, porque murió cuando yo tenía solamente unos meses, razón por la cual no tuve hermanos menores, pero sí trece hermanos mayores; es decir, habríamos sido siete varones y siete niñas, si no fuera porque mi madre había heredado de sus abuelas cierta debilidad para criar a los varones y perdió a casi todos en el momento de nacer o poco después, conservando hasta la mayoría de edad a dos de ellos, de los cuales solo uno la sobrevivió, junto con seis de sus siete hijas, repitiéndose en su propia vida la experiencia de su madre en cuanto al número de hijos vivos.
El Padre André acudía a diario a su iglesia para realizar sus labores pastorales, en las que era ayudado por el buen Padre Pierre y algunas religiosas; todos ellos pertenecientes a congregaciones francesas enviadas a Siria en calidad de misioneras.
Sabían que más de la mitad de los sirios eran musulmanes, pero eso no impedía su labor. En esos tiempos había un respeto tácito entre las tres religiones que existían en el país. En ningún momento el Padre André ni sus misioneros podían olvidar que Siria había sido la cuna de las tres grandes religiones: el cristianismo, el Islam y el judaísmo.
En Homs había cuatro iglesias cristianas: la catedral de los Cuarenta Mártires, la de San Juan, la de San Jorge y la de San Elián. La iglesia de San Juan pasó a ser mezquita musulmana después de la destrucción de la torre que cayó fulminada por un rayo.
La ciudad de Homs, que hoy tiene más de seiscientos mil habitantes, es un hermoso oasis, como todas las ciudades sirias bañadas por ríos, donde se aprovechan al máximo las aguas del Orontes.
Las cuarenta y dos mil doscientas veintiséis hectáreas de esta región están regadas en la actualidad por dos embalses que fueron construidos entre 1950 y 1961.
El Padre André llevaba diez años en Homs -precisamente los iba a cumplir uno de esos días, porque había llegado a Siria el 10 de Febrero de 1902- y conocía a casi todos los habitantes de la ciudad, incluso a los que vivían en los barrios no cristianos; por eso, al hacer su recorrido desde su casa -donde vivía con media docena de religiosos franceses y solo dos nativos- hasta la iglesia, atravesando la calle Bab el Houd, pasando por el «zuc», donde las dueñas de casa hacían sus compras, y siguiendo por la rue de Hamidiyeh hasta llegar a su destino, se encontraba con mucha gente que lo saludaba y con niños que corrían a su encuentro para besar la cruz de su rosario; y esto, naturalmente, retrasaba su hora de llegada. Por eso, salía con mucha antelación de su casa para no llegar atrasado.
Esa mañana la plaza del mercadillo estaba muy concurrida y tardó más de una hora en atravesarla, no solo por la cantidad de gente que acudía al «zuc», sino porque tuvo dos encuentros muy importantes, que le darían trabajo para el resto del día: un encuentro casual y el otro programado por una amiga del religioso.
Tuvo una sorpresa muy agradable cuando se encontró con esta última.
—Padre André, que Dios le dé buenos días —le dijo, inclinando respetuosamente la cabeza.
—Buenos días te dé Dios, Yazmín. ¿Qué ha pasado últimamente que no te acercas a la iglesia?
—Padre André, Dios me perdonará; es que en la Delegación hemos tenido tanto trabajo, tantas visitas, que no he podido escaparme ni un momento. Pero... Padre André... hoy he venido aquí a propósito para encontrarme con usted. Si me lo permite, quiero hablarle de un asunto personal.
—Vamos hija; si quieres, ve a la iglesia y allí podremos hablar.
—De eso se trata, pero quisiera ir con mi hermano.
—¿Tu hermano? ¿No estaba en América?
—Sí, eso es. Ha estado siete años en América, pero ha vuelto... Ha venido a buscar novia aquí, en Homs.
—Muy bien, tendremos que ayudarle, porque eso es lo que quiere ¿verdad? Que yo le ayude a buscar novia...
—Sí, Padre André, pero él desearía hablar primero con usted.
