Excerpt for Poemas en sepia by Alberto de la Madrid, available in its entirety at Smashwords

Alberto de la Madrid

POEMAS EN SEPIA









http://albertodelamadrid.es/
albertodelamadrid@gmail.com











COLOFÓN A UN RELATO DE LANDOLFI

Amenaza el alba,
sobre el horizonte
se enciende el cielo,
se ilumina la noche;
pronto, más allá, lejos,
vendrá la luz a encerrar
entre los barrotes del día
nuestro anhelo.
Triste, suspenso
hecho de miedo y silencio
de gritos,
de lágrimas,
amparado en el mate temblor
de una esperanza,
“con los ojos
como violetas húmedas
de tormenta”
buscará de nuevo
anhelo,
reposo para el miedo,
la noche, el silencio
la sombra alargada del crepúsculo
el rincón para los besos.




MIRARTE

Ternura camina de fiesta
por el borde de tus ojos,
piensa en ti,
todo mujer el valle
toda solicitud la lluvia,
bañada niebla de agua
murmurando tu nombre
mi soledad
mujer de ojos tristes
desasosiego, mujer,
mirarte
esta mañana de niebla y aire.




EN EL TREN

Desvestir el alma
en un charco de estrella,
y la noche, rastro de cenizas,
yerma tierra,
despedirla a la orilla del alba.

Esa parte de ti que voló, anhelo,
en una tarde de viento.

Hoy que vuelvo de lejos,
te pienso,
los recuerdos
de cuando entre verso y verso tocaba
tu cuerpo;
de cuando éramos inocentes
y no necesitábamos
para mirarnos
de tantas razones de peso.
¡Qué tiempos! ¿verdad?
envejecer juntos, decía el cuento,
bajo un cielo lleno de estrellas
era aquello,
tiempos en que no había
tantas razones de peso.




SOBRE UN FONDO DE LLUVIA

Sobre un fondo de lluvia
agua, vino y sangre
se oye un rumor de olas.
Irredento vértigo de plomo el bosque,
savia ácida,
pasión adormecida
boquete en el alma,
muerte.




A MI ME GUSTARÍA...

A mi me gustaría
(sí señor, un brasero para el invierno)

Sí, mañana mismo,

despertarte con mis besos;
recoger en sazón el fruto,
habitar el rescoldo de la noche y tu cuerpo,
beber el zumo de tu sueño.

Yacija de barro tus brazos
de franela las sábanas,
mi aliento subiendo
la ladera de tu cuello,
velas al viento, marinero,

Sí, mañana mismo,

Anhelo: lo primero,
—hazme caso— busquemos
caminos nuevos.

Mañana mismo, sí

deja el portón de tu casa abierto,
que pueda yo ir temprano
a cantarte nanas
a leerte mi último cuento,

deja que riegue tu despertar
con el aire de mis versos.




DE TU CALOR FELINO

Será mi vibrante emoción
buscando en la madrugada
el eco de tu presencia,
la puerta, tus pasos cortos,
tu calor llenando mi espera.

Será...
la reacción malva de mi cerebro
junto al sueño
alimentado de ausencias.

Será...
dichoso yo recordando
tu calor felino
tu sudor
envuelto en la noche del alba,
amada mujer de la selva.

El esplendor de mi memoria, hoy,
bebiendo de la nada de mis versos
—incinerados versos
que alimentan mi madrugada
que un día escribí
que canté
que robé
que construí con tu cuerpo
que alimenté con el plañido
de tu orfandad,
con esa salvaje idiosincrasia tuya
de ciega en un mundo de luz—,
se arrima a ellos, a ti, los besa,
se mira en su espejo de fuego,
exhuma desde la noche
pujante paciencia,
anhela el rastro frío de tu cuerpo
atravesando mi cancela,
mi puerta, mi invierno.

La distancia, fibrosa y metálica,
se llenó esta madrugada
de sueño y canela,
de silencio,
de espera;
se vistió de rumorosa alameda,
se arropó de fuego.




GRACIAS A LA VIDA

Pacen hoy mis sensaciones
vibrantes pastos de miseria y anhelo,
mas rebosantes del dulceamargo azogue de la duda,
mas preñadas de nostalgia y deseo,
mas agradecidas a la vida
“que me ha dado tanto”.

