LA PRISIÓN DE BLACK ROCK
Volumen 1
EL ALCAIDE
Fernando Trujillo
César García
SMASHWORDS EDITION
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La prisión de Black Rock - El alcaide
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LA PRISIÓN DE BLACK ROCK
Volumen 1
EL ALCAIDE
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A Kevin se le cayeron los ojos al suelo. Uno de ellos le rebotó en la pierna y fue a parar debajo de un mueble; el otro se estrelló justo delante de él y no pudo evitar pisarlo.
―¡Mierda! ―soltó muy molesto. Tomó aire muy despacio, apretando con fuerza los párpados, y luego lo expulsó de golpe.
Kevin Peyton era un hombre meticuloso, cuidaba los detalles, y estaba convencido de que por eso contaba con tan buena reputación en su profesión. Los clientes reconocían su minucioso toque personal en los trabajos que realizaba y le felicitaban por ello.
―Ha quedado perfecto ―le había dicho una señora en una ocasión, tras admirar el resultado de su labor con mucho interés―. Mejor que antes del accidente, incluso.
Kevin se había limitado a asentir muy respetuoso y se abstuvo de decir nada. Lo cierto es que no hubiera tenido la menor idea de qué replicar a semejante comentario. Era lo único que jamás hubiera creído oír. Además, aquella era una clienta habitual, y eso era algo muy raro en su profesión.
Esta vez no le felicitarían. Se reprendió por haber sido tan torpe mientras se quitaba la mascarilla y recogió los ojos del suelo. Le costó sacar el que estaba debajo del mueble pero finalmente lo logró. Los tiró a la basura y contempló el cadáver pensativo, en busca de una solución para aquel terrible contratiempo. Recordó que una vez, hacía bastante tiempo, tuvo un problema similar: un donante de ojos. El difunto tenía que estar presentable, así que Kevin recurrió a unas bolitas de algodón bajo los párpados para evitar que se hundiesen en sus cuencas.
También consideró fugazmente presentar el cadáver con gafas de sol. Fue algo involuntario, motivado por los nervios, sin duda. Lo descartó enseguida y lo reservó como último recurso. Las bolas de algodón servirían perfectamente y constituían un recurso considerablemente más elegante.
Afortunadamente, todo salió a la perfección y dos horas más tarde el difunto estaba impecable para ser expuesto ante sus familiares. Un buen traje, maquillaje y el pañuelo amarillo que tanto había recalcado su mujer que le pusiera alrededor del cuello. No era una petición inusual en absoluto, Kevin había vestido cadáveres de todas las maneras imaginables. Sin embargo, le dio vueltas al posible significado de aquella prenda mientras preparaba el cuerpo sin llegar a ninguna conclusión interesante.
Terminó pronto. Aún faltaba una hora para que abriera la funeraria. La familia del fallecido no llegaría hasta las diez de la mañana y su socio ya estaría presente para entonces. Le pareció un momento idóneo para ir a desayunar.
El bar de Norman era la mejor opción dado que estaba enfrente de la funeraria y a Kevin no le gustaba tener que coger el coche, apenas se alejaba del Far Southest Side. El frío de Chicago le abrazó en cuanto pisó a la calle. Kevin estaba acostumbrado a las bajas temperaturas y un grueso jersey de lana era más que suficiente para él.
Tan temprano estaría cerrado, pero seguro que Norman ya se encontraría allí, preparándolo todo para servir los desayunos, y puede que no le viniera mal un poco de compañía. Además, Kevin quería ver a su amigo a solas.
Norman Smith era un hombre agradable con un magnetismo especial. Era prácticamente imposible no reírse con sus ocurrencias y su alegre acento irlandés. Su afilada lengua soltaba réplicas divertidas para cualquier situación y era muy raro verle enfadado o decaído. Kevin le conocía desde hacía más de diez años, cuando abrió la funeraria. Tras un primer día durísimo, adecentando el local para desempeñar su nueva función, Kevin cruzó la calle y entró en el bar irlandés de enfrente, decidido a tomar una copa para relajarse. Norman le dio conversación y cuando salió por la puerta ya sabía dónde iría a la mañana siguiente a desayunar.
Se cayeron bien. Y su amistad se desarrolló de una manera muy saludable durante los primeros ocho años, hasta que Kevin descubrió el secreto de Norman: el juego. Póquer, ruleta, apuestas…, todo valía. Un año y medio antes, Norman sufrió un revés, supuestamente inesperado, y lo perdió todo. Como consecuencia, estuvo a punto de perder el bar también. Kevin se apiadó de él y le prestó dinero. Una suma considerable. Le supuso un gran esfuerzo, pues su mujer le había abandonado tres años atrás sin decir palabra y se había quedado solo con su hija de dieciocho años: la persona más importante de su vida.
Ahora las tornas habían cambiado. La inminente entrada en la universidad de su preciosa Stacy, unida a una mala racha en la funeraria, le situaban en una coyuntura económica bastante delicada. El futuro de su pequeña estaba en juego y por tanto necesitaba recuperar su dinero, o parte de él al menos. El problema radicaba en pedírselo a Norman. Era legítimamente suyo y había vencido el plazo en el que su amigo debería habérselo devuelto. Sin embargo, Norman ni siquiera había mencionado el asunto, como si nunca hubiera sucedido. A Kevin eso le enfurecía por dentro. En su opinión, como buen amigo, Norman debería tomar la iniciativa y devolverle el dinero sin forzarle a que se lo pidiera. O, como mínimo, explicar el motivo de por qué aún no había cumplido con lo pactado y cuándo podría hacerlo. No obstante parecía que Norman no lo veía de esa manera, así que Kevin tendría que sacar el asunto aunque le costara. Imaginó que pondría a Norman en una posición incómoda, lo cual le hizo sentir incómodo a él. Luego se enfadó consigo mismo por ese sentimiento. Sólo estaba reclamando lo que le correspondía, no había nada de malo en ello, y además era por el bien de su hija. Pero aun así…
Tal vez, en esta ocasión, Norman le diría algo. Lo mejor sería presentarse en el bar y mantener una charla a solas, lo más distendida posible, que no se notase el pequeño rencor que aquella cuestión le producía. En el peor de los casos podría manipular la conversación para que girase en torno a algún tema de deudas, por si se daba por aludido. No, seguro que no haría falta llegar a algo así.
Kevin cruzó a grandes zancadas la calle, desplazándose con suma agilidad. Era muy alto, metro noventa y cinco, y estaba en perfecta forma. Su cuerpo era muy agradecido con el ejercicio y se moldeaba estupendamente. Prácticamente todos los músculos estaban marcados, sin llegar a dar la imagen de alguien que no salía de un gimnasio. Además era un hombre muy guapo, siempre se lo habían dicho. A Kevin le incomodaba escuchar piropos, se ruborizaba, pero sabía que eran verdad, no se podía negar la evidencia. Sus inconfundibles ojos de color escarlata y el tono pelirrojo de su lacio cabello eran los principales responsables de su belleza natural.
