Excerpt for Manola (la de las lolas) by Supermicio , available in its entirety at Smashwords

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MANOLA

(la de las lolas)


Supermicio



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Copyright © Hu-28-2006

Primera edición: 2010

Diseño y foto de portada: Supermicio © 2010

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Comprando esta novela colaboras con el foro

¡¡Ábrete Libro!!



Supermicio, el autor de Manola, la de las lolas, es un superhéroe de tercera categoría, la más baja de las reconocidas por el Colegio Oficial de Superhéroes. Como buen profesional, su verdadera personalidad permanece oculta. Hay quien afirma que se trata de una monja de clausura, otros creen que bajo su avatar se esconde un celebérrimo personaje (posiblemente porque han visto mucha televisión), algunos lo tienen por tipejo tronado (y quizá no vayan muy desencaminados), y él ha llegado a decir que es un arzobispo silvestre (dando así la razón a los anteriores). Lo único cierto es que el misterio permanece, quizá porque nadie le ha ofrecido varios millones de euros para salir del anonimato.





Cada loco, con su tema.



A modo de prólogo

¿Por qué ahora? ¿Por qué así?


Escribo estas líneas con la intención de dar cuenta de los procesos de Manola. De su proceso de creación y de su proceso hasta llegar a tus manos. ¿Por qué?

El buen lector, que siempre tiene algo de escritor, gusta de conocer estos detalles; le ayudan a advertir cosas que de otra forma podrían pasarle desapercibidas, e incluso le permiten disfrutar con los defectos de la novela. No hablo de los debidos a la impericia del autor (que nunca hacen gracia) sino a los causados por la forma o la motivación con que escribió.



Comenzaré, pues, hablando de la génesis de Manola. Y, aunque resulta cómico admitirlo, debo decir que escribí esta novela por casualidad.

Su germen fue un intercambio de correos, ya no recuerdo si tres, cuatro o a lo sumo cinco, que a modo de cuentos sueltos, o de capítulos escasamente hilados, intercambié con un tema de fondo: lo papanatas que somos los hombres para que se haya acuñado la expresión «más tiran dos tetas que dos carretas».

Aquellos correos, divertidos y osados, eran, cuando los enviaba, la visión que de Manola tenía el papanatas de turno. Y a la vuelta eran la visión de Manola, «la de las lolas», sobre el pobre papanatas. Dos puntos de vista sobre una misma realidad.

Pero literariamente hablando el asunto no podía ir demasiado lejos: los personajes que yo enviaba no eran los que recibía. Era inevitable, porque cada persona imagina las cosas de una manera y, puestos a crear una personalidad, sería milagrosa la coincidencia. Las dos versiones de los personajes siempre eran distintas: más tontos o más listos unas veces, más o menos osados otras, más salaces o apocados, pero nunca los que iban en un correo eran los que regresaban, o al menos no tenían los mismos planes. Y viceversa, por supuesto. Me lo pasé bien, pero la indefinición, el vaivén de caracteres, la esquizofrenia, la falta de horizonte, fueron evidentes desde el primer instante e impedían avanzar. Así que me «independicé». Es decir, comencé a escribir desde cero. O, mejor dicho, desde la óptica de un personaje, el narrador, pasmado por un par de lolas.

Mi objetivo al hacerlo siguió siendo divertirme sin abandonar el tema original; y mis pretensiones, ningunas. He aquí la razón de por qué los primeros capítulos se limitan a dar distintos puntos de vista —casi siempre masculinos— acerca de Manola. Sobre el resultado hay opiniones diversas: hay quienes se ríen al comprobar cómo una misma realidad puede ser vista desde muchos ángulos incluso aunque el objetivo del observador sea siempre el mismo, y ha habido quienes se han quejado de encontrar «demasiada teta». Lo cierto, sin dar la razón a nadie, es que esas primeras páginas están dedicadas a la «contemplación mamaria», y lo que de bueno y malo hay en ellas se debe a este motivo: escribí para divertirme, y no se me pasaba por la cabeza que Manola fuera a ser una novela. De hecho, si no dejé de escribir fue porque no encontré nada mejor para pasar el rato.

Pero «teta a teta», en algún punto también pensé que de seguir habría «demasiada». ¿Qué hacer?, me pregunté entonces. ¿Seguir a riesgo de crear Tetalandia? No hubiera tardado en repetirme, en dejar de divertirme, y, por ende, en arruinar la historia. Así que busqué el modo de seguir entreteniéndome. ¿Cómo? Sólo encontré una salida: convertir a Manola en parte activa de la novela, sacarla de la vitrina donde había sido tasada y examinada sin voz ni voto, y hacerla ir y venir sabiendo que cada movimiento suyo provocaría reacciones en cada uno de los personajes. Pero ir y venir... ¿de dónde, hacia dónde?

La Manola de los correos originales era consciente de su poder sobre los hombres, y ni se me pasó por la cabeza que pudiera ser de otra forma. Tan asimilada tenía la idea que no me planteé otras posibilidades. Un poder basado en dos mamas blancas, sí, pero un poder innegable. Y quien conoce las causas de su influencia, sean las que sean, puede utilizarlas en su favor. Es lo que iba a hacer Manola.

Esta decisión condicionó el resto de la novela, aunque al tomarla no fui consciente.

Antes de continuar haré un inciso: ¿por qué el narrador es un corrector al servicio de una editorial? En gran medida, por casualidad. O al menos sólo recuerdo un motivo especial, y me da pudor confesarlo: no sé una sola palabra de esa profesión. Fue una gran ventaja, porque usé la ignorancia —que es osada por naturaleza— como tabla de salvación: definí las condiciones de trabajo que me vinieron en gana para hacer del narrador un caracol, siempre en su casa, para hacerlo dueño de su propio tiempo, condición indispensable para ser la sombra de Manola.

Sentado ese también improvisado cimiento, sigo ahora con la evolución de lo que aún ni siquiera era trama.

Había elegido a Adolfo, alias doctor Pajillas, como primer escalón del ascenso social de Manola. Por supuesto sin saber cuál iba a ser el segundo. Ni siquiera si lo iba a haber. El doctor había venido al pelo para ofrecer una pintoresca perspectiva del «más tiran…» : sus vetustas ideas cuestionadas por sus obsesiones ofrecían un contraste demasiado jugoso para dejarlo de lado. Además era un trofeo nada desdeñable para una mujer como Manola, de no mucha cultura y, en cierta medida, algo pueblerina: Adolfo aún podía presentarse ante ella luciendo el prestigio social que antaño gozaban los médicos, amén del dinero acumulado a lo largo de su vida. Vincularlo a Manola había sido tan sencillo como hacer de ella su paciente; vincular a ambos al narrador, tan fácil como hacerlos vecinos, y poner al doctor en disposición de naufragar en las afamadas chichas tan simple como hacerlo psiquiatra, profesión que al tratar casi siempre a enfermos crónicos mantiene con sus pacientes relaciones prolongadas.