—Que venga a la iglesia cuando pueda, allí podremos hablar tranquilos. ¿Qué te parece? Bien. Que Dios te acompañe, Yazmín.
—Gracias Padre, se lo diré. Adiós —se despidió Yazmín, alejándose del lugar.
Yazmín apenas tenía unos catorce años; vivía en casa de una familia francesa a la que prestaba algunos servicios, no solo en el hogar, sino también en las oficinas de la Delegación francesa, a la que pertenecía el dueño de casa. Allí, como en todas las oficinas diplomáticas de Siria, la situación estaba muy agitada debido a las continuas guerrillas fronterizas que asolaban desde hacía algunos años al imperio Otomano.
El Padre André prosiguió su camino, admirando la belleza de los productos que se ofrecían a la venta en el «zuc»: melocotones, aceitunas, albaricoques, ciruelas, y otras frutas que llenaban el ambiente con su aroma, y tantas hortalizas frescas y lozanas, como esos calabacines que las dueñas de casa de Homs preparaban rellenos con arroz y carne y que hacía tiempo que no probaba. Agradecía a Dios en su fuero interno por la belleza del día, el aire puro, la tranquilidad con que cada cual cumplía sus deberes: los vendedores en sus tiendas, los clientes comprando con normalidad, los niños correteando alrededor de sus madres, otros niños vendiendo pequeños productos, ajenos todos a los conflictos que se estaban cerniendo sobre la humanidad y rogaba para que la amenaza bélica que existía en el ambiente desapareciera para siempre.
Siria era un país acostumbrado a luchar contra invasores que ocupaban el país, como la larga ocupación otomana actual; pero siempre ocurría que, cuando el país había conseguido un poco de tranquilidad, surgían de nuevo amenazas de guerras fronterizas, como estaba sucediendo en esos últimos años. ¡No era justo que, otra vez, Siria viera perturbada su paz…!
Estaba pensando en eso, cuando sintió unas voces que aumentaban de volumen a medida que él se acercaba. No por eso abandonó su camino, tenía prisa, debía llegar cuanto antes a la iglesia. Poco a poco fue reconociendo las voces y entendiendo lo que decían:
—«¡Michan Al'la! ¡Michan Al'la!»...
Eran los mendigos de Homs, que un día a la semana se reunían en un lugar de la ciudad ya marcado y hoy les tocaba allí, a un lado de la plaza del «zuc». En Siria, y concretamente en Homs casi no había mendigos, solamente este grupo de seis hombres inválidos. Todos los hombres que podían valerse por sí mismos, tenían trabajo.
De repente, hubo un movimiento especial en torno a los mendigos, algo que le resultó familiar, no por haberlo visto antes, sino por haberlo oído comentar. Ahora que lo veía con sus propios ojos, se convencía: allí estaba ella, Mannur O'tra, la mujer de Yúsef Jure, madre de ocho hijos, un varón y siete chicas, la mujer que dirigía la industria de la seda en Homs y que era famosa por su inteligencia y generosidad.
Una vez a la semana, cumpliendo una promesa hecha a San Elián, mártir de Homs, Om O'tra -que así era llamada- repartía dinero y alimentos entre los mendigos y hoy le tocaba al Padre André presenciar la buena acción. Ella vestía con sencillez, aunque sus ropas eran costosas: falda larga de seda gruesa decorada en colores lila y morado, con una capa hasta las caderas de color azul marino. Las dos mujeres que la acompañaban, recogían de un carro tirado por un caballo las bolsas que ella iba entregando a cada mendigo, acercándose sin recelo y apoyando su mano en la cabeza de cada uno. Estos no se atrevían a levantar los ojos ni para darle las gracias, solo le besaban el ruedo del vestido. Durante el tiempo que duró la ceremonia reinó absoluto silencio. La gente observaba desde lejos con respeto, incluso el Padre André detuvo su marcha hasta que todo terminó y las mujeres abandonaron el lugar.
Avanzó acercándose a los mendigos y uno de ellos, Anastasio, a quien conocía de nombre le comentó:
—¿Ha visto Padre André? Esa mujer es una santa, todas las semanas nos da dinero y comida.