Kevin entró en el bar y no vio a nadie. Estuvo a punto de llamar a Norman con un grito pensando que se encontraría en el almacén, pero entonces vio la silueta de un hombre al otro extremo de la barra. Enseguida se dio cuenta de que algo no encajaba. No era el clásico cliente irlandés que frecuentaba el local de Norman. Kevin Abandonó sus cavilaciones y prestó atención. Escuchó un leve sollozo que parecía provenir del desconocido. Entonces recordó que la puerta del establecimiento estaba abierta, sólo había tenido que empujarla. Lo normal era que hubiese estado cerrada y que Norman hubiera tenido que abrirle. Notó algo más, un olor… extraño.
―Buenos días ―saludó al desconocido―. ¿Ha visto al camarero?
El hombre no se giró y continuó de espaldas a él. Kevin dudó por un instante qué hacer. El desconocido estaba sentado en un taburete y apoyaba un codo sobre la barra. Era moreno, de estatura media, y parecía delgado, aunque resultaba difícil saberlo con certeza porque una gabardina negra ocultaba su contorno. Kevin se acercó despacio, haciendo ruido al pisar para no asustarle. Definitivamente, allí estaba sucediendo algo fuera de lo común. El hombre se movió. Sus hombros subieron y bajaron muy deprisa, y Kevin escuchó un débil gemido.
―¿Se encuentra bien, amigo? ―Kevin alargó el brazo lentamente hacia el hombro del desconocido. Se dio cuenta de que su mano temblaba sin saber por qué―. No pretendo molestarle. ―Dio un suave tirón y el hombre se volvió despacio―. No se alarme. Sólo quiero…
Kevin dio un paso atrás en un acto reflejo. Tropezó con un taburete y cayó torpemente al suelo. Se levantó como un resorte. El corazón le latía descontrolado y un torrente de adrenalina irrumpió en su organismo. Miró al hombre fijamente y luego bajó la vista a su mano izquierda.
Sujetaba una pistola enorme.
―L-Lárguese ―dijo el hombre con la voz entrecortada.
―Tranquilo, amigo ―dijo Kevin luchando por controlarse―. Yo no soy nadie… Sólo venía a…
―No me importa quién sea. Sólo quiero una última copa.
Y entonces Kevin lo comprendió, o eso creyó. El hombre no le apuntaba con la pistola, más bien la sostenía indiferente. Dos lágrimas resbalaban por sus mejillas hasta unirse bajo la barbilla. Sus ojos eran muy extraños. Parecían desenfocados y no le miraban directamente. Su rostro era fino y pálido, propio de alguien que contó con cierto atractivo en su juventud. Era evidente que se había frotado mucho la cara a juzgar por la irritación de sus párpados. Kevin perdió rápidamente el miedo a que el tipo le disparara. No era esa la intención de aquel sujeto, y tampoco había venido a atracar el bar. La explicación le llenó de una angustia que jamás había sentido antes. A menos que se equivocara estrepitosamente, aquel hombre estaba a punto de suicidarse.
―Yo puedo servirle lo que quiera. El bar es de un amigo mío.
―Eso estaría bien. ―El hombre se pasó la mano por debajo de la nariz y se limpió la cara―. Un whisky estaría muy bien.
Kevin asintió y saltó la barra con mucho cuidado. Todavía le temblaban las manos.
―¿Alguno en especial?
―Me da exactamente lo mismo, como si me pone ron…
―No, no, el whisky será perfecto. ―Kevin encontró una botella, puso dos vasos sobre la mesa y los llenó―. A su salud.
El desconocido acercó la mano al vaso y lo golpeó con el dorso de manera involuntaria. Rompió a llorar de nuevo cuando el vaso se estrelló contra el suelo esparciendo cristales en todas direcciones. Kevin se apresuró a poner otro y a rellenarlo de alcohol rápidamente.
―Vamos, relájese. No pasa nada.
El hombre tardó un poco en recobrar la compostura. Su agitada respiración le impedía hablar. Con algo de esfuerzo, finalmente logró coger el vaso y se lo bebió de un trago. Kevin le imitó.
―Bien, creo que ya es hora… ―dijo el hombre algo más calmado.
―¡No! Tomemos otra ―le cortó Kevin―. No sé usted, pero yo tengo sed. Sería una pena desperdiciar esta botella.
―Por mí puede beberse el bar entero. Yo sólo voy a…
―¡No lo haga! ―Las palabras le salieron solas. Kevin ni siquiera entendía por qué le importaba tanto aquel individuo, pero no podía dejar que se suicidara sin más. Sencillamente no era lo correcto―. No sé cuál es su problema, amigo, pero seguro que tiene solución…
―¿Y usted qué sabrá? ―estalló el hombre gesticulando de manera descontrolada. La pistola subía y bajaba describiendo círculos en el aire―. ¿Acaso me conoce? ¡No tiene ni idea de mis problemas!
―Eso es verdad ―se apresuró a decir Kevin en el mejor tono conciliador que logró emplear―. No le conozco, pero estoy seguro de que es alguien inteligente… ―Kevin dudó, no se le ocurría qué más decir. La tensión del momento le estaba aplastando―. Lo veo en sus ojos, en su expresión. Se nota que se trata de una persona con buen fondo.
El hombre se detuvo y pareció calmarse un poco.
―N-No lo soy… O no estaría a punto de abrirme un agujero en la cabeza.
―Sí que lo es. Lo que ocurre es que debe de estar atravesando una mala racha. A todos nos puede ocurrir. ―Kevin consideró que no lo estaba haciendo del todo mal. La expresión del hombre se suavizaba levemente―. Nadie puede sobrevivir en este mundo cruel por sí solo. Seguro que algún familiar suyo…
―No tengo a nadie.
La mención de la familia fue un error y Kevin se reprendió por ello, aunque tampoco podía saberlo. Bastante estaba haciendo sin haber vivido jamás una situación tan delicada.
―Eso es duro. Pero seguro que a alguien le importará usted.
―Duele bastante... A nadie le importo y nadie me echará de menos. Todo seguirá igual cuando no esté. Es mejor acabar con el dolor… Estoy harto de sufrir.
El desconocido se metió el cañón de la pistola en la boca y cerró los ojos con fuerza. Los párpados se volvieron blancos y dos nuevas lágrimas brotaron debajo de ellos.
A Kevin se le disparó el corazón de nuevo por la impresión.
―¡No lo haga, se lo suplico! ¡A mí sí me importa! ―El hombre respiraba muy deprisa―. No estaría aquí con usted si me diera lo mismo. Podría haberme marchado y he permanecido a su lado. ¡Tiene que creerme!
El terrible momento de incertidumbre se alargó durante varios segundos interminables. Kevin creyó de verdad que en cualquier momento vería los sesos de aquel pobre desgraciado saltando por los aires, a tan solo un par de metros de distancia de él.