Destilan mis entrañas desasosiego y tristeza
frente a esta tierra abierta de otoño
en la que rumorea el eco constante de tu presencia,
mas corre por ellas, no obstante,
el delgado y alegre hilo de lluvia
que lava las penas, que espera.




QUE ME HA DADO TANTO

Encerrado en el tenso espacio
de una noche de insomnio
admiro, hembra, tu cuerpo
dibujado hoy sobre el blanco y negro
de mi madrugada;
tu cuerpo,
amada mía,
por donde anduvieron mis besos.

Miro tu enigmático rostro,
mujer salvaje,
tu sexo.
Pura noche tu mirada
inextricables tus pensamientos.

…Y todas las preguntas
del inmenso infinito de mi nada
resbalan por el talud de la noche
sin respuesta,
se licuan en el espeso
silencio de tus besos.




FANTASMAS DE NIEBLA Y AGUA

Disminuido yo
por la obsesión de tu presencia
trajino esta mañana con fantasmas,
con molinos de viento
con penas
con dulce de leche
con rumor de aguas
con el vino de la espera.

Trajino con fantasmas y sombras
trafico con fantasmas de niebla
bosque de agua y sueño
rubio, de arena,
de blanca espuma
flotando en las dunas
de una mañana de lluvia,
junto al calor de una ausencia.

Trafico con fantasmas de niebla
evanescente copia de haluro de plata
meciéndose en el fondo de una cubeta,
roja oscuridad expectante,
fuego bajo mi voluntad de cera.
Estremecida arena,
pálpito de sangre agolpada,
tenue rumor de agua fresca,
tibia, descendiendo mi piel,
–el agua fuera–
el glauco calor
la línea curva y mórbida de un día cualquiera
penetrando mi mañana,
el calor de otra mano, de ella,
y la vida trotando
cabalgando como un sueño
mi cuerpo
el paisaje blanco de mi espera.

Bosque de agua y sueño.
Esta mañana de otoño y niebla
persigo ser brisa, rumor de hojas
rozando en el hueco de mis sábanas
el calor lejano, su ausencia.

Rubio, ondulada arena mi cuerpo
como una fiesta
esperándote
en el vasto estero
de los hechos.
Playa, ribazo
a donde hoy llega la blanca espuma
de una angosta reminiscencia.

Flota sobre las dunas
un gesto de sensatez
que pide silencio
allá donde el siroco
borró las huellas
dejando tan solo
la inmensidad,
la inapelable belleza.




DUNA DE FUEGO

Tu mano, demorada en el espacio tibio de mi sueño
baja el temblor adormecido de mi vientre:
se ovilla mi cuerpo en ella.

Tus labios descienden de mi boca hacia la selva,
se encaraman a la turgencia, lo besan;
besan, fresas salvajes,
sus lágrimas dulces
como hilillos brotando al calor de una pena:
apura, queda, mi boca la sed
en tus labios de fruta tierna.

Tus dedos, brisa entre las melenas del bosque,
arrullan, cálida arena, mi piel sedienta:
despierta a tus caricias mi cuerpo
como sol de invierno entre la niebla.

Tu cuerpo cabalgando sobre el mío como una fiesta...
¿Cuando volverán a escuchar estas paredes
las campanas de la feria,
tus gritos de fuego,
el gañido que mis besos dejaban entre tus piernas?


Posdata:
Olvidamos, naturalmente,
los rincones del alma,
el fragor de la tormenta,
el furor del sexo,
la plenitud selvática donde los gritos brotan
como cuerpo roto
contra el acantilado de una muerte gozosa
entregada a la noche inaplazable del encuentro.




26 DE NOVIEMBRE

Hoy serás mi tristeza, amor,
sobre la piel del otoño vagando,
hambrienta tristeza de niña chica
como huérfana a cielo raso.

Después de las cinco de la tarde
mi pena se va llenando
de olor a grillos
y sabor a sándalo.
No haré nada en esta tarde
más allá de pensarte sobre el cielo azulgrisáceo
de la lejana franja de mi Gredos amado,
fría aldaba con que acaricio mi alma
plena de lluvia y  barro.
Me adormilo sobre la hamaca soñándote,
hecho de llanto y cieno mi ánimo.

Pensar aquel veintiséis de noviembre me consterna
me anega de lágrimas y cansancio.
Triste y exilado en mi torre de silencio,
como quien levantara un castillo sobre la arena,
cultivo mi desolación,
nada ni nadie que alivien este calvario.