—¡Qué santa ni qué nada! —dijo otro mendigo— jamás viene a Misa.
—Porque su familia es ortodoxa. Su marido se apellida Jure, porque su padre fue sacerdote Ortodoxo. Van a la iglesia ortodoxa —aclaró otro—. Lo mejor de todo es que, desde que su hijo se fue a América, nos reparte un cordero asado para el día de San Elián. Será para que el santo se lo cuide.
—Dicen que lo quiere demasiado. Es su único hijo varón —dijo un mendigo—. Las demás son mujeres, siete niñas.
—Ya que sabéis tanto, ¿podríais decirme en qué país está su hijo? —preguntó el Padre André.
—Pues, en América...
—Eso no es un país, es un continente —enseñó el Padre André— ¿será Brasil, Argentina, Estados Unidos?
—Argentina —dijo Anastasio, que parecía mejor informado—, está allí con una hermana mayor y el marido de ella.
—Bien, muchas gracias por la información. Será hasta pronto —se despidió el Padre André—. Quedad con Dios.
—Adios, Padre André —gritó Anastasio.
—Adiós, hasta la vista —gritaron los demás.
Y se fue pensando en la tremenda casualidad que se le había presentado, ya que en los dos encuentros que tuvo esa mañana se había enterado de que dos vecinos de Homs estaban en América: el hermano de Yazmín y el hijo y la hija de Mannur O'tra... Incluso se sonrió al pensar que tal vez estuviesen en el mismo país y se hubiesen conocido... «El mundo es un pañuelo -pensó- hoy se lo preguntaré al hermano de Yazmín... Será una buena referencia. Más aún, estoy pensando que es posible que Dios me haya puesto ambas cosas hoy delante mí para que yo las relacione... Señor, Señor, qué extraños son tus caminos».
El siguió el suyo, acelerando el paso, mirando al suelo para no tropezar, y continuó con sus pensamientos puestos en las vicisitudes de los vecinos de Homs: muchos habían abandonado la ciudad para ir a trabajar o a refugiarse en otros países, algunos tan lejanos como Argentina, Chile. Este último país los atraía más que ninguno a pesar de ser el de más difícil acceso, o tal vez por eso mismo. Allí estarían más protegidos, pero más protegidos ¿de qué? Esta tarde lo sabría. De antemano disfrutaba de la conversación que tendría con el hermano de Yazmín. Sabía muchas cosas de él y de su vida en Homs. Era oriundo de Mazourka al Tuffah, un pueblo de agricultores, allí había nacido él y su hermana Yazmín. Por esta sabía que sus padres se llamaban Abd Al'la y Juana. El padre era un hombre de Dios, siempre dispuesto a ayudar a los demás y esa entrega al prójimo fue la que le quitó la vida siendo aún bastante joven.
Había muerto en 1898, cuando Yúsef Mtanus, el hermano de Yazmín, tenía quince años y ella, apenas dos meses. En el mes de Junio, comenzando el verano, una feroz tormenta de viento y lluvia asoló el país. La mayoría de los vecinos de Otán, vio volar los techos de sus casas y otras viviendas quedaron destruidas por la caída de árboles y objetos que volaban por los aires. Una de las casas que estaba fabricada con láminas de madera, voló entera por los aires y fue trasladada por las aguas hasta unos seis kilómetros de distancia, sin destruirse apenas. Y cuentan que solo se rompieron los platos y los adornos delicados. Todo quedó casi intacto, incluso la jaula de un pájaro que nadie supo reconocer, porque sus plumas quedaron erizadas para siempre.