Entonces el hombre abrió los ojos. No se sacó el cañón de la boca, pero su respiración perdió algo de velocidad. La imagen era impactante. Kevin no sabía cómo reaccionar. El hombre que estaba ante él temblaba, resoplaba con cada exhalación como si hubiese corrido varios kilómetros. El cañón del arma estaba empapado de saliva, que empezaba a resbalar por su barbilla uniéndose a las lágrimas que se derramaban desde los ojos. Unos ojos que tenían algo extraño. Kevin los estudió con verdadera atención por primera vez. Parecían los de un muerto y eso era algo que él conocía muy bien. Lo cierto era que casi podía asegurar haber tratado cadáveres cuyos ojos reflejaban más vida que los que tenía delante. Su color era grisáceo, de una tonalidad poco frecuente, y carecían de cualquier rastro de brillo; estaban completamente apagados. Juraría que no le habían mirado a él directamente ni una sola vez.
Se concentró en la siguiente tarea que tenía por delante.
―Deme la pistola, por favor. No quiere hacerlo, sabe que no es la respuesta. Puede contarme lo que quiera y yo le ayudaré, entre los dos daremos con la solución. ―El hombre sacudió la cabeza pero continuó sin mirarle. Sus temblores estaban descendiendo, al igual que el ritmo respiratorio. Kevin tomó una profunda bocanada de aire―. Escúcheme, hablar conmigo no puede reportarle ningún mal. Si de verdad quiere suicidarse puede hacerlo igual más tarde o mañana, pero no pierde nada por mantener una conversación. Y para hablar necesita sacarse la pistola de la boca.
Aquello produjo algún cambio. El extraño individuo por fin reaccionó y se sacó el cañón de la boca. Lo hizo despacio, con mucho cuidado.
―Tal vez… Tal vez tenga razón.
―Claro que la tengo. Hablar nunca dañó a nadie. ¿Hablará conmigo?
―Tal vez ―balbuceó el hombre inseguro―. Pero no creo que le guste mi conversación.
―Eso no es problema, pero tiene que darme el arma. Me asusto sólo con ver una pistola. Entréguemela. Luego se la devolveré, lo prometo.
Kevin extendió el brazo hacia él con la mano abierta. El hombre abrió mucho los ojos al principio, como si le diese miedo la idea, pero luego se relajó y alargó una mano temblorosa con el arma hacia Kevin. Se detuvo antes de entregarla.
―¿No será una mentira? La gente siempre me miente.
―Yo no ―prometió Kevin en tono firme―. Puede confiar en mí.
Finalmente se la dio. Kevin no pudo evitar dejar escapar todo el aire de sus pulmones en un prolongado suspiro.
Sostuvo la pistola con miedo, como si se tratara de una bomba. Cada día se relacionaba con la muerte en su trabajo, pero no le agradaba lo más mínimo coger un instrumento que, paradójicamente, tantos clientes le proporcionaba. Nunca antes había tenido una pistola en sus manos a pesar de que era fácil conseguir una en Chicago. La mayoría de sus amistades guardaban un arma de algún tipo en casa, pero él no. Kevin detestaba las armas. En la funeraria se había encargado de disimular agujeros de bala en los cadáveres que le llegaban con demasiada frecuencia y el simple hecho de ver el cañón de una pistola le alteraba.
Sujeto el arma con las dos manos intentando que no el temblaran. Tenía que tener un seguro en alguna parte, pero no supo dar con él; no entendía nada de armas. Encontró frío el tacto del metal y eso le extrañó. Debería estar caliente por la presión con la que el hombre la empuñaba.
―Creo que no la quiero ―dijo el desconocido con la voz normalizada de repente.
Kevin le observó con curiosidad. Aunque sus ojos seguían tristes, le pareció ver un leve destello de felicidad en su rostro; sus labios se curvaron en una tímida sonrisa por un instante. Puede que le hubiese sentado bien deshacerse del arma.
―Es lo mejor ―dijo Kevin, por fin algo más relajado―. Yo me la quedaré para evitar accidentes.
―Sí, sí, usted se la quedará ―repitió aturdido el desconocido―. ¡Cielo santo! He estado a punto de hacerlo. Doy pena… Debe usted pensar…
―No da pena. Únicamente tiene problemas y se siente solo.
―Eso no me excusa. No soy más que un patético perdedor. Una basura...
―Lo importante es que no lo ha hecho. Tiene una oportunidad de cambiar las cosas.
―Sí, bueno… No me encuentro bien. ―El hombre se bajó del taburete y caminó hacia la salida con paso tambaleante. Se inclinaba de un lado a otro y se apoyaba en la barra para mantenerse en pie―. Creo que iré al médico. Gracias por todo ―añadió distraído.
―Pero… ¡Oiga! ―gritó Kevin.
No podía creerlo. Después del momento más tirante de toda su vida, era impensable que aquello terminase de aquella manera. No supo qué decir, se quedó completamente paralizado.
Vio al extraño personaje salir del bar sin dar crédito a sus propios ojos. Miró el arma que aún sujetaba y se dijo que bastante bien había acabado todo. Hacía unos instantes había estado convencido de presenciar un suicidio, y un poco antes había temido por su propia vida. Demasiado para empezar la jornada. Se dispuso a tomar otra copa de whisky, y lo hubiera hecho, pero un estruendo se lo impidió.
―¡Tire el arma! ¡Las manos sobre la cabeza! ―le gritaron.
Se giró despacio. Dos policías de uniforme le apuntaban con sus pistolas. La puerta del bar estaba hecha pedazos, la habían derribado al entrar.
―¿Cómo dicen? ―balbuceó Kevin sin entender nada.
Los dos policías tenían los ojos clavados en él. Ni siquiera pestañeaban.
―He dicho que tire el arma ―dijo uno de ellos en tono inflexible.
Kevin miró su mano derecha. Se sorprendió al ver la pistola que él mismo empuñaba. Por un momento había olvidado lo sucedido por la sorpresa de ver a la policía de Chicago encañonándole.
―Por supuesto ―se apresuró a decir. Dejó el arma sobre la barra a toda velocidad―. No es mía, es de un tipo que…
No pudo completar la frase. En cuanto soltó la pistola uno de los policías se acercó a él a toda prisa y le aplastó la cara contra la barra del bar.
―¡Las manos a la espalda! ―ordenó.
―¿Qué es esto? Yo no he hecho nada.
El agente le esposó sin demasiados miramientos.
―Tiene derecho a permanecer en silencio…
―Esto es absurdo…
El policía le dio un tirón de las esposas y terminó de leerle sus derechos. Kevin estaba absolutamente desconcertado. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo.
―¿Ha comprendido sus derechos?
―Perfectamente, pero yo no he hecho nada. Se equivocan de persona.
―Eso lo dudo mucho y en cualquier caso lo decidirá un jurado.
¿Un jurado? Aquello cada vez tenía menos sentido. Llegaron más policías; uno de ellos recogió la pistola con guantes de goma y la metió en una bolsa de plástico. Le arrojó una mirada severa.
―Esa pistola no es mía.
―Claro, claro ―repuso el policía que le había esposado ―. Por eso la tenía en sus manos cuando llegamos.
Era obvio que no le creerían. La verdad sonaría absurda.
―¿Puedo saber al menos de qué se me acusa? ―preguntó Kevin.
―De asesinato.
―¿Cómo? No puede ser. No he matado ni a una mosca en toda mi vida. Y además, ¿dónde está el cadáver?
Entonces lo vio. Dos personas salieron de la parte de atrás del bar transportando una camilla. Había un cuerpo y tenía un balazo entre los ojos.