Pero esta situación había venido dada, era una parte del comienzo utilizada para dar una de las perspectivas sobre Manola. O dos: la del doctor y la de su esposa. Pero llegados a ese punto, insisto: ¿qué tenía que decir Manola? Responder a esa pregunta fue la verdadera forma de proseguir: hacer de ella lo que verá quien lea la novela, pero presentándola al lector tal cual era, y ya no a través de ojos ajenos condicionados por deseos y por lo incompleto de su información.

«Conocer a Manola» se convirtió así, durante unas páginas, en un objetivo, no en un camino. Por eso en ese punto la novela quedó estancada y dio alguna vuelta sobre sí misma, como quien, desorientado, otea buscando la ruta. Visto ahora, Manola podía haber ido a por Antonio, el acomodado propietario del bar Gutenberg, o podía haber aparecido un nuevo personaje. Cualquiera de esas opciones habría cambiado completamente la novela y, seguro, su desenlace.

En ese vagar por la vida de los personajes conservé al doctor no por planificación, sino por cariño: con sus contrastes con el mundo actual había dado juego en el sentido humorístico y en la finalidad de la novela. ¿Cabía mayor demostración del asunto de las carretas que la claudicación del pobre hombre? Y la caza del doctor había sido tan divertida —de hecho contiene algunos de los pasajes más festejados de la novela— que no quise prescindir de él. En cuando a Manola, quise mostrar su verdadero carácter, pero hacerlo no bastaba para culminar el texto, y avanzar por nuevas aventuras (aunque aún no supiera cuáles) exigía sacarla de casa, y por tanto alejarla del narrador-caracol. Pero entonces, ¿cómo iba a enterarse él de los nuevos acontecimientos?

Por medio de Inés Romero.

Un personaje clave. Un puente por el que comenzó a llegar información sobre el pasado de Manola y también sobre su futuro, pues como buena amiga estaba al tanto de sus proyectos. Incluso también informó sobre el presente, dando la perspectiva perdida y más codiciada por el lector: la de Manola, porque los demás personajes se habían limitado a elucubrar hipótesis.

Inés dio vida al narrador, le hizo salir de su nido y pasar de mero testigo a partícipe en el devenir de los acontecimientos. Ya había comenzado a serlo bajo la identidad de Lupito, pero el binomio Lupito-Bollita —nacido para mostrar el «otro yo de Manola», que suele parecerse bastante al «verdadero yo»— daba poco lugar para la acción, y se convirtió enseguida en un camino tortuoso que sólo retomé al final. Por eso Inés es tan importante: dota de movimiento al narrador y, me temo, inmoviliza a Lupito y Bollita al transformarlos en apéndices prescindibles.

Pero también tenía cariño a esos «otros yo» que tan auténticos suelen ser, y tampoco los abandoné porque hubiera equivalido a perder a los «verdaderos personajes». Podría haberlo hecho, sin embargo, pero se hubieran convertido en un feo cabo suelto. ¿Con qué nudo lo até?

En una novela en la que todos los personajes, como en la vida real, tienen una visión de sí mismos distinta a la que tienen los demás, y, a la vez, una visión del resto distorsionada por sus propios intereses, Lupito y Bollita eran los únicos personajes «puros», porque cuando no decimos quién somos nos liberamos de todas las servidumbres, y dejamos de ser quienes creemos que debemos ser para convertirnos en lo que nos apetece ser. Fue un colofón: tantas visiones distintas de una misma persona para al final llegar a la conclusión de que sólo podemos reconocernos a nosotros mismos cuando nadie nos reconoce.

Sin embargo estoy adelantando acontecimientos, porque ya he dicho que me había estancado y daba vueltas sin rumbo. Volvamos a los interrogantes. ¿Qué hacer? ¿Por dónde seguir?

La inercia —fuerza opuesta a las musas— me hizo pensar en narrar los sucesivos «escalones» que Manola pudiera ir subiendo. Pero aunque fueran amenos, temí que poco o nada aportaran ya excepto repetición. Para colmo divisé un problema. El problema. ¿Qué final dar a una historia nacida sin destino? Esa era la causa de la parálisis: de pronto tenía media novela escrita y debía empezar a pensar a qué puerto conducirla.

Tras mucho cavilar, empecé por decidir el final, para tener un horizonte que guiara el caminar. Pero una vez decidido tuve la sensación de no haber avanzado. Porque otra duda se adueñó del panorama: ¿cómo conducir a Manola a ese final? ¿Pasito a pasito o a saltos? ¿En línea recta o en zigzag? ¿Cómo hacer partícipes al resto de los personajes? En la profesión del narrador encontré la excusa. A Manola sus amigos le abrieron, sin pretenderlo, las puertas de un nuevo mundo. Un mundo, además, que ahondaba hasta el límite de lo soportable la diferencia entre lo que aparentamos ser y lo que somos. Para saber cómo se desarrollaron los acontecimientos no hay más que leer la novela. La evolución, no obstante, es previsible, porque la fuerza motriz es siempre la misma: el egoísmo individual; el egoísmo que otorga a dos tetas más fuerza que a dos carretas, el que hace que la tetudita las use para tirar de quien quiera, y el que permite, por tanto, que alguien utilice tetas ajenas para tirar de cuanto le convenga.

Terminaron por converger los egoísmos contrapuestos, saliendo uno triunfante y los otros escaldados, y en la pelea participó la forma más agresiva del egoísmo: la destrucción de la dignidad. Del choque salió la idea, que algunos han llamado moraleja, de que frente al «más tiran dos tetas que dos carretas» frases como «Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy», también son fruto de la experiencia. No pude evitar dejar caer tácitamente una idea de la que estoy profundamente convencido: el único reconocimiento que da la felicidad es el que uno se hace a sí mismo.

Así escribí Manola. Como ves, se presenta ante ti tal cual fue saliendo de mi mollera, sin otras correcciones que las de los inevitables gazapos (de los cuáles aún algunos habrán escapado, y por los que te pido perdón por anticipado) y las de algunas expresiones. No me he sometido a ningún «manual», «curso» o «consejo» de los que andan y se ofrecen por ahí. Si lo hiciera, cuanto he contado hasta ahora no serviría para nada: hubiera sido el primer paso hacia un resultado que luego habría encorsetado en ciertas reglas, y nada tendría que ver con lo que tienes ahora en las manos. Manola sería de otra forma y las deficiencias de su estructura no serían tanto consecuencia de las circunstancias que rodearon su escritura como de mi poca pericia al asimilar conceptos «técnicos» más vinculados a la forma de vestir que a la de alumbrar un contenido interesante. Y es que creo, y este prólogo es prueba, que el contenido de una novela no es sólo lo que dice y cómo lo dice, sino también cuanto rodea y explica su creación; y que lo que ciertas «técnicas» literarias aportan de orden y claridad de exposición, lo menguan en frescura y, si se me permite la expresión, asilvestramiento, porque nada hay en la vida claro y ordenado.



Hasta aquí, el proceso de creación de la novela. Hablaré ahora del seguido hasta llegar a tus manos.