Muchos voluntarios arriesgaron sus vidas para solucionar los problemas antes de que las lluvias inundaran todas las casas. Naturalmente Abd Al'la fue uno de ellos y no paró hasta ver a las familias cobijadas bajo techo. Pero los esfuerzos realizados durante tantas horas bajo el agua y contra el viento, le causaron una pulmonía fulminante que lo llevó a la tumba. Su mujer quedó sola con los dos pequeños y murió cuando Yazmín tenía diez meses. Los acogió la abuela que vivía en Otán, pero como carecía de medios económicos para mantenerlos, permitió que Yazmín fuera adoptada por una familia rica que solo tenía un hijo y excelentes ingresos gracias al negocio del tabaco, del cual el padre adoptivo de Yazmín era el Controlador en la zona que abarcaba desde Otán hasta Homs. Yúsef, en cambio, permaneció con su abuela hasta que esta falleció. En Otán asistió a clases en su iglesia católica, donde un amigo sacerdote le transmitió su gran sabiduría y le enseñó a leer en la Biblia, a escribir y también matemáticas, geografía e historia. Cuando murió la abuela, este sacerdote le aconsejó que se marchara a Homs, donde vivía su hermana Yazmín, lo mismo que su tía paterna, la Madre Mercedes, religiosa de una congregación francesa.
Por aquella época el Padre André tuvo ocasión de conocerlo, porque a menudo lo veía cuando visitaba a las religiosas. Durante unos meses, lo vio trabajar como aprendiz en los telares de una industria de tejidos de algodón de la familia Arcuch; pero una vez aprendido el oficio, su espíritu juvenil lo obligó a buscar otros derroteros, y el Padre André supo que la tía religiosa lo había ayudado a conseguir el dinero y los permisos necesarios para marcharse del país, como tantos otros jóvenes que partían hacia lo desconocido buscando un futuro mejor.
Y así fue como Yúsef Mtanus había salido de Siria cuando tenía diecinueve años rumbo a América del Sur.
Cuando el Padre André terminó de celebrar la Misa, descubrió al final del templo, una vez que este quedó vacío, la figura de un desconocido vestido a la europea, es decir, con traje de pantalón y chaqueta y un sombrero en la mano, no como la mayoría de los hombres de Homs que siempre visten «chilabas» y cubren su cabeza con un «kufie».
Al intentar llegar a la entrada principal del templo para cerrar el portón, el desconocido se fue acercando lentamente con gesto decidido. Admiró su porte viril y desenvuelto, su traje impecable de color marfil, su camisa a rayas, sus zapatos blanquinegros, su sombrero de paja... Estaba clarísimo, se trataba de un turista, esas ropas no eran de Homs, aunque sí lo era el rostro con esas facciones: ojos oscuros, bondadosos, agudos, casi risueños, y el pelo y las cejas negros y muy poblados, lo mismo los bigotes que usaba con las puntas hacia arriba.
—Buenos días... —el Padre André saludó con un gesto que parecía decir ¿qué buscas aquí?
—¡Salam elek! —dijo el desconocido casi riendo—. ¿No me recuerda Padre André? —al ver el gesto negativo del otro, aclaró—. Soy Yúsef, el hermano de Yazmín.
—¡Yúsef Mtanus Chahín! ¡Bienvenido al «blad»! —se alegró el Padre André—. Bienvenido a la casa del Señor. Ayúdame a cerrar el portón. Eso es. Y ahora..., pasa por aquí. Nos sentaremos en el despacho, donde me habrán servido un exquisito té que saborearemos juntos y charlaremos de muchas cosas. Estás bien, muy bien —le dijo después de sentarse y servir el té—. Te ves como un europeo, pero creo que te verías mejor aun con ropas árabes. Tienes buen tipo. ¿O ya no te agradan las costumbres de aquí? Pero dime -siguió, sin darle tiempo a responder -, ¿es que tienes mucha prisa por casarte? Hace solo unos minutos que hablé con Yazmín y apareces aquí enseguida. Pero, siéntate, siéntate. Cuéntame, ¿cómo estás? ¿Qué has hecho todos estos años? ¿Dónde has estado?
Mientras hablaba el Padre André observaba a Yúsef, y su examen lo dejó satisfecho: era un joven estupendo, aparecía claramente a la vista su personalidad noble y honesta, altiva y sencilla a la vez, ¡sí Señor! ¡Gracias a Dios! el hermano de Yazmín era un hombre de bien, podía estar orgullosa, así se lo diría la próxima vez que la viese.