Casi se desmayó al reconocerle. Era el dueño del bar. Su amigo Norman Smith.
# # #
El golpe aplastó el parachoques trasero del coche, provocando que la cabeza de Paul Miller se fuese hacia atrás hasta topar con el respaldo del asiento. Le dolió un poco.
Lo primero que pensó fue en la factura de la reparación. No había sonado demasiado mal, pero los coches tenían la fea de costumbre de abollarse al menor roce y las visitas al taller no eran baratas. Se encogió involuntariamente, como si esperase recibir un puñetazo.
Por lo menos el dueño del otro vehículo no estaba. Paul echó un rápido vistazo por el retrovisor y se preparó para rectificar la maniobra y aparcar debidamente. Consideró buscar otro sitio para evitar que le culpasen a él del golpe, pero no podía hacer eso. No disponía de tiempo que perder. Ya llegaba muy tarde al trabajo y no quería empeorar la situación.
Comprobó con alivio que no le había hecho nada al todoterreno con el que había chocado y luego se lamentó al ver que en el sitio en el que había aparcado entraban dos coches con facilidad.
La cabeza le zumbaba de un modo muy molesto y no se debía al pequeño accidente de aparcamiento. Era una resaca monumental. Ya no tenía el mismo aguante para el alcohol que en su etapa universitaria, cosa que sabía perfectamente. Sólo le faltaba aceptarlo y comportarse en consecuencia, pero en el fondo seguía siendo igual de irresponsable. Con una copa en la mano y una chica delante a la que impresionar, seguiría haciéndose el machito. Las consecuencias del día siguiente no eran un factor que tuviese en cuenta en ese momento.
Paul entró con paso rápido. Saludó con disimulo a un par de guardas de seguridad y rezó para pasar desapercibido hasta llegar a su puesto. Dos horas y media de retraso eran demasiado, pero aún existía una posibilidad razonable de que su jefa, el perro de presa más rastrero que se pueda imaginar, no se hubiese dado cuenta de su ausencia. Lo único bueno de ella era que desaparecía con frecuencia. A veces, incluso días enteros. Supuestamente por trabajo, reuniones importantes y cosas por el estilo. A Paul el motivo no le importaba, ni quería saberlo, le bastaba con que no estuviese físicamente allí, sobre todo ese día.
Se deslizó por los pasillos lanzando miradas furtivas a todos lados para tantear la situación. Le vendría muy bien dar con algún compañero que le contase de qué humor estaba hoy la jefa y si rondaba por allí.
Le extrañó un poco no toparse con nadie. Tal vez su suerte mejoraba. Fuera como fuese, Paul se alegró mucho de encontrar los pasillos vacíos y aprovechó para ir hasta su taquilla a toda velocidad. Dejó el abrigo y se puso la bata blanca. Lo siguiente era tomarse una aspirina antes de que la cabeza le reventase en mil pedazos. Debía de ser por el vodka, nunca lo soportó demasiado bien.
En la cafetería tampoco había nadie. Paul se metió la aspirina en la boca y se bebió prácticamente un litro de zumo de naranja. Soltó un eructo de varios segundos, seguido de una carcajada corta y dolorosa, y luego se preguntó de quién sería el zumo.
El zumbido del móvil le sobresaltó.
―¿Sí?
―Hola, Paul. Soy yo.― Era la irritante voz de su jefa. Sonaba tan aguda, que escucharla era como sentir un alfiler atravesando su cabeza de oreja a oreja―. ¿Andas muy liado?
Paul no la soportaba. Se esforzaba por hablar de un modo coloquial, cercano, como si fuesen amigos, cuando en realidad era una estirada, y le odiaba. Ambos lo sabían, no había razón para ocultarlo.
―Lo de siempre, ya sabes. Estaba tomando un café.
―No pretendía molestarte, pero necesitaría que me hicieras un favor a menos que estés muy atareado. Si no, podría pedírselo a otro.
Casi se le cayó el móvil. Paul no recordaba haber escuchado nunca a su jefa usando un tono amable. Lo normal hubiese sido que le ladrara una orden directa, sin contemplaciones. Sintió una repentina curiosidad.
―No es ninguna molestia. Te ayudaré encantado.
―Gracias, Paul. Necesito que bajes a la nevera y saques un cadáver.
―Bien. ¿Dónde lo quieres? ¿En la sala de autopsias?
Paul salió de la cafetería y se encaminó a la «nevera» mientras hablaban. Cada vez estaba más intrigado. La jefa sonaba realmente diferente, casi simpática. De no ser por ese estridente tono de voz pensaría que se trataba de otra persona.
―No, tienes que prepararlo y sacarlo fuera.
―¿Cómo dices? ¿Te lo vas a llevar?
―Yo no, no estoy allí. Se lo llevan los del FBI. ¿Ya estás en la nevera? Es el número setenta y tres.
Paul recorrió la sucesión de puertas cuadradas metálicas, que constituían toda la pared lateral de la «nevera» en busca de la que le había indicado su jefa. La imaginó en las oficinas del FBI haciéndole la pelota a alguien. Ahora estaría sentada cómodamente con una café en una mano y el móvil en la otra, mientras sonreía a algún pez gordo, dándose importancia.
Paul abrió la compuerta y con un tirón extrajo la camilla que contenía el cadáver.
―¿No será una broma?
―¿Hay algún problema, Paul? ―preguntó la jefa con un destello de alarma.
―Este tipo tiene que pesar por lo menos cien kilos ―se quejó Paul sujetando el móvil con el hombro―. Voy a sudar para introducirle en una bolsa. ¿Dónde se ha metido todo el mundo?
―¿No hay nadie que pueda ayudarte?
―No sé dónde están todos. ―La perspectiva de cargar con ese tipo tan gordo no le agradaba lo más mínimo. Era un hombre adulto, completamente calvo, al que le faltaba una oreja―. Según leo aquí, no le han practicado aún la autopsia. Ingresó ayer. No deberíamos trasladarle.
Eso dictaba el protocolo del depósito de cadáveres de Chicago. No es que a él le importasen demasiado las normas, pero encontraba cierta satisfacción en recordarle a su jefa que estaba incumpliendo el reglamento.
―Es una petición que viene de arriba ―explicó la jefa―. De muy arriba. No podemos discutirla.
―Está bien. ¿Te llamo cuando lo haya preparado todo?
―¡No! Prefiero esperar. Es muy importante. Deja el móvil en manos libres mientras lo metes en la bolsa.
Paul esbozó una mueca de asco aprovechando que no tenía a la jefa delante. Luego dejó el móvil en una mesa y se puso manos a la obra. Tardó casi media hora en embalar al cadáver y ponerlo en una camilla. Esperaba haberse ganado una pequeña compensación con aquello. Paul sólo llevaba cinco meses trabajando en la morgue y desde el primer día se había llevado mal con su jefa. A lo mejor este favor le serviría para recordárselo en el futuro.
―Bueno, pues ya está listo ―dijo recogiendo el móvil―. ¿Dónde lo quieres?
―Tienes que sacarlo a la calle. Hay un enfermero esperándolo.