Mentiría como un bellaco si dijera que quedé insatisfecho con Manola, aunque ahora al releerla cambiaría ciertas cosas. Pero, poco ducho en cuestiones literarias, mentiría igualmente si no confesara mi temor a sentir por ella el cariño del padre «que llama ligeramente bizco a su hijo tuerto», en palabras de Erasmo. En la batalla se impuso el amor, y me aventuré a hacer lo que nunca antes: enviar la novela a un buen puñado de amigos. No todos la leyeron, pero quienes lo hicieron quedaron contentos, se divirtieron, y elogiaron el resultado. Aún así seguí pensando en Erasmo, pues bien podía ser yo para mis amigos el hijo tuerto a quien ellos veían bizco. O, en el mejor de los casos, podían haber asimilado mi humor mejor que un extraño, porque me conocían de sobras.

Así quise, como para probarme a mí mismo, que Manola fuera leída por personas que nada supieran de mí, que de nada me conocieran. Con una ingenuidad superlativa puse Manola en Emule, indicando un correo de contacto, pensando que ante un libro gratis los internautas se lanzarían sobre él como bestias hambrientas sobre un pedazo de pitanza.

Durante los tres o cuatro primeros meses no se la bajó ni el gato.

Sólo luego, poco a poco, llegué a contabilizar un número de descargas más que apreciable. Incluso sorprendente, tanto que algún día incluso me sentí eufórico. También algunos lectores dieron señales de vida por correo. Pero eso tardó, y para entonces ya me había cansado de esperar y emprendido otra aventura: ofrecer Manola en los para mí desconocidos foros literarios. La coloqué en alguno, y donde no pude puse un enlace, ahora inactivo, a Rapidshare. Manola sólo prosperó en dos foros, no tanto porque en los otros fracasara cuanto porque el fracaso era del foro entero por falta de participación. Uno de los dos, del que no recuerdo el nombre, se fue al diablo un buen día, y con él desapareció todo. El otro, un 12 de septiembre de 2007, fue ¡¡Ábrete Libro!! Entre tanto, además, la envié a un premio de novela que, por supuesto, no gané.

Mi ingenuidad en ese nuevo mundo de los foros no tuvo nada que envidiar a la exhibida antes: pensé que los foreros correrían a bajarse un libro gratuito. De nuevo nada más lejos de la realidad. Los primeros días apenas se lo bajaron una cuantas personas, y muy pocas más en los meses siguientes. Nadie, además, hizo comentarios dignos de mención, porque nadie parecía haber leído una sola línea. Pero al menos los comentarios servirían para ir recordando que Manola existía, me consolé. Esperé. Luego desesperé. Finalmente, me resigné.

Hasta que tres foreros, entonces casi tan principiantes en el foro como yo, se animaron a leer Manola y comentarla: Ceinwyn, 1452, y Tunisio. Sus comentarios y elogios animaron a otras personas. Arwen_77 y Shardin les siguieron, y después bastantes más; algunos, como Neftis, Yrn, o Malube, han estado muy pendientes del hilo, y han animado a los nuevos lectores. Incluso debo reconocer a Neftis, empeñada en que Manola fuera publicada, una generosidad fuera de lo común. Hasta he recibido ayudas para la detección y supresión de gazapos. Todo esto, unido a mi participación en varios de los hilos del foro, hizo a Manola modestamente famosa en ¡¡Ábrete Libro!!

El resumen de esta peripecia de andar por casa consiste en dos o tres mil descargas de Manola por una vía u otra. Un dato, no lo negaré, que me enorgullece, habida cuenta de que, según he husmeado en el Instituto Nacional de Estadística, la tirada media en la mayoría de Comunidades Autónomas —excepto Madrid y Cataluña, donde se hacen las grandes tiradas, y Navarra—, está en torno a los 1.400 ó 1.500 ejemplares.

Pero ese dato, por otra parte, a punto ha estado de convertirse en un epitafio.

No puedo decir que haya enviado a Manola a muchas editoriales y agentes literarios. La he enviado a tres o cuatro sitios entre unos y otros. Quizá cinco. Creo que no más. El resultado siempre ha sido el silencio o una «respuesta tipo». Y no la he enviado a más lugares porque no espero otra respuesta: unos pensarán que las posibilidades comerciales de la novela han desaparecido tras haberse distribuido gratis más del doble de ejemplares de los que tiene la tirada media; otros, me temo, pensarán que quien ha dado algo gratis es un peligroso antisistema, un tipo políticamente incorrecto, poco amigo de los derechos de autor, y compañía, por tanto, poco recomendable para presentarse en sociedad. El resto creerán que sólo se da gratis la morralla. El último de esos intentos fue con una editorial que pocos costes asumía sacando Manola adelante, ya que sólo editaba en formato ebook. Me dio calabazas, y entonces pensé que no iba a molestarme en enviarla a ningún sitio más.

Pensarlo y sentir una pena inmensa fue todo uno. Tan buenos ratos me había hecho pasar Manola escribiéndola y comentándola con los lectores, que verla condenada a la inexistencia me dolió. Si toda novela es para un autor una especie de «hijo», resulta casi imposible para él condenarla a muerte.

Así que he aceptado la sugerencia que unos meses atrás me había hecho Lucía Bartolomé, alma de ¡¡Ábrete Libro!!: poner Manola a la venta en papel y ebook a través de Internet, aprovechando los servicios de impresión bajo demanda. Fue una oferta desinteresada, a la que traté de volver interesada cediendo al foro el beneficio derivado del pequeño margen que pudiera ponerse. ¿Por qué? Por agradecimiento y por egoísmo. Por egoísmo, porque cuantas más personas haya interesadas en la buena marcha de Manola, mejor para la novela. Y por agradecimiento, porque en ¡¡Ábrete Libro!! he encontrado ánimos para escribir, crítica para mejorar, y consejos para prosperar, además de diversión. Y, sobre todo, porque es un foro donde los lectores opinan al margen de los intereses de las editoriales y es, por tanto, un lugar donde encontrar si no críticas sesudas, sí consejos útiles y altruistas; algo muy importante cuando la literatura, como todo, está tan condicionada por lo mercantil.

De esta forma, quien llegando al foro llegue a Manola, colaborará consigo mismo, pues aunque los foros los hacen sus participantes, es preciso mantener la infraestructura necesaria para que el contacto entre ellos se produzca. Ahí es donde Manola pretende aportar un granito de arena.

Y esto es cuanto tengo que contar. En las páginas siguientes encontrarás la novela. Espero que te guste. Si lo pasas la mitad de bien leyéndola que yo escribiéndola, no harás mal negocio en dejar de leer estas líneas, pasar de página, y comenzar a leer donde dice así: Manola.


Octubre de 2010



MANOLA

(la de las lolas)



1.


Trabajo de corrector en una editorial de tres al cuarto. Mi dueño, también llamado jefe, se las da de culto porque edita libros. En cambio las noticias apuntan a que sus lecturas son tan esporádicas como sus ideas brillantes y se componen, fundamentalmente, de instrucciones para el manejo de electrodomésticos y folletos publicitarios. Y de escribir, no digamos: sus obras completas se condensan en la esquela de su señor padre, fundador de la editorial que ahora maneja, no sé si con mano de hierro o pata de burro, el silvestre que lo enterró a base de disgustos.