—He estado en muchos sitios —decía el otro—. Me marché a los diecinueve años, ahora tengo veintiséis, lo que quiere decir que estuve fuera siete años. Fue una verdadera aventura. Mi intención era llegar al país donde pudiera adaptarme más fácilmente, pero no sabía cuál, hasta que pasé por algunos. Estuve un año en Brasil, un país inmenso, donde encontré varios vecinos de Homs y de Otán que estaban tratando de encontrar trabajo, casa y amigos.
—¿Solo un año en Brasil? ¿Por qué solo un año? ¿Es que no te gustó ese país?
—Claro que sí. Es un país maravilloso, uno de los más grandes del mundo, según dicen los nativos. Pero descubrí que éramos muchos los que llegábamos al mismo tiempo y nos iba a costar encontrar trabajo. Yo sentía que algo me arrastraba más allá, así que después de un tiempo de trabajo para juntar dinero y continuar el viaje, conseguí llegar a Argentina. También me pareció un país estupendo, con su enorme pampa, sus ganados bovinos y sus hermosos caballos... En Buenos Aires no había trabajo, tuve que ir a otra ciudad llamada Mendoza, donde me encontré con un amigo que vendía mercaderías entre Mendoza y Santiago de Chile. Fue un encuentro casual, habíamos viajado juntos en el barco que nos llevó desde Marsella a Brasil. Durante el viaje me había hablado de Chile y su capital, Santiago, una hermosa ciudad que se encuentra a los pies de la Cordillera de los Andes...y...
—Eso me suena, —dijo el sacerdote— hace algunos años un grupo de científicos franceses viajaron a Chile para hacer unas investigaciones en la cordillera de los Andes, tuvieron que subir casi cinco mil metros de altura.
—Eso no es nada comparado con el Aconcagua, uno de los más altos de la Cordillera de los Andes; mide más de siete mil metros de altura.
—Ajá, aquí lo tienes. —El Padre André había desenrollado un mapa donde aparecían todos los continentes unidos por los océanos y lo estaba colgando de un clavo de la pared—. ¡Dios sea alabado! Todo esto has tenido que recorrer, parece mentira —señalaba con el dedo desde Siria, pasando por el Mediterráneo, detuvo un rato el dedo en la costa francesa, Marsella, para continuar saliendo por el estrecho de Gibraltar, cruzando el Océano Atlántico, entrando por Brasil, bajando hasta Buenos Aires, Argentina, luego hasta Mendoza y atravesando los Andes hasta llegar a Santiago de Chile—. Se me ha cansado el dedo en este recorrido, ¡imagínate! Tú, recorriendo todos esos caminos del Señor, para llegar hasta el fin del mundo —dijo con énfasis— porque ese país, Chile, está en el fin del mundo. Habrás tenido que utilizar muchos medios de transporte para llegar allí y luego, para volver acá... a buscar novia... —Meneó la cabeza con admiración—. Esto es verdaderamente increíble.
—Muchos sirios lo han hecho y lo seguirán haciendo mientras no encuentren en su patria la paz y la tranquilidad que se necesita para trabajar y producir, para elevar el nivel del país en todos los sentidos...
El religioso creyó percibir un cierto tono de reproche en sus palabras, y antes de permitirle continuar por esos derroteros, insistió:
—Primero habrás tenido que viajar en barco, ¿verdad? ¿Hasta dónde?
Yúsef se hizo cargo de la interrupción y, con benevolencia, explicó sobre el mapa:
—De Homs a Trípoli tardé casi una semana, andando, a veces conseguía que me llevaran en un carro de animales, en burro, y otra vez andando. He sabido que ahora hay un tren directo de Homs a Trípoli.
—Exactamente —dijo con orgullo el Padre André—. El «Mina», se inauguró hace unos meses.