―¿Y no pueden entrar a por él como todo el mundo? Sí que son finos los del FBI.
―Hazlo por mí, Paul ―ronroneó su jefa.
Paul contrajo el rostro con desagrado.
―De acuerdo, así lo haré.
―Gracias, Paul.
Empujó la camilla hasta el ascensor de mala gana. ¿Dónde se habían metido todos los forenses y funcionarios? Se detuvo cerca de la salida, a unos metros de la puerta corredera de cristal que daba al aparcamiento destinado a las ambulancias.
―¡Mierda! ―exclamó.
―¿Qué pasa, Paul?
―Me he olvidado el informe en la nevera. Tengo que bajar a por él.
―No hace falta.
Paul escuchó un ruido extraño en el móvil.
―Pero los del FBI querrán toda la documentación…
―Ya les he dado yo una copia ―le cortó la jefa de mala manera―. Yo sé cómo han de hacerse las cosas.
―Es un poco raro, pero en fin…
Se produjo una pausa demasiado larga.
―¡No, no lo es! Es una cuestión de tiempo. Tienen prisa y punto. ¡Entrégale el cadáver al enfermero de una puta vez!
Paul apartó el móvil en un acto reflejo. ¿Qué mosca le habría picado? Gruñir era algo normal en ella, pero nunca perdía los nervios hasta el punto de soltar tacos. Era muy cuidadosa hablando.
Iba a replicar que lo haría pero le había colgado. Paul se encogió de hombros. Lo mejor sería entregar el condenado cadáver al FBI e ir a tranquilizar su pobre cabeza, que no había dejado de zumbarle desde que se había despertado. ¿Qué le importaba a él lo que el FBI hiciese con el cuerpo de un gordo, calvo, al que le faltaba una oreja?
Salió por la puerta, empujando la camilla y vio la ambulancia. Un individuo calvo y de complexión fuerte se acercó a él a grandes zancadas. Vestía uniforme blanco, de enfermero, aunque no se apreciaba el distintivo de ningún hospital. Tenía aspecto serio y su semblante estaba deformado por una mueca que pretendía ser una sonrisa, o eso le pareció a Paul. Aquel tipo no debía de estar acostumbrado a sonreír. Llevaba unas gafas de sol negras muy oscuras, de forma curva. Ocultaban tanto los ojos como las cejas y Paul tuvo la sensación de que no tenía ni un solo pelo en toda la cabeza. Le extrañó que usara gafas de sol, dado que el día estaba tan nublado que casi deberían encender las farolas.
―Creo que tiene algo para mí ―dijo. Su voz era grave y algo ronca.
―Ya lo creo. Sólo tiene que firmar aquí y ya puede llevarse el paquetito ―dijo Paul dando una palmada sobre la enorme bolsa de plástico negro que descansaba sobre la camilla.
El enfermero firmó el documento de entrega y se lo tendió a Paul.
―¿Le echo una mano? ―se ofreció Paul.
―No hace falta. ―Empujó la camilla hacia la parte de atrás de la ambulancia.
―Como quiera ―dijo Paul, despreocupado―. ¡Hasta otra!
Y volvió a entrar en el depósito. Cuando llegó de nuevo al cuarto destinado a la cafetería, ya se había olvidado de todo. Estaba a solas de nuevo con su dolor de cabeza. Y con algo de hambre. Rebuscó entre los armarios a ver si daba con algún bollo que pudiese robarle a alguien.
Escuchó un alboroto en el pasillo. Giró la cabeza y vio a todos sus compañeros desfilando en dirección a la «nevera». Paul salió a toda prisa, resuelto a averiguar qué estaba pasando.
Había mucha gente. Algunos no deberían estar en aquella parte de la morgue, no eran forenses.
―¡Sarah! ―exclamó dando alcance a su compañera entre el torrente de personas―. ¿Qué está pasando? ¿Dónde os habíais metido?
―En la sala de reuniones. ¿No has oído la llamada esta mañana?
Debían de haber llamado a todo el personal mientras él dormía la borrachera. Si hubiese llegado a su hora…
―Se me pasó ―mintió Paul con dificultades para mantenerse al lado de Sarah―. ¿De qué va todo esto?
―¿No te has enterado? ―preguntó ella con una mueca espanto―. Vamos a por el cuerpo y luego a entregarlo a la funeraria. Hoy no se trabaja.
―¿Qué?
Sarah se llevó el dedo índice a los labios y le mandó callar con un gesto severo. Paul se dio cuenta de que todos estaban en silencio y que varias personas le miraban. Era todo muy extraño. Entonces, reparó en el rostro de Sarah. Estaba triste, apenada, y… sí, sin duda, había llorado. Algo había sucedido y él parecía ser el único que no estaba al corriente. Maldijo la juerga de la noche anterior.
Pronto descubriría el misterio. Un hombre alto abrió una de las compuertas metálicas y extrajo una camilla. Había un cuerpo tendido con una sábana encima, como era habitual.
El tipo alto dijo algunas palabras de consuelo muy generales. No conmovieron a Paul, que ya había escuchado infinidad de sermones parecidos cuando algún familiar identificaba a un pariente tras retirarse la sábana. Lo que sí le causó impresión fue reconocer el cadáver que yacía sobre la camilla.
El efecto fue devastador. Era su jefa, con quien, en teoría, había estado hablando hacía menos de tres minutos.
# # #
Eliot Arlen siempre se sentaba en la misma mesa a la hora de la comida. Desde el primer día en que llegó, hacía ya casi dos años, había ocupado aquella silla y nunca se le ocurrió ocupar otra diferente.
Pudo haber escogido otra pero no lo hizo, eligió esa. Y fue una decisión que determinó muchas cosas importantes a partir de entonces. Para empezar sus amigos. Las personas con las que compartió la comida aquel primer día se convirtieron en sus mejores amigos, y en prácticamente parte de su familia en el transcurso de dos años.
Eliot creía en el destino. Y eso le llevaba a pensar que su elección de aquella mesa para comer había sido un hecho predestinado, que alguna entidad superior le había guiado.
Por eso le irritó tanto encontrar a otra persona usurpando su lugar.
―Te has equivocado de sitio, colega ―le dijo a la delgada figura que engullía su ración de puré con gran voracidad―. Esa silla me pertenece.
El intruso no se dio por aludido y continuó devorando el contenido de su plato. El comedor estaba lleno y Eliot no quería protagonizar un escándalo delante de todo el mundo, pero renunciar a su silla no era una opción. Dejó la bandeja sobre la mesa y dijo muy despacio:
―Te estoy hablando a ti, colega. ¿Eres sordo?
El desconocido le miró en ese momento con gesto sorprendido.
―No sabía que las mesas estaban asignadas. Nadie me lo ha dicho.
―Pues esta sí lo está. Y ahora ya te lo han dicho.
―Lo siento mucho. No era mi intención…
―No te preocupes, chaval ―dijo Willy llegando con su bandeja de comida. Le puso una mano en el hombro al desconocido y le invitó a seguir sentado―. Eliot es un poco bocazas, pero no es mal tipo. Yo no le haría caso.
Travis llegó un segundo más tarde y se sentó al otro lado del chaval. Ya estaban todos.