El brillo del filo de una navaja me altera,
refleja en su curvo acero la imagen espantada de ella
el entero agravio.
Ella, mi yo, mi niña entera...
Tanta infamia me desgarra por dentro,
inunda mi cuerpo de un dolor.

Soledad, dolorosa soledad para mi pena
busco refugio en el silencio del páramo.
Mi pena y yo, ovillados, ella en mí, yo en ella.
viviendo la esperanza de una tregua,
entereza ausente hoy en mí,
que habrá de paliar la ausencia,
que habrá de aliviar mi espera.




MIRO LOS CIPRESES

Desde el espacio
desde la nostalgia
desde la memoria
donde habita tu nombre
donde no tiene cabida el olvido,
desde el ático de mi hoy
miro los cipreses,
los altos cipreses que un tiempo fueron testigos
del calor de tu presencia,
—testigos, ocaso de luna llena,
de mañana trotando por el pinar los caminos—,
anuencia temprana de los campos
escuetos y austeros vigilantes
con las tripas llenas de trinos.

Miro retozar las ventrudas nubes azules,
ondinas cabalgando sobre las grupas de un horizonte de leche
—leche vertida desde las ubres de la noche,
leche espesa con un toque de malva pintando la madrugada—,
un día de primavera cuando del hueco que dejaste en mi cama
me llegaba el eco de una locura que aún perdura dibujada
en las nubes azules que cuelgan en las ramas de la mañana.

Miro este espacio de nieve y agua
turgencia de roca y silencio
por donde corre mi sed llena de ti
en esta tarde de nostalgia.
Las hojas de las hayas tapizando las riberas
hablan de la posibilidad de existir más allá de la lluvia
más allá de la distancia.




AGUA DE MI SED

Mi cuerpo se estremece frente a los rayos del último sol
mirando la belleza del tuyo
erguido en el borde de la tarde sobre la línea del campo.
Descarnada belleza, animal seductor,
mi admirado otro yo donde se encierra la plenitud,
el agua de mi sed,
infinito donde sumirme,
perfecta debacle de mí mismo si no te encuentro,
si no te toco,
si no te miro... hembra mía.

Siempre más allá, más lejos, más profundo, más hondo,
deseo, deseo deseo inalcanzable de tu cuerpo,
infinita mi sed, infinito mi anhelo.




DORMIR ENTRE TU PELAMBRERA

Miro su cuerpo en el silencio bermejo de la tarde,
medito, contemplo
el atractivo oscilar de la llama sobre la cera,
miro su cuerpo y el mío,
metáfora de mi y de ella
la posibilidad del juego,
la dicha del encuentro,
la masa que nos define,
acaso la máscara en la que esconder
nuestra soledad,
nuestro anhelo de huérfanos,
—niños perdidos en las páginas del tiempo
huérfanos sin dioses, sin objetivos, sin metas—.

¿Qué es ello, como unas castañuelas alegrando la fiesta,
sus pechos, sus pezones
la umbrosa caricia de su humedal en mi lengua
—el origen del mundo, según Courbet—,
la duna riente de sus caderas?
¿Qué es ello, fuerza arrasadora su regazo
sus besos, mi sueño,
ese acaso que ya no sé si es ella?

¿Qué es ello?
amor lo llaman a este campo de batalla,
escorpiones entre la grama seca,
yesca, fuego, pasión,
también una torrentera de pena.

Te miro, sí,
los rastros de tu cuerpo alertan
el hilo de un discurso interrumpido
la drenada pasión que fue fuego
y se vistió de enfurruñada jerga,
de mala leche,
sí,
de desesperanza,
sí,
también de esperma,
sí,
de grana y tintinear de cadenas.

Pero te voy a decir una cosa,
pese a todo
tu pasión —y la mía— están ahí
tendidas sobre el soleado granito de la sierra
sobre la basta lana de una alfombra
sobre los acordes de un adagio de cuerda
sumergida en un ardoroso piélago
(¡Bendito Dios!,
ahí,
también,
acaso,
quizás,
“como un cuerpo cualquiera”),
estás ahí, criatura abisal
bajo el abismo de mi propia pena
abismado yo en tu cuerpo
palpitante vulva hendida,
pechos míos
deseo fulgente
siempre a la espera.