Muchas cosas contribuyen a que el negocio funcione pese a estar en manos de un troglodita. Una es Internet. Cuando el heredero se dio cuenta de que además del fácil acceso al porno, la red permitía otras ventajas —tardó cinco años en advertirlo—, nos mandó a todos los correctores a casita. Allí nos mandan por correo los originales y nosotros devolvemos a Cenicienta adecentada y bien vestidita para presentarla en sociedad. De esa forma la empresa ahorra diez mazmorras habilitadas como despacho, diez ordenadores, reduce las facturas de luz, teléfono, etcétera. Adivinen quién lo paga. Esta organización de las tareas me apartó definitivamente del mundo.

Trabajo por la mañana. Suena el despertador a eso de las siete. Remoloneo un poco —es la ventaja de no tener que fichar— y luego, invariablemente, me rasco la barriga, me pongo en posición fetal para descerrajarme un buen cuesco, y me levanto suspirando mientras deseo fervientemente que llegue el fin de semana. Desayuno escuchando en la radio los últimos rebuznos de los políticos, la relación de calamidades patrias, las noticias internacionales —de importancia graduada por el número de muertos y su continente de procedencia— y, finalmente, los deportes (partidazos del siglo, lesiones, diarreas de futbolistas célebres y otras cosillas de igual trascendencia). Después me ducho. Me afeito día sí, día no, y antes de eventos significativos. Me pongo la segunda taza de café y a las ocho en punto estoy ante el ordenador, enfrentado a los delirios de algún tarado con ínfulas de escritor. A las once me levanto; voy al baño y meo con una potencia de la que sólo una próstata intacta puede vanagloriarse. Acto seguido tripeo una tostada con queso y el tercer café del día; luego me rasco los mismísimos hasta las doce. Desde esa hora sigo currando hasta las dos y media. No doy golpe el resto del día. En resumen: trabajo sólo cinco horas y media. Parece poco, pero en casa cunde mucho más que nueve o diez horas en las oficinas de la editorial: nadie viene a molestar preguntando cosas, ni a tocar las narices con temas de intendencia. Tampoco te entretienes comentando chorradas con los compañeros. En casa, a lo sumo, sufro un par de llamadas telefónicas de apenas un par de minutos cada una. Por ese lado mi existencia ha mejorado; al menos mientras sea capaz de mantener en secreto que lo que antes hacía en diez horas ahora me lo pulo casi en la mitad. De vez en cuando me toca ir a las oficinas, pero siempre poco rato y en horario matutino.

Los inconvenientes del trabajo en casa son tres:

El primero, la imposibilidad de beneficiarme de las ventajas que para la tranquilidad espiritual tiene la contemplación de las mamas y el trasero de la secretaria del cavernícola del jefe. Ignoro en qué tipo de antro la conoció —es asiduo a muchos—; no sabe hacer la o con un canuto y es incapaz de cometer menos de dos faltas de ortografía por cada tres líneas de escritura. Las malas lenguas dicen que eso no le importa al capo, porque el principal trabajo que le encomienda no es escrito, sino oral.

El segundo, que estoy aislado como un anacoreta. No me entero de los «acontecimientos sociales». Tampoco puedo comentarlos. Me refiero al embarazo de Puri, a la enfermedad de la mamma de Antonino, el conserje italiano, u otras banalidades que son vox populi, como quién se cepillaba a Lola Flores hace unas décadas y otros temas de similar trascendencia. Esto es muy malo: uno termina refugiándose en sí mismo convertido en una especie de autista.

El tercer problema está relacionado con mi forma de entretenerme: soy consumidor compulsivo de pornografía. Al menos desde que, años ha, accedí a Internet. Al terminar de trabajar sigo frente al ordenador demasiadas horas. Hay días en que tengo la sensación de que la única vida real está al otro lado de la pantalla.





2.


He contado cómo trabajo. Voy a contar ahora dónde lo hago.

Es decir, voy a hablar de mi casa.

Vivo en el segundo piso de un edificio con bastantes décadas a cuestas situado en una calle moderadamente amplia, con árboles a ambos lados que durante seis u ocho meses al año animan con el verde de sus hojas la tenebrosa oscuridad con que los tubos de escape de coches, motos y camionetas de reparto han ido entristeciendo todas y cada una de las construcciones de la zona.

El segundo lugar donde paso más horas es el dormitorio. Allí tengo uno de mis dos caprichos: una cama de cuatro metros cuadrados —dos metros por dos metros— que, desgraciadamente, me sirve sólo para dormir salvo gloriosas excepciones que no es momento de glosar. El camón ocupa casi toda la habitación. Queda el espacio justo para incrustar dos mesillas repletas de calzones y calcetines, abrir las puertas de un armario empotrado, y tener un silloncete donde por cada vez que pongo el culo, coloco trescientas la ropa.

La cocina es más o menos amplia. Al menos para una «familia unipersonal». Allí tengo un frigorífico desabastecido, un microondas, lavadora y alguna cosilla más. Lo normal. Desde ella se accede a un diminuto balcón con magníficas vistas a un patio interior con aspecto de cebra; el originario color blanco, ahora gris, está cruzado de infinidad de chorretones negruzcos que la lluvia ha formado con la mugre recogida aquí y allá. En el balcón está el tendedero: media docena de alambres retorcidos recubiertos de goma amarillenta, resguardados de la lluvia por una especie de toldo de plástico que hace años quizá fue transparente.

El cuarto de baño es canijo y bastante feo. Las paredes de horrorosas baldosas verde clarito lo asemejan a un quirófano de hospital desvencijado. La única diferencia es que si operaran a alguien en mi cuarto de baño pillaría hasta la mixomatosis.

El comedorcete es una renacuajada de quince metros cuadrados que amueblé haciendo un traspaso de fondos desde mis paupérrimos ahorros hasta los opulentos del controvertido capo de Ikea. Allí tengo una vetusta tele ante la que pierdo un mínimo de una hora diaria. Los fines de semana, más.

Por último, mi santuario. El lugar donde realmente vivo. La habitación que contiene mi otro capricho: el ordenador. Lo necesito para trabajar, cierto, pero podría utilizar un artilugio con menos prestaciones. Allí trabajo por las mañanas y me entretengo por las tardes. A veces hasta la madrugada. La decoración es cosa mía, con la estimable ayuda de Carrefour. Un sillón giratorio que me costó tres veces más pasta que todos los demás muebles juntos se ofrece a los curiosos como un diamante incrustado en una mierda. Delante de él hay una mesa de virutas prensadas engalanadas con una sutil chapita «color cerezo» sobre la que reposa la pantallita plana del ordenador. A la izquierda hay otra mesa idéntica (estaban de oferta) sosteniendo la impresora, tres paquetes de folios y un rollo de papel de cocina. Enfrente tres estanterías de baldas combadas por el peso de los libros y las patochadas acumuladas durante años; las adquirí en la misma oferta para aprovechar el transporte. A la derecha del ordenador hay un ventanal que da a un pequeño balcón con tres macetas de geranios secos. Pasaron a mejor vida hace tres años, al mes de comprarlos; queda ya muy poquito de ellos, poco más que su fantasma. Desde el ventanal domino la entrada al edificio. Veo entrar y salir a los vecinos y, como paso el día en esa habitación, puedo dar pelos y señales sobre las costumbres de todos ellos. Para completar el carácter de mirador de mi refugio, la pared opuesta tiene una ventanita al patio interior.