―En efecto, es un bocazas. Tiene la estúpida idea de que esa silla se la asignó una divinidad o algo así.
―El destino, maldito ignorante ―le corrigió Eliot, molesto―. Y no os metáis en esto. Es entre el colega y yo.
Travis y Willy eran hermanos, y Eliot sentía tal afecto por ellos que le gustaba imaginar que también compartía con ellos un lazo de sangre de algún tipo, como si fueran sus primos. A pesar de sus frecuentes disputas, los tres compañeros eran inseparables.
El ocupante de la silla de Eliot les miró a todos sin saber qué hacer. Estaba visiblemente nervioso.
―No quiero complicaciones. Me iré a otro sitio.
Travis le detuvo sujetándole por la muñeca.
―No hace falta, quédate. Eliot sólo bromeaba. Sería descortés no invitarte a compartir nuestra mesa en tu primer día. ―Lanzó a Eliot una mirada muy sugerente―. ¿No es así, Eliot?
―¿Tu primer día? ―preguntó Eliot, sorprendido―. No lo sabía. Discúlpame, entonces. El inútil de Travis tiene razón, quédate. Pero déjame sentarme ahí si no te importa. Es mi silla favorita. ¿Cómo te llamas?
―Robert ―dijo empujando la bandeja sobre la mesa y dejando libre el sitio.
―Pues bienvenido, Robert ―dijo Eliot muy alegre―. No sé qué te habrán contado por ahí. Tenemos mala fama, pero es injustificada. No se está tan mal aquí. Y los jefes son bastante razonables.
―El trabajo es un asco, eso sí hay que admitirlo ―intervino Travis―. Es aburrido a más no poder.
―A todo se acostumbra uno ―añadió Willy con la boca llena de comida―. Lo único verdaderamente malo es la hora de comer. Solo nos dan cuarenta y cinco minutos. No es suficiente.
―Lo hacen para ver si comes menos ―replicó su hermano. Travis siempre atacaba el exceso de peso de Willy cuando surgía la ocasión―. Ocupas demasiado espacio.
Los dos hermanos monopolizaron el resto de la conversación. En teoría trataban de enseñar a Robert todo lo necesario para que no metiese la pata en nada importante en su primer día, pero sus rencillas personales absorbieron una gran parte de la charla.
Eliot estudió a Robert con curiosidad. El novato prestaba atención y asentía cuando le miraban directamente, a pesar de que a veces no entendía nada de lo que le estaban contando. Era obvio que se esforzaba por retener cuanta más información mejor. Estaba asustado, cosa que a Eliot no le extrañó en absoluto. Recordó su primer día. Los nervios le hacían sudar mucho y no se atrevía a mirar a nadie directamente a los ojos. Trataba de pasar desapercibido, de ser una figura anónima sin mostrar nada especial. Le pareció que fue hace mucho, diez años por lo menos. El tiempo había transcurrido muy despacio.
La expresión de su cara no debió de ser muy diferente de la que exhibía Robert en estos momentos. Fue muy duro enfrentarse a un mar de rostros desconocidos que le estudiaban con dudosas intenciones. El primer trimestre fue el peor con diferencia, y Eliot rompió a llorar en más de una ocasión por la noche, tumbado en la cama con la almohada encima de la cabeza. Pero, afortunadamente, aquella época ya pasó.
Tal vez él también debería decirle algo a Robert y ofrecerle algún consejo valioso, del tipo que sólo puede dar alguien con experiencia. Las clásicas recomendaciones que a él no le dieron y que le hubieran ahorrado muchos contratiempos innecesarios. Sí, eso estaría bastante bien, pero no lo hizo. No captaba buenas vibraciones en el nuevo. Era pronto para saber qué era lo que a su intuición no le gustaba de Robert, pero ya lo averiguaría. Él nunca se equivocaba.
Puede que fuese Tauro. A Eliot no le gustaban los Tauro y eso podría explicar las malas vibraciones que destilaba Robert. Las discusiones con ellos no eran agradables y casi todos los que había conocido solían burlarse de él. Consideró durante unos segundos preguntarle su fecha de nacimiento, pero no se le ocurrió un modo de hacerlo sin interrumpir la conversación. Además, Travis le adivinaría la intención y haría alguna broma al respecto.
Prefirió continuar comiendo en silencio mientras sus pensamientos se alejaron en busca de algo más agradable. Enseguida le asaltó la imagen de su novia y empezó a ponerse nervioso. Hoy la vería sin falta y se moría de ganas de que llegara el momento. Eliot dejó que su mente se deleitase imaginando el encuentro. Su chica era lo mejor que le había pasado en la vida. La había conocido hacía solo ocho meses, pero desde el primer momento había sentido algo incontrolable por ella. Tenía un aura especial que emanaba de ella y la convertía en un ángel. Su voz era melodiosa, a Eliot le encantaba escucharla. Tenía veinticinco años, tres menos que él. El tres era un número muy bueno, de los mejores. Si tan solo la hubiese conocido antes…
Pero eso ya no se podía cambiar. Y bastante suerte era tener a una preciosidad como aquella a su lado. Eliot era consciente de que él no era ningún regalo para la vista. Tenía el pelo moreno y los ojos verdes. La combinación de esos dos atributos de por sí bastaban en muchas ocasiones para convertir a las personas en atractivas como poco, pero no era el caso de Eliot. Su nariz se torcía hacia la derecha y sus rasgos faciales eran desiguales. Apenas tenía labios y estaba demasiado delgado. En definitiva, era feo.
Eliot volvió a la realidad y se dio cuenta de que no había probado la comida. Los nervios le habían quitado el hambre. Travis y Willy seguían contando anécdotas, considerablemente exageradas, con las que pretendían ilustrar a Robert sobre lo que se podía esperar de aquel sitio. El novato asentía interesado.
―Y ahora cuéntanos tú algo ―dijo Travis a modo de conclusión.
―¿Qué queréis saber? ―preguntó Robert.
―Cualquier cosa, es para no aburrirnos ―dijo Willy, pensativo―. Por cierto, ¿dónde te han puesto?
―En la ciento dos ―contestó Robert.
A Travis se le cayó la cuchara en el plato y se manchó de puré. Willy se quedó callado sin saber qué decir. Eliot reaccionó prácticamente de inmediato.
―Eso es imposible ―dijo mirando a Robert fijamente―. Te equivocarás de número.
―No lo creo ―replicó Robert con mucha seguridad aunque algo inquieto al notar el asombro de los dos hermanos―. Es lo primero que me han dicho al llegar y no se me ocurriría olvidarme de ese detalle.
El argumento era convincente. Eliot lo meditó un segundo y estuvo de acuerdo en que se pueden cometer muchas estupideces en un primer día, pero absolutamente nadie olvidaría dónde le han ubicado.
―¿Estás seguro? ―preguntó Willy―. ¿La ciento dos?
―Sí, claro ―respondió Robert con un ligero temblor―. ¿Cuál es el problema?
Se produjo un silencio incómodo. Al final, Eliot estalló.
―El problema, colega, es que la ciento dos es la mía.
El semblante de Robert reflejó enseguida que comprendía que se trataba de algo muy extraño.