—De aquí salí en un barco carguero —marcó con un dedo el puerto de Trípoli en la costa siria—, donde me aceptaron como ayudante de carga y descarga, y en él llegué a esta isla —señaló Chipre—. Aquí tuve que esperar una semana hasta que salió un barco hacia Marsella. Dormía a la luz de las estrellas; me alimentaba con los pescados que desechaban los pescadores en las playas. El barco que conseguí era un velero que tardó veintiocho días en llegar a Marsella, porque se detuvo antes en esta otra isla —señaló Sicilia— durante unos siete días. Allí tuve que permanecer casi siempre escondido para no tener que enseñar mi documentación, sin destino fijo. Usted que es francés, Padre André, ¿qué opina de las dificultades que pone su gobierno para entrar en Francia? Si mis documentos hubiesen confirmado que mi destino era Santiago de Chile, no habría tenido problemas para entrar en Marsella por la puerta grande, entrar legalmente y esperar allí un barco hacia América del Sur... Pero yo salí de Siria sin conocer mi destino final, más bien iba en busca de mi destino, un poco a la aventura. En Francia lo pasé mal. —Se detuvo, comprendiendo que este tema ponía nervioso a su interlocutor, así que continuó sin esperar respuesta—. Estuve en Marsella más de una semana, durmiendo escondido durante el día y buscando trabajo, comida y barco durante la noche.
—¿Por la noche? —se extrañó el Padre André.
—Tenía que hacerlo así para que no me descubriesen. Me acercaba a las barcazas del puerto, ayudaba a reparar las redes a los pescadores que iban a salir a faenar de madrugada, o ayudaba a seleccionar peces que traían para la venta. No corría peligro, porque esto se hacía en altamar, para tirar los restos al agua. Así pasaron los días hasta que conseguí un barco que me llevó hasta aquí. —señaló la costa de Brasil—. Luego, ya en el continente americano, viajé en muchos transportes; en tren, en carros tirados por bueyes, por mulas, otras veces, a caballo, y muchísimas veces a pie; sobre todo cuando ya empecé en Santiago de Chile mi trabajo de viajante, de vendedor ambulante, tuve que caminar días y días, semanas, meses, recorriendo todo el país para vender mis productos. Y no lo creerá usted Padre André, pero en todas partes encontré sirios, paisanos míos. Mire usted este país largo y estrecho —lo enseñaba con el dedo—, este es Chile. Lo conozco de norte a sur, ¿ve usted estos puntos negros? Son ciudades y en cada una de ellas hay más de una familia siria y la mayoría de estas familias son de Homs.
—Habrá también de otros países, ¿no? —dijo el Padre André para salir de su asombro.
—También hay inmigrantes de muchos países de Europa. Pero yo solo me alojaba en casa de sirios y les pagaba con mis mercaderías. Animé a muchos de ellos a poner pequeñas tiendas en estas ciudades y pueblos del norte y del sur y yo mismo me encargaba de llevarles personalmente los productos que necesitaban para la venta.
—Ese es un buen detalle, demuestra que eres inteligente, arriesgado y ambicioso; a juzgar por tu apariencia, has conseguido una fortuna —dijo lentamente el sacerdote.
—Una pequeña fortuna —confesó Yúsef con sencillez—. Me costó cinco años de trabajo en Santiago de Chile, pero lo conseguí. Vendía todo tipo de ropas, objetos personales y para el hogar. Mis clientes eran los vecinos además de los que había contactado en las diferentes provincias del país, que siempre continuaron pidiéndome mercaderías para sus tiendas.
—¿Y cómo veían los chilenos esa intromisión en su mundo comercial, no te rechazaron? —preguntó el sacerdote.
—Al contrario, me trataron muy bien. En realidad los chilenos son estupendos, afectuosos, hospitalarios con los extranjeros, desprendidos con los amigos. Son gente de empresa, de aventura, aunque a veces se pasan de la raya. Pero cuando topan con alguien que se arriesga para conseguir una meta, lo animan y lo ayudan. Eso sí, los chilenos son muy burlones, están siempre con sus «tallas». A todos los árabes nos remedan el modo de hablar y nos llaman «turcos». Tienen la manía de poner apodos.