Hay dos pisos por planta. Son parcialmente simétricos. Yo vivo en la letra A. Los de la B se reproducen como en un espejo pero luego tienen cuatro habitaciones más. Tienen nada más y nada menos que seis. Cuatro de ellas en fila, lo que da a su pasillo un aspecto carcelario. Se nota que fueron construidos hace lustros, cuando la gente se reproducía como conejos. Hay cinco plantas. Diez viviendas en total. En los bajos hay un micro supermercado. Siempre me he preguntado qué pinta el prefijo «súper» en estas ocasiones. En la letra A nos apretujamos los pobres. En la B se pierden los ricos.

En el segundo piso, frente a mí, vive y tiene su consulta un psiquiatra: el doctor Pajillas. No se llama así, claro. Su nombre es Adolfo Pérez. El apelativo le viene, según me dijo el charcutero de la manzana contigua, de la conferencia que todos los años imparte en un colegio religioso de la zona. Al parecer les habla de la masturbación y de sus peligrosas consecuencias para el equilibrio psicológico y la estabilidad emocional. El doctor Pajillas es de misa diaria y todo el mundo lo tenía por beatorro; muchos afirmaban que era miembro del Opus, aunque todas las elucubraciones se vinieron abajo el día que puso de patitas en la calle a su esposa y se lió con una antigua paciente: Manola. Si las teorías del doctor Pajillas sobre la masturbación fueran ciertas, hace décadas que no me dejarían salir de un manicomio de alta seguridad.




3.


A Manola la conocí hace ya unos años. La primera noticia de su existencia la tuve cuando ella todavía era paciente del doctor Pajillas. Tardé unos meses en saber cómo se llamaba y exactamente el mismo tiempo en averiguar cómo la llamaban: Manola, la de las lolas.

Recuerdo el día en que nos topamos en la escalera por primera vez. Por la mañana había estado corrigiendo el original que un enajenado había regurgitado bajo el título «Autobiografía de un gato». Tan magna obra relataba, con profusión de faltas ortográficas y una estructura gramatical que era lo que la casa del primero de los tres cerditos a la arquitectura, la vida de un minino transcurrida plácidamente desde la cesta de dormir al comedero y del comedero a la cesta de dormir. Mientras el felino se dedicaba a tan intrépidas peripecias era testigo de la cruel existencia de su dueña: una lunática como otra cualquiera. La novela comenzaba cuando a la loca en cuestión le regalaban el animalito con ocasión de su trigésimo cumpleaños y terminaba cuando la ingresaban en un geriátrico loca como una regadera y el pobre minino optaba por morirse de pena y dolor. Obviando que el bicho podía ser considerado el Matusalén de los gatos —ni aún agotando sus siete vidas podría cualquier congénere haber vivido tanto tiempo—, la historia era una gran calamidad. Si en lugar de ser corrector hubiera sido crítico literario mi crítica se hubiera reducido a dos palabras: «vaya caca».

Atrocidades literarias de tal calibre daban mucho trabajo, pero muy fácil porque era imposible llegar a poner interés en la historia. Uno de los problemas de mi profesión es que cuando cae en tus manos algo apasionante puedes acabar dejándote llevar por la historia y pasar por alto las meteduras de pata que se supone debes corregir.

Bajaba yo por las escaleras carcajeándome mentalmente del pobre diablo que se creía escritor cuando me crucé con Manola. Ella subía. Desde arriba sólo vi carne y una bola de pelo. Entonces alzó la cabeza y esbozó una leve sonrisa para decir buenas tardes. La piel blanca de su rostro y sus alegres ojos castaños contrastaron con la negra vestimenta que cubría las carnes que la antecedían. ¡Vaya pechuga! Tan prominente que su dueña podía ganar los cien metros lisos sin necesidad de correr más de veinte. Me quedé impresionado y ella, al advertir la involuntaria mirada sobre sus senos, se ruborizó y siguió subiendo mirando al suelo.

Compré macarrones y alguna tontería más en el minimercado. Al volver me entretuve unos minutos en la puerta hablando con la viejecita del tercero A.

Cuando comencé a trepar por los escalones escuché cerrarse la puerta del doctor Pajillas. Al mirar hacia arriba vi a Manola comenzando a descender las escaleras. La reconocí de inmediato, precisamente por las dos razones por las que, vista desde abajo, apenas se podía ver su cara.

Volvimos a saludarnos. Ella puso cara de susto: los ojos muy abiertos y ni atisbo de sonrisa cuando sus labios susurraron «buenas tardes».

Entré a mi casa nervioso. Guardé la compra, me puse ropa cómoda y me senté frente al ordenador. Entré en una web llena de enlaces a otras páginas y sin darme cuenta me sorprendí a mí mismo pinchando en «big tits in action».




4.


Aquello fue un miércoles. El viernes, más o menos a la misma hora, me di cuenta de que andaba con uno ojo en el ordenador y otro en la ventana acechando la llegada de la opulenta tetudita en un ejercicio estrábico digno de un camaleón. Fue en vano. No regresó hasta el miércoles siguiente. La vi llegar y la espié por la mirilla cuando subió por las escaleras y llamó al timbre. También cuando se largó. Era la suya una delantera sencillamente apabullante.

La operación se repitió un par de semanas. Siempre los miércoles. Siempre a las cuatro y media. Invariablemente era la primera paciente de la tarde.

Un buen día decidí verla de cerca otra vez. Cuando el miércoles siguiente la vi llegar caminando cansinamente por la calle con su cargamento a cuestas, marché escaleras abajo y, como quien no quiere la cosa, volví a cruzarme con ella de la misma forma que la primera vez. La diferencia es que no tenía nada que comprar, y la hora casi exacta que solía tardar en salir decidí pasarla en el bar de Antonio, contiguo al minimercado.

En aquel local decorado sin pretensiones se desarrollaba el noventa por ciento de mi vida social. Ser de otra ciudad y tener un sueldo capaz de hacer carcajear hasta las lágrimas a una esfinge no es la mejor manera de hacer amigos. Salía poco. Y casi siempre al bar de Antonio.

Uno de los más insignes personajes de la editorial cuando yo llegué era él. Se trataba de un tipo importante porque seleccionaba buena parte del material a publicar, no porque cobrara mucho. Nadie que no fuera el jefazo cobraba demasiado. Sólo su secretaria tenía un sueldo extra que, como no podía ser de otra forma en una economía de mercado, correspondía a un trabajo suplementario. Antonio era un tipo muy sensato. Le gustaba su tarea, trabajaba como un asno y no protestaba demasiado. Su ruina la labró con la picha en la mano. Voy a tratar de explicarlo.

Un día, al comienzo de una primavera, Antonio y yo coincidimos en la entrada del cuarto de baño. Nos pusimos a echar el chorrito en urinarios contiguos. Así, carajo en mano, Antonio dijo:

Carnicer es un hijo de la gran puta —se refería al jefe: Bernardo Carnicer.

¿Por? —pregunté yo sin perder de vista mi rabito para no salpicarme.