―¿Cómo es posible? Me han dicho que son individuales, que no se comparten.
―Y así es, colega ―replicó Eliot con una mueca―. Ahora solo falta saber por qué te han colocado en mi celda.
# # #
―¿Cómo lo hace, señor? ―le preguntó uno de los dos críos que llevaban un rato escuchándole con admiración.
Randall Tanner observó con desagrado los dos pares de ojos que le apuntaban con expresión inocente. La curiosidad de los niños era muy molesta. Pensaban que se trataba de un truco, así que le importunarían hasta que les revelase el secreto.
Tapó el móvil con la mano y luego les clavó una mirada severa.
―¡Largaos y no me molestéis, niños! ―gruñó con su voz ronca―. ¿No deberíais estar en clase?
―Los sábados no hay colegio ―se burló uno de ellos.
El otro chico sacó la lengua y agitó las manos junto a las orejas. A Randall se le agotaba la paciencia. Se traía entre manos algo demasiado importante como para que dos mocosos le distrajesen. Se dispuso a mandarles al infierno, pero escuchó algo por el teléfono y no pudo hacerlo.
―Ya les he dado yo una copia ―dijo Randall con voz de mujer. Una voz aguda y estridente, y algo más irritada de lo que había pretendido debido a la intromisión de los dos niños―. Yo sé cómo han de hacerse las cosas.
―¡Es alucinante! ―dijo el chico más alto―. Habla como mi madre.
El amigo volvió a mirar a Randall, fascinado.
―¿Cómo puede hablar como una señora, señor?
Randall tapó el móvil una vez más y dio un paso amenazador hacia los pequeños entrometidos.
―Es cuestión de práctica ―les dijo usando su voz natural―. Y ahora largo de aquí antes de que me enfade de verdad. Me van a traer un muerto muy grande. ¿Seguro que queréis quedaros?
Los dos niños se miraron. Escucharon la palabra «muerto», pero sus mentes seguían ocupadas con el hombre que hablaba con dos voces. Nada más parecía acaparar su atención.
Al menos hasta que Randall alzó su musculoso brazo con gesto amenazador y les miró con dureza. Su rostro serio, completamente calvo, imprimió en ellos algo de temor. El suficiente para que por fin se dieran por vencidos y se marchasen corriendo. Randall les vio alejarse con gran alivio.
Regresó a la conversación a toda prisa.
―¡No, no lo es! ―le gritó a Paul Miller a través del móvil empleando la voz de su jefa―. Es una cuestión de tiempo. Tienen prisa y punto. ¡Entrégale el cadáver al enfermero de una puta vez!
Y colgó. Poco después, Paul apareció empujando una camilla. Randall se acercó a él forzando su mejor sonrisa, firmó el documento que le pidió y enseguida tomó el cadáver que había venido a buscar para meterlo en la ambulancia.
Las calles del centro de Chicago no estaban tan congestionadas los fines de semana y Randall no tardó demasiado en llegar a su destino. Aparcó la ambulancia en un callejón poco transitado, se quitó el uniforme de enfermero y metió el cadáver en el maletero de un coche viejo y oxidado que había estacionado allí previamente. Era un modelo muy antiguo de aspecto lamentable. La carrocería estaba salpicada de abolladuras por todas partes que nadie se había molestado en reparar. El parachoques trasero amenazaba con desprenderse en cualquier momento, faltaba el retrovisor izquierdo y el cristal de la ventanilla trasera derecha estaba roto, como si le hubiesen atravesado con una piedra.
Randall condujo con tranquilidad, tratando de silbar una canción. No conseguía librarse del odio que la jefa de Paul sentía por su subordinado. El sentimiento era muy intenso, tanto que se había enquistado en un rincón de su mente y se negaba a desaparecer, como el sabor de una comida que se repite. Era bastante molesto. Consideró acercarse al lago Michigan y tratar de relajarse contemplando sus aguas. Era lo que más le gustaba a Randall de Chicago: su ubicación a lo largo de la costa occidental del lago. Cuando estaba en calma, Randall tenía la sensación de que Chicago se alzaba al borde de un inmenso espejo. Desgraciadamente iba muy justo de tiempo.
Cada vez le costaba más despejar su mente y se enfurecía en contra de su voluntad. Necesitaba concentrarse en algo que le distrajese. Encendió la radio y empezó a saltar de una emisora a otra hasta que dio con una canción pegadiza que le sonaba. Empezó a cantarla esforzándose al máximo en hacerlo bien. Su voz era demasiado ronca y sus dotes para el canto dejaban bastante que desear, pero daba lo mismo. Lo importante era ocupar su mente con algo. Se concentró en la entonación y en la letra, y siguió cantando. Al terminar la canción, había logrado desprenderse de la sensación de odio de la jefa de Paul Miller.
Detuvo el coche y se rascó la frente aliviado, comprobando que su cabeza estaba despejada, aunque algo dolorida.
Compró un perrito y un refresco en un puesto ambulante, y se los comió distraído. Evitó pensar en el esfuerzo que le había supuesto aclarar su mente, aunque sabía que era un problema al que tendría que hacer frente antes o después. Mejor después. Ahora tenía cosas mucho más urgentes en las que centrarse.
Terminó de comer y se fue. Aparcó su decrépito coche en doble fila y se quedó dentro vigilando el restaurante del otro extremo de la calle. Comprobó la hora y vio que no había llegado tarde. No apartó los ojos de la puerta del restaurante ni una fracción de segundo hasta que vio salir a la persona que esperaba.
Su objetivo entró en su coche y se marchó. Randall le siguió durante un par de manzanas a una distancia sensata, luego se aproximó a él por la derecha, giró el volante hasta enfilarle, y aceleró.
El choque proporcionó una nueva abolladura al chasis de su castigado coche.
# # #
―Me temo que no traigo buenas noticias, señor Peyton ―dijo Stanley Henderson.
Kevin Peyton le miró a través de los barrotes, desde su metro noventa y cinco de altura, sin saber muy bien qué hacer. Nunca había necesitado un abogado y, por supuesto, nunca había estado en la cárcel. La situación le superaba.
―¿Qué? ―No fue capaz de decir nada más.
El abogado dejó en el suelo un maletín de aspecto muy caro y se aflojó la corbata. Stanley parecía muy joven. A Kevin no le gustaron sus rasgos juveniles ni su voz aflautada, pero lo que más le trastornaba era la expresión abatida de su rostro. Por lo que tenía entendido, el abogado venía de discutir su caso con la fiscalía y no parecía haber salido victorioso del enfrentamiento.
Kevin apartó un mechón de pelo rojo con su mano derecha y se dio cuenta de que le temblaba ligeramente. Estaba nervioso, y sus ojos de color carmesí se desplazaban de un lado a otro, incapaces de permanecer fijos en el mismo lugar.
―Enseguida le informo, señor Peyton ―dijo Stanley con la voz forzada―. La acusación dispone de sus huellas dactilares en el arma homicida con la que se disparó tres veces al señor… Norman Smith.
A Kevin le molestó que el abogado aún tuviese que mirar el nombre en los papeles que llevaba en la mano. Ya debería sabérselo de memoria considerando que su vida dependía de ello.