—¿Turcos? ¿Por qué? —preguntó alarmado, el Padre André.
—Porque todos llegamos allí con pasaporte otomano, del imperio turco, y así será mientras no consigamos la independencia —insinuó Yúsef.
Carraspeando para interrumpirlo, dijo el Padre André:
—Me decías que la personalidad del chileno es, entre otras cosas, muy burlona, además de tener muchas cualidades. Pero tendrá también su lado flaco....
—Sí que lo tiene —rió Yúsef—. Su punto débil es el miedo al ridículo y el temor a decir las cosas claras y directas, pero no por mala intención, sino por no herir a los demás. Prefieren mentir antes de quedar en ridículo ante otras personas. Pero de esto también se saben defender con sus «tallas» y burlas. Incluso a veces, exageran, sobre todo si uno desea hablar de negocios.
El joven se quedó un momento silencioso y pensativo, recordando las múltiples ocasiones en que fue víctima de las bromas de los clientes o amigos chilenos, sobre todo en los primeros meses de su estancia en Santiago, cuando solo sabía unas frases de ese idioma que ahora dominaba, gracias a su férrea voluntad y a su interés por la lectura. Todavía conservaba algunos ejemplares de periódicos y revistas, especialmente de la revista Zig-Zag, de los que había sacado gran parte de sus conocimientos y relaciones sociales y comerciales.
Recordó a su amigo Ernesto Hucke, a quien conoció por casualidad cuando intentaba reconstruir su fábrica de galletas incendiada en Noviembre de 1906. Era su segundo año de estancia en Santiago de Chile y aun no dominaba los secretos del comercio del país. Con este y otros amigos fue conociendo la idiosincracia del chileno, adaptándose a su espíritu aventurero y bromista, y aprendiendo de ellos las artimañas del mundo empresarial.
El religioso observaba a su joven interlocutor con simpatía. Era tal la transparencia de su actitud, que el Padre André casi podía leer los pensamientos que atravesaban su mente. Su noble rostro dejaba entrever una reposada nostalgia, un profundo aprecio y una imperceptible pena mezclada con algún recuerdo sutil y venturoso que hacía aparecer lágrimas en los ojos y una semisonrisa en los labios del joven.
Su voz sonó suave y distinta cuando le dijo:
—Los comprendes y los aprecias, ¿verdad Yúsef?
—Sí —confesó con sinceridad—. También los admiro: son listos, aprenden rápido, son flexibles, se adaptan a cualquier situación y a todo tipo de trabajo. Por ahí dicen que el chileno sería el mejor obrero del mundo si su resistencia física, su talento, su ingenio y su habilidad no se vieran entorpecidos por el alcohol —sentenció el joven, tratando de disipar sus recuerdos.
—¿Beben mucho? ¿Qué beben?
— Vino. En Chile hay vinos excelentes, abundantes y baratos, al alcance del bolsillo de cualquiera, incluso de los propios obreros. Eso es, —Yúsef se entusiasmaba hablando del tema, como lo comprobó el Padre André—; el chileno sería el trabajador ideal con un mayor apego al hogar y una menor afición a la bebida. Pero lo más maravilloso de ese país es la acogida que ofrece a los inmigrantes. Es algo que deberían aprender los países de Europa. Es muy sencillo; hay que comprender que cuando uno va a otro país no es por capricho, sino por alguna necesidad: por buscar trabajo, por problemas políticos, para conseguir un clima más adecuado para la salud; hay tantos motivos... He conocido muchos europeos que llegaron a Chile huyendo de persecuciones políticas o incluso, policiales; entraron con documentos falsos y se instalaron anónimamente. Después de arreglar sus papeles y demostrar su buena conducta, en el sentido de no perturbar la paz, pudieron vivir allí tranquilos.
—Será un país maravilloso —pensó en voz alta el Padre André—. Pero dime, ¿no querías hablarme de otro asunto? Tu hermana Yazmín...