Luego te cuento —y tras esas palabras se guardó la pilila sonriendo guasonamente entre aspavientos como si estuviera guardando en sus calzoncillos una anaconda empachada.

No será para tanto —dije yo refiriéndome a su publicitado colgajo.

En aquel momento, a nuestras espaldas se escuchó el estruendo de una cisterna vaciándose, la puerta se abrió y a mí se me cortó la meada en seco cuando vi a Don Bernardo Carnicer en persona envuelto en una fragancia inolvidable.

Pues el hijo de la gran puta estaba cagando, Antonio —le soltó en las narices— pero creo que quien la ha cagado has sido tú.

Los ochenta y cinco kilos de carne a treinta y seis grados y medio que respondían al nombre de Bernardo Carnicer tardaron sólo cuarenta y ocho horas en encontrar un pretexto para enviar al paro a mi compañero de micción.

Para hacer más horrible la situación, el hediondo explotador comenzó a mostrarse afabilísimo conmigo. Sin duda aquel «no será para tanto» referido al tamaño del cipote de mi amigo fue interpretado por quien estaba a nuestras espaldas sentado sobre su propia mierda como una muestra de lealtad hacia su persona.

Antonio se marchó sin lloriquear, diciendo que iba a abrir un bar. Era algo bastante menos intelectual de lo que acostumbraba, pero estaba hasta el culo de depender de alguien, de tener siempre a un idiota por encima. Cuando empezó a moverse para intentarlo le dije que el local contiguo al minimercado estaba en alquiler. La propietaria resultó ser la viejecita del tercero. ¡Y parecía paupérrima la momia! Gracias a mi influencia —durante los tres meses que había estado con una amojamada garra escayolada le saqué el chucho a pasear— Antonio se hizo con el local por un alquiler muy razonable. De esa forma me sentí menos culpable por haberme metido aquel día con el tamaño de su rabito.

Aquel miércoles el bar estaba casi vacío. Aparte de Antonio sólo había un grupo de pipiolos con trajes y corbatas baratos de El Corte Inglés y toda la pinta de estar ufanos con su recién estrenada profesión de aguerridos pinches de alguna entidad financiera, de las muchas situadas a menos de quinientos metros, en una de las principales avenidas. Todos hablaban alto, con el pescuezo estirado y la cabeza erguida, exhibiendo el careto ante tazas de café vacías y copas medio llenas.

¿Café? —me preguntó Antonio al verme entrar.

Hablamos largo y tendido de mi trabajo. Hacía días que había terminado «Autobiografía de un gato» y por mis manos habían pasado otras escorias hasta llegar a la perla que tenía en aquel momento en el ordenador: la historia de un chiflado al que le había dado por domesticar un huevo duro.

Últimamente sólo publicáis novelas para locos escritas por otros aún más tronados —sentenció mi ex compañero.

Le di la razón y me invitó a una copa. Agradecí el detalle con un chiste verde de monjas.

Aún nos reíamos cuando entró Manola. Mi primera reacción fue mirar el reloj, pero no pude. Me había quedado paralizado como si me hubieran apuntado con una metralleta. Saludó a Antonio desde la puerta y él contestó «hola, Manoli» sin dejar de sonreír. La vi avanzar hacia nosotros acompañando el paso con el muelle balanceo de sus senos, y me acomodé mejor en la banqueta para evitar caer. Metro y medio antes de llegar pidió un paquete de tabaco rubio. Antonio se lo sirvió diligentemente. Pagó y se largó después de intercambiar un par de corteses frases con mi amigo. Los dos nos quedamos contemplando su silueta desaparecer por la puerta y disolverse entre los transeúntes.

¡Vaya par de peras! ¿Eh? —me susurró Antonio mirando de reojo a los esbirros del capital.

¿De qué conoces tú a esa chica?

¿A Manola? ¿A Manola la de las lolas?—pareció a punto de echarse a reír— ¡Todo el mundo conoce a Manola la de las lolas!

Al ver mi desconcierto añadió.

No seas gilipollas. Te estoy vacilando. La conozco porque fuimos compañeros de clase en el instituto. Le tenía perdida la pista, pero desde que abrí el bar la he vuelto a ver. Entra de vez en cuando a comprar tabaco cuando viene a la consulta del doctor Pajillas.

¿Qué le pasa?

¿Quieres saber por qué va al psiquiatra? —asentí— ¡Joder! Tú lo quieres saber todo. Mira, escucha —dijo haciendo un gesto para que acercara mi oreja a su boca— ¡Ese par de tetas ha hecho correr más lefa que agua lleva el Nilo! Te lo digo yo.

¿Tan puta es?

¿Puta? ¡Todo lo contrario! ¿Por qué te crees que viene a ver a Pajillas? Porque no lo es. Pero quiere serlo. Ese es el drama de casi todas las mujeres que van al psiquiatra. Que están reprimidas. Su problema es que al no despendolarse acaban con las neuronas desquiciadas. Cuando digo puta quiero decir como nos gustaría serlo a ti o a mí: follar con quien quisiéramos y cuando quisiéramos; eso que todos los hombres soñamos y no entendemos cómo las mujeres que pueden hacerlo no lo hacen. Cuando hablo de la lefa que ha hecho correr no me refiero a que se vaya liando con todos, sino a la cantidad de personas los que se la han meneado a su salud. Si la energía de tales movimientos se hubiera aprovechado para la producción de electricidad te aseguro que el país tendría el suministro gratis durante una década.





5.


Conocí a Manola el primer día de instituto. En la clase había dos grandes pandillas: los que veníamos del colegio público Elías Pinto y los del Colegio Público Torero Fernando Gómez García, «el Gallo». Anda que no hace falta atrevimiento para dedicarle un colegio a un analfabeto, pero los políticos son «asín». Había también chavalas y chavales sueltos que nadie sabía de dónde habían salido, por los que nos interesamos más por curiosidad que por solidaridad. Yo pertenecía al grupo de «los pintores» y ella al de «los toreros». El resto constituía el de «los náufragos». No recuerdo demasiado de aquel primer año, excepto la agrupación según el colegio de origen.

La fama de Manola llegó en aluvión al curso siguiente. Hasta entonces había sido Manuela Genoveva Santafé García. Manuela Santafé para los profesores, y Manoli para los alumnos. No había destacado por nada, ni bueno ni malo. Pero a esas edades ya sabes lo que pasa: a nosotros nos sale barba y a las mujeres les crecen las tetas. Pero el término crecer es incorrecto en su caso. Cuando uno habla de crecer parece referirse a una evolución. Lo suyo más fue revolución. Las tetas no le crecieron, le brotaron. En apenas unas semanas, o quizá unos pocos meses, desarrolló unas mamas que acomplejaron al resto de las chicas y excitaron al colegio entero, incluyendo profesores y a dos profesoras de las que se decía que vivían juntas no sólo por economizar. ¿Has visto cómo son ahora sus lolas? No serás capaz de imaginarlas a aquella edad, recién salidas del horno, sin relamerte. Parecían dos inmensas magdalenas turgentes y calentitas cuya masa crecía y crecía al calor del despertar a la vida sin llegar nunca a explotar y sin dejar de parecer que iban a hacerlo de un momento a otro. Los cambios hormonales de la época hacían que quien más y quien menos luciera unos cuantos pelos bajo la napia y una docena más por toda barba. En ellas la cosa se traducía en tetas. Ver entetadas a chicas que hasta hacía unos meses eran tablas nos excitaba como monos. Claro que ¿hay algo que no excite a un adolescente? Pero lo de Manola fue brutal. Si te quedabas mirándole las tetas cinco minutos casi podías ver cómo crecían. Empezó a finales de noviembre. Un buen día descubrimos que ella también tenía tetas. Cuando nos fuimos de vacaciones en Navidad poseía el mejor par de la clase. Al regresar un lunes invernal todos quedamos anonadados. A nadie se le ocurrió preguntarse qué podían haberle traído los Reyes Magos. Era evidente: no menos de media docena de sujetadores.