―¿Ya han confirmado lo del arma?
―En efecto. El departamento de balística ha verificado que las balas salieron de esa pistola. ―Kevin profirió un juramento. El abogado prosiguió con su exposición―. Su presencia en el lugar del crimen es un hecho y la víctima le debía dinero. ¿Es cierto este último detalle?
―Todo esto es absurdo ―repuso Kevin―. Si jamás he cometido un delito ¿cómo voy a empezar por matar a una persona? Norman era mi amigo, por amor de Dios. Mucha gente puede corroborarlo.
―Entiendo, señor Peyton, pero necesito saber si, en efecto, Norman le debía dinero…
―¡Sí, maldita sea! ¡Me debía dinero! ―le interrumpió Kevin empezando a sentir la violencia de la desesperación alrededor de su cuello―. Pero eso no significa que le matara. He prestado dinero a otros amigos y no les he disparado por retrasarse en la devolución.
Stanley permaneció impasible.
―¿Puedo preguntarle por qué no me lo había revelado durante nuestra primera entrevista? Es de vital importancia que conozca todos los hechos o no podré defenderle debidamente.
―Supongo que se me olvidó... ¡No me mire de ese modo! Cuando maten a un amigo suyo y le acusen falsamente de asesinato entenderá por qué se me ha escapado un detalle.
El abogado esperó pacientemente conservando la compostura.
―Me hago cargo de su situación y aunque no he vivido nada parecido personalmente, he ayudado a muchas personas con problemas como el suyo. Y mucho peores también.
―Seguro que sí ―murmuró Kevin despectivamente.
Stanley no pareció escuchar el comentario.
―Los detalles son esenciales y pueden significar la diferencia entre quedar libre o ser condenado. No puedo representarle si me oculta información y ese detalle me hubiera venido bien conocerlo antes de mi entrevista con el fiscal.
Kevin consiguió serenarse lo suficiente para asentir a modo de disculpa. La frustración que sentía le impedía pensar con claridad. Las palabras de Stanley le llegaban desde lejos, algo distorsionadas. No lograba librarse de la sensación de que era imposible que aquello le estuviese sucediendo y pronto se despertaría de una mala pesadilla.
―¿Hay algo más que se le ocurra que no me haya contado y que pueda servirme de ayuda?
Kevin se devanó los sesos en busca de algo que se le hubiera escapado y que justificase el increíble episodio por el que había pasado en el bar de Norman. No había dormido en toda la noche y aún así no había encontrado una explicación.
―Ya le dije que había otro tipo, un suicida, o eso creí yo. El caso es que me dio la pistola, en realidad yo se la pedí porque pensé que iba a volarse la cabeza. Tuvo que ser él quien lo hizo.
―De momento no se han encontrado pruebas de que nadie más estuviese allí ―le informó Stanley―. He transmitido su descripción de ese sujeto, pero la verdad es que la fiscalía no le cree. Necesito algo más para dar con ese individuo. Una relación, un motivo, algo para que la policía pueda buscar.
―Maldita sea, ¿qué hay de mi palabra? Yo estaba allí, ¿no basta con eso?
―Desgraciadamente no…
―¡Pues me cago en esta justicia de mierda que tenemos! ―gritó Kevin dando una patada a los barrotes.
―Tiene que conservar la calma, señor Peyton ―dijo el abogado sin inmutarse―. La justicia no buscará a ese tipo y, si lo piensa, es lógico. No pueden dedicar recursos a buscar a alguien sólo porque usted lo pida. ¿Y si se lo estuviera inventando? Es algo muy frecuente entre personas acusadas de asesinato. Necesitamos algo sólido con lo que se pueda sospechar que alguien más estuvo en el bar o no lo investigarán.
Una explicación excelente. A Kevin le dieron ganas de sacar los brazos a través de los barrotes y estrangular a Stanley allí mismo.
―Norman tenía deudas. Aquel bastardo tenía que ser alguien de alguna red de juego ilegal o algo así a la que le debiese dinero, seguro que era parte de alguna mafia irlandesa. No se me ocurre nada más.
―Comprendo. ¿Y por qué piensa usted que le involucraron en esto? Por lo que me ha contado, aquel individuo se molestó mucho en fingir que iba a suicidarse para que usted tomase el arma.
―No lo sé ―admitió Kevin, resignado―. A lo mejor buscaban a alguien a quien culpar.
―Pues lo encontraron. ―El abogado bajó la mirada―. Tiene usted un móvil económico, se encontraba en el lugar del crimen, tenía el arma homicida en sus manos y no se puede demostrar que hubiera nadie más allí.
―Usted no me cree ―le acusó Kevin.
―Eso no es importante. La cuestión es que no tiene defensa.
―No pueden probar que yo apreté el gatillo.
―No lo necesitan. Cuando la fiscalía exponga la situación, el jurado le condenará. Sé que es muy difícil, pero si pudiera ponerse en su lugar e imaginar lo que pensaría si le presentasen a un sospechoso en ese mismo escenario, con los detalles que le acabo de relatar, probablemente también le condenaría. No puedo probar que hubiera nadie más. Si insisto en ese punto sin pruebas, daré la impresión de estar desesperado o de intentar un truco barato.
―No entiendo su postura ―confesó Kevin―. Se supone que es mi abogado. ¿Sugiere que me rinda y me confiese culpable?
―No exactamente…
―¿Quiere que declare que estaba loco o alguna de esas tretas legales?
―No creo que sirviera de nada.
―Entonces, ¿qué?
―Tenemos que hacer un trato. No veo otra solución.
De modo que no la veía. Kevin ahogó una protesta. Le habían acusado de un crimen que no había cometido y aquel irritante jovenzuelo, cuyo trabajo consistía en salvarle, solo le ofrecía un trato como mejor opción.
Kevin era consciente de su modesta situación económica. La funeraria le proporcionaba unos ingresos fijos pero muy ajustados. Cuando vivía con su mujer contaban con dos sueldos y su nivel de vida era desahogado, aunque sin lujos. Podían adquirir todo lo necesario para su hija Stacy y permitirse algún capricho ocasional, nada escandaloso. Pero desde que su mujer les abandonó, Kevin había atravesado serias dificultades para salir adelante. Hasta el presente momento, lo habían logrado gracias a los ahorros que Kevin había ido acumulando sabiamente con los años. Su generosidad y sacrificio también contribuyeron. Kevin renunció a todas y cada una de sus pequeñas aficiones que conllevaran un gasto de dinero, con tal de que su hija no sufriese el precario estado de su situación económica.
Pero, a pesar de todas las contrariedades, Kevin nunca dejó de pagar su cuota mensual a la firma de abogados. Y ahora que les necesitaba, este hombre con aspecto de niño era lo único que obtenía a cambio de tantos años sin retrasarse en un pago.
Cuando levantó la vista la clavó en Stanley y repuso con mucha calma:
―No, no pienso hacer ningún trato.
―Escúcheme al menos. Considere…
―He dicho que no.
El abogado suspiró.
―Ni siquiera me ha escuchado. Estoy aquí para velar por sus intereses.