—Por supuesto, claro que sí... He venido por un asunto muy concreto. Me gustaría casarme con una joven de Homs y formar aquí mi hogar. He estado ausente tantos años que ahora no conozco a casi nadie, mucho menos a las familias que tienen hijas casaderas, familias cristianas y respetables. Yazmín, encerrada todo el día en su trabajo no ha podido ayudarme, solo aconsejarme que hable con usted.
—Así me lo ha dicho esta mañana. Pero antes, dime una cosa... ¿crees en la providencia? Me explico...
—No, no explique nada, Padre. Creo en la providencia, ¡desde luego que sí! No he querido mencionar este tema mientras le contaba mis aventuras, pero estoy convencido de que la providencia guiaba mis pasos en todo momento, y muchas veces, cuando creía que algo iba a resultar mal, porque me equivocaba de camino o perdía un tren, o porque surgía cualquier situación equívoca, todo me salía bien, quiero decir, que la providencia lo había permitido así para que todo me resultara mejor. Le puedo contar una aventura de estas a modo de anécdota...
—Espera hijo, ya lo harás otro día. Deja que te cuente ahora lo que me sucedió esta mañana.
Y con su calma habitual, el sacerdote narró los dos encuentros que había tenido: el primero, con Yazmín, que le solicitaba ayuda para encontrar novia para su hermano; y el segundo, la actuación de Mannur O'tra, madre de siete hijas y un hijo que, precisamente estaba con una de sus hermanas casada en Argentina o Chile.
—He llegado a pensar que, tal vez, hayas conocido a Abd al Masij Jure en Argentina o en Chile.
—No; no lo conocí, pero oí hablar de él —dijo Yúsef con expresión preocupada.
—También pensé que la providencia me estaba facilitando la búsqueda de tu novia, ¿lo crees así?
—Puede ser, ¿por qué no? ¿Conoce bien a esa familia? —interesóse Yúsef.
—Sé que es una familia distinguida y rica.
—¿Son cristianos?
—Sí, pero son ortodoxos. El padre de Yúsef Jure, ya fallecido, o sea, el suegro de Mannur O'tra, era sacerdote de la iglesia ortodoxa. Son muy creyentes, practican su fe y la han transmitido a sus hijos; además comparten sus riquezas con los pobres y sus trabajos con los que no lo tienen. En realidad, es una de las buenas familias de Homs.
Yúsef reflexionó unos instantes, llegando a la conclusión de que si él se casaba con una de las hijas, es decir, si la familia lo aceptaba, estaría aceptando su religión católica y, por lo tanto, no le resultaría difícil conseguir que su futura esposa se pasase a los ritos de la iglesia católica y educase a sus futuros hijos conforme a ella. Su carácter optimista y arriesgado lo incitó a responder:
—Padre André, ¿podría conseguir una entrevista con el padre de familia y presentármelo?
—En eso estuve pensando antes de que llegaras. Creo que lo mejor para conseguir este encuentro sería presentarte al Padre Simón, sacerdote ortodoxo y amigo de la familia, para que él te acompañe a su casa, porque ellos a mí no me conocen —explicó el religioso.
—Pero ese sacerdote ortodoxo no me conoce a mí —protestó Yúsef—; no podrá recomendarme a la familia.
—No sé como hacerlo hijo, no es nada fácil.
—¡Claro que sí, Padre André, es muy fácil! Escuche, usted podría hablar con el Padre Simón, contarle quien soy y cuales son mis deseos y rogarle que él vaya a preparar a la familia explicándole todo esto. Si los padres de la joven están conformes y desean conocerme, que les pida que nos reciban mañana mismo y así podremos, lo antes posible, hablarles directamente de mis intenciones.
—¡Qué prisa tienes!
—Es muy probable que al enterarse de mis planes, prefieran conocerme cuanto antes.
—Tienes una lógica irrebatible... Si estás tan decidido, vamos enseguida. Me esperarás mientras hablo con el Padre Simón. Es probable que él desee conocerte antes de hablar con el señor Yúsef Jure.
La suerte los acompañó y, en un par de horas, consiguieron lo que querían: una entrevista para el día siguiente con los padres de la que iba a ser la esposa de Yúsef.