Si algún despistado o despistada, que de todo había, no había tomado nota del acontecimiento, tuvo que enterarse el día de enero en que dimos la primera clase de gimnasia del año. Formamos una fila irregular en semicircunferencia, todos hablando como cotorras desquiciadas. El primero de la fila echaba a correr, se tiraba en plancha por encima de un potro y debía dar una voltereta al caer sobre la colchoneta —perdona el pareado tan tonto— antes de colocarse de nuevo a la cola para volver a esperar su turno. Más parecía la fila para sacar las entradas de un partido de fútbol que la clase de un colegio: hablábamos todos, reíamos sin cesar, nos insultábamos, exagerábamos... Hasta que Manola llegó al primer puesto de la fila y echó a correr hacia el potro. Entonces se hizo un silencio como el que habrá un segundo después del fin del Apocalipsis. Todos miramos fijamente el impresionante bamboleo de sus recién estrenados pechos camino de la colchoneta. Recuerdo que miré al profesor y estaba plantado como un ciprés observándola con el rostro desencajado. La pobre Manola no estaba aún acostumbrada a acarrear tanto peso. Logró superar el potro, pero cayó de bruces sobre la colchoneta y una explosión de risas despedazó el silencio sepulcral. Sin darnos cuenta propinamos a su porrazo el mismo tratamiento jocoso que dedicábamos a la media docena de gordos incapaces de saltar un bordillo. La crueldad guarda proporción inversa con la edad.

Ahora en los colegios nunca hay más de veinte o veintidós alumnos por aula. Entonces éramos rebaños de más de cuarenta. Es posible que aquel curso alcanzáramos el medio centenar. Cincuenta adolescentes juntos es lo más parecido a una cuadra en la que se apelotonen sin espacio para moverse cincuenta ciervos en celo: un infierno permanente, pero nada comparado con el que le tocó vivir a la que hasta entonces habíamos llamado Manoli.

Los alocados saltos de sus tetas en la clase de gimnasia fueron muy celebrados por el sector masculino de la manada. Tanto que la expectación fue subiendo conforme se acercó, a la semana siguiente, la nueva sesión gimnástica. El día de autos media clase parecía estar celebrando una fiesta a la espera del espectáculo. La pobre Manoli, acostumbrada a pasar inadvertida, llevaba mucho tiempo nerviosa. Al menos desde antes de Navidad. Los últimos acontecimientos no habían contribuido precisamente a tranquilizarla. Aquel día comenzamos la clase con unos estiramientos. Manoli no había tenido tiempo material de renovar todo su vestuario. En aquellos años no se daba tanta importancia al deporte. Cada uno iba con lo que tenía a mano y a nadie se le ocurría renovar ese tipo de ropa si no era absolutamente inevitable. Ella vestía una camiseta que a fuerza de hincharse a la altura del corazón se empeñaba en dejar a la vista el ombligo. Se pasó el tiempo estirando de la prenda hacia abajo para no mostrar la tripa. ¡Quién iba a decir que luego se pondría de moda andar con la panza al aire! Lo cierto es que cada vez que estiraba su camiseta roja deslucida por el uso, el tejido delataba sus peras con una nitidez que nos hacía enfermar a todos. Todavía pienso que aquel día ella creía que le mirábamos el ombligo y por eso no cesaba de estirar y estirar la camiseta. Lo primero que hicimos una vez colocados en círculo en torno al profesor, fue tratar de tocarnos los dedos de los pies con las manos, sin flexionar las rodillas. Siempre empezábamos así. Lo siguiente fue levantar los brazos y echar el tronco hacia atrás todo lo posible, arqueando el espinazo como si fuéramos caballitos de mar. Puedes imaginar lo que pasó. En esa postura y con aquella vestimenta Manoli mostró sus tetas al mundo tan evidentemente que, quien más y quien menos, todos quedamos patidifusos. Entonces, un chaval —que años más tarde, con apenas veinte, murió en un accidente de tráfico— al ver a Manoli de perfil junto a él, cambió la vida de la pobrecilla abriendo la veda de la burla con una exclamación que nadie de los que estuvimos allí hemos olvidado ni olvidaremos jamás: «¡vaya lolas tienen las Manolas!»

La clase entera se carcajeó hasta que las paredes se estremecieron. Incluso el profesor pidió silencio, calma y educación con una pícara sonrisa. La congestión del esfuerzo se mezcló con el rubor en el rostro de Manola —ya nunca más sería Manoli— y si no se echó a llorar fue porque prefirió masticar la palabra «gilipollas» mirando al gracioso. Ese día marcó definitivamente el comienzo de un infierno que para Manola no acabó de terminar con el curso.

Entre hombres adolescentes hay pocas conversaciones que no tengan que ver con el sexo. Es algo que empieza entonces y que luego dura casi toda la vida. Las tetas de Manola pasaron a ser las protagonistas en todas las conversaciones. Comenzamos tratando de adivinar su forma exacta, su tamaño real, su color, su tacto, su textura, el tamaño y tonalidad de sus pezones. Cualquier ocasión era buena para traerlas a colación: «joder, ¡este balón es más grande que las lolas de Manola» es una frase bastante representativa de cómo nos expresábamos en aquella época. Si alguien osaba decir que algo le había gustado más que las lolas de Manola era recibido con abucheos por exagerado. Quien decía que una cosa le apetecía más que las lolas de Manola, era calificado de maricón irredento y durante una semana o más debía soportar que lo llamáramos sodomita mariposón, sarasita mariquita y otras lindezas similares. No tardó mucho en aparecer alguien jactándose del número de pajas que se había hecho pensado en las famosas lolas. A él se unió otro y luego otro. Y otro y otro. Por entonces estaban de moda los clubs de fans. Cualquier imbécil que saliera en televisión trinando dos notas seguidas sin desafinar veía cómo aparecían clubs de fans debajo de las piedras. Uno de los más osados de la clase tuvo la ocurrencia de fundar el «club de fans de las lolas de Manola». Para adquirir la condición de miembro había que jurar haberse hecho no menos de veinticinco pajas pensando en ellas. De los veintiocho chicos, dieciocho nos apuntamos de inmediato jurando solemnemente habérnosla cascado más de veinticinco veces sufriendo en cada una de ellas una suerte de éxtasis místico en el que veíamos clarividentemente una eternidad con la forma de las tetas de Manola. Después juramos también adorarlas de por vida, rendirles culto una vez al día llevando casi a combustión por rozamiento lo más parecido a un cirio que teníamos a mano, así como hacer todo lo posible por verlas y tocarlas antes de morir. Al día siguiente se apuntaron dos o tres rezagados. El resto, compuesto a partes iguales por los pocos empollones de la clase y los más timoratos, tardaron una semana en apuntarse; salvo uno, que resistió heroicamente las presiones del resto ganándose de por vida el apelativo de «florecilla». Recuerdo como si fuera hoy que el intenso rubor de algunos al hacer el juramento delataba que no estaban mintiendo al hablar del número de veces que habían contribuido al mantenimiento del término «onanismo» en el diccionario.

Durante unos días, en las improvisadas reuniones del club en el patio del instituto, todos alardeamos de los tremendos pajotes que las lolas de Manola nos habían inspirado la noche anterior, hasta el punto que el líder del grupo tuvo la ocurrencia de llevar una contabilidad y dar a final de curso un premio a quien más pajas se hubiera hecho. El premio consistiría, como no podía ser de otra manera, en hacer todo lo posible para que el agraciado le tocara las tetas a Manola. Se barajaron distintas posibilidades: disimulado empujón en el momento adecuado, caída fingida con providencial agarrón en la idolatrada anatomía, etcétera, pero ninguna pareció del todo efectiva ni segura y la decisión final se pospuso hasta el término del curso. El núcleo duro del club de fans, que formábamos unos diez chavales, emprendimos una desenfrenada carrera masturbatoria tratando de remontar posiciones en la contabilidad que el presidente llevaba concienzudamente. La cosa acabó a los diez días como el rosario de la aurora en medio de acusaciones de falsedad. Por entonces la clasificación la encabezaba Agustín Jiménez; tuvo que soportar muchas bromas por lo «a gustín» que se le suponía. Otro afirmó que se había desollado la picha al pillarse unos pelos entre ella y la mano sin advertirlo y se retiró de la carrera. Algunos más comenzaron a contar batallas sobre si casi los había pillado su hermana o la vecina. El enfrentamiento final tuvo lugar entre dos pajilleros que habían remontado varias posiciones en apenas dos días a golpe de embuste. Se acusaron mutuamente de mentirosos y casi llegaron a las manos. En plena bravuconada uno de ellos dio por terminada la competición y le espetó al otro que a ver si tenía cojones de encerrarse con él en el baño a ver quién era capaz de hacerse más pajas a lo largo del recreo. El desafío fue aceptado y la pareja se encerró a cascársela mientras el resto esperábamos a una distancia prudencial el desenlace del duelo haciendo una serie de reflexiones que el pudor más elemental obliga a ocultar. Cuando todos esperábamos verlos salir con las piernas temblando por el esfuerzo, aparecieron muy sonrientes, anunciando empate a cuatro. Se habló mucho del tema, que pasó a la épica del curso; luego cayó en el olvido y nadie lo recordó hasta que, años más tarde, sus protagonistas formaron la única pareja homosexual en que haya participado—que se sepa— alguno de los alumnos de entonces.

El asunto del club de fans llegó a conocimiento de Manola. Hubiera sido iluso pensar en otra cosa. Cuando alguien hace una gracia quiere que se sepa para poder ser admirado como gracioso. Una bufonada como lo del club de fans no podía dejar de conocerse. Tampoco fue ningún secreto la competición de pajas —no pienso decir en qué puesto terminé, pero te aseguro que fue honroso— ni que Agustín la encabezaba.

De hecho eran las amigas de Manola las primeras en preguntar. Nos abordaban cuando nos encontraban de uno en uno o de dos en dos, y preguntaban con los ojos chispeantes ahogando las risitas.

¿Quién va primero?

Todavía va Agustín.

¿Todavía?

Y liberaban la risa para soportar los nervios.

¿Y tú cual vas? —preguntaba entonces alguna osada.

No había manera de responder: en aquellos hormonados momentos cualquier puesto que no fuera el primero resultaba humillante.

Las proezas de Agustín también llegaron a oídos de Manola. Huelga decir que desde que se enteró lo miró como al mismísimo demonio, a pesar de que era un rubiales más bien enclenque, flaco y con menos labia que un borrico. Nunca más osó acercarse a él. Cuando las circunstancias de la clase los colocaban juntos concentraban la atención del resto como no lo hubiera hecho la estrella musical del momento. Agustín sonreía como un memo, y Manola miraba al suelo seria como en el funeral de su abuelo.

Las chicas contraatacaron, claro. Pero con poca saña. No eran lo suficientemente bestias para superarnos. Al club de fans de las lolas de Manola lo denominaron «el club del grano pajero». Durante unos días se dedicaron a repasar los granos de cada uno e hicieron su propia clasificación de pajilleros que, casualmente, fue ganada por uno de los más tímidos empollones del lugar. Le valió eterna fama de semental, pese a que el acné no tenga nada que ver con la masturbación. La cosa se apagó con la misma celeridad con que surgió. Sólo el día que Agustín apareció lleno de granos volvió a hablarse del tema con más intensidad que nunca, buscando en su brillante clasificación la semilla de su purulenta y grasienta cosecha.

Las chicas, en el fondo, detestaban a Manola. ¿Cómo no, si nosotros sólo teníamos ojos para ella? Bueno, para una parte de ella, pero para lo que importaba, tenía los mismos efectos. Las mujeres que no la despreciaban tampoco se sentían a gusto a su lado. Quizá porque su delantera las acomplejaba haciendo más evidente sus carencias. Quizá por no soportar el incesante goteo de bromas pesadas y alusiones que los machitos ibéricos en celo prodigábamos sin el más mínimo talento ni consideración.

En junio, al acabar el curso, supimos que había comenzado a ir a un psiquiatra. Manola no había dejado traslucir su verdadero sufrimiento, pero acabó aquel curso medio sonada y con una depresión de caballo percherón. Su mamá la llevó al psiquiatra. Al doctor Pajillas, precisamente. Estuvo yendo todo el año siguiente. Cuando nos enteramos nos sentimos culpables y en septiembre la dejamos en paz porque lo de la psiquiatría nos sonaba a algo grave

Quizá fue peor así: acabamos tratándola con la misma cautela que a los locos. Sólo entre nosotros seguíamos hablando de sus míticas lolas, pero cesaron los abusos, las insinuaciones y demás pamplinas. A pesar de lo cual, o precisamente por tratarla como a una enferma, siempre la vimos incómoda. Nunca dio la sensación de estar a gusto en compañía de otras personas, especialmente de los chicos. Sé que volvió a ir al psiquiatra algún tiempo después. Aún seguía cuando salimos del instituto. Luego le perdí la pista hasta que al poco de inaugurar el bar apareció a comprar tabaco. Estuvimos hablando y me dijo que venía a ver al doctor Pérez porque, aunque estaba bien desde hacía años, no es bueno dejar los tratamientos. Va unos meses, luego lo deja uno. Vuelve. Algo así. ¿Qué te ha parecido la historia?


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