Sí, estás ahí,
más allá de ti misma,
estás ahí
en el punto en que se hizo el fuego
en el punto en que la llama se hizo hoguera.
Estás ahí, criatura
... mi débil criatura,
mi sensible y fusiana nereida,
penoso estero que yo atravieso
contra viento y marea.

Hoy entretengo la tarde
entre mis fantasmas de niebla
queriendo olvidar sin poderlo
tañendo sobre la madera
de una tosca flauta, un poema.




EN ESTE COMENZAR DE INVIERNO

En este comenzar de invierno...

ronda silencioso un erizo
los ramosos rincones de los setos;
ramas oscuras
cruzan el reflejo de tus ojos tristes
sobre la playa como un eco;
dientes de sierra que bogan azules
el tristecontento de mis versos.

En este comenzar de invierno...

tiempo y silencio suspiran cárdenos
sobre la llama del horizonte.
La alambrada de espino
encierra el cansancio del día
en su jaula de sombra y hierro.
Yo envuelvo en el sudario malva
de un poema lleno de ti,
mi silencio.

En este comenzar de invierno...

abrigado en el balanceo de mi hamaca,
entre la acacia y el almendro,
contemplo los pliegues del campo
medito en todo esto,
el día, la noche, las ramas
el ruido lejano del viento.




MI MUNDO ES TU AUSENCIA

Mi mundo es tu ausencia
el aire que remonta el valle
y refresca mi espera,
la distancia, la fría blancura
que arde quebrada
en medio de la nada oscura
del instante.




ANOCHE SOÑE

Anoche soñé que erais
dos bocas sobre mi cuerpo;
y todo era paz
a nuestro alrededor,
paz y silencio
y una luna cálidamente fría
atravesaba el invierno.




ESTA TARDE TE MANDÉ FLORES

Un flexo sobre tu retrato
crudo y enigmático,
llena de luz tu piel desnuda
sobre el fondo de la noche.

Mi mirada interroga tu semblante,
recuerda algunas breves palabras
que mandas desde tu encierro,
y pienso en por donde vinieron a mí
tus ojos, tu risa, tus tristezas
este anhelo doloroso de quererte
que me llena con tanta frecuencia por dentro.
Y, teniendo la noche y el campo por compañía,
recorro tus palabras,
la tristeza que la Navidad deja en tus huesos,
el cómo resucitas ladrillo a ladrillo
dolor a dolor
desde lejos, inmensamente lejos,
allá desde el vientre de tu madre,
el universo maldito
como si con ello quisieras
verter las salobres e inacabables aguas del mar
en las profundidades de tu cuerpo.

No busca tu tristeza mis brazos, no,
una legua de fuego
el calor de unos besos...

Esta tarde te mandé flores,
rastros de luna llena
entre sus pétalos se esconden.




NOCHE DE REYES

El revoque agrietado de mi ánimo
mira el tiempo muerto de la tarde
cimbreándose en las rígidas hojas
que cuelgan del hueco de mi ventana,
inmensa planicie sin sol ni sombra
por donde arrastra mi tiempo
su flaqueza y su desorden.

La noche se tiñe de cansancio y hastío,
la noche blanca, la noche gris,
con su fragor llamando desde más allá de los confines
de una espesa selva de espinos,
tiende su mano hacia mí y envuelve
en el vasto paño de su indiferencia las palabras,
la resquebrajada arcilla seca de mi cansancio.




¡VOLVER A CORRER!

De la grisura del camino de la mañana
crece en el silencio de mis pasos
el eco de tu alegría nueva.
Mi ánimo campea otoños de tristeza
de hayas y noches de luna llena,
pasar a través de su espléndida herrumbre
atravesar el invierno
mientras te sigo soñando
mientras mi sed crece
mientras mi inquietud se sosiega
agarrado mi cuerpo al tuyo,
espuma liviana hoy
de tu Blas en el hueco de mi pena.

Rígidas campanillas ocres
de un plátano cuelgan allá fuera...
acompañando mis ejercicios de mañana
como velas a una virgen
que hubiera de cuidar mis piernas,
mi ánimo, el sueño de mi niña triste
bajo un cielo cuajado de estrellas.




HABLA CON ELLA


Brilla trémula la fría quietud
de la ausencia.
La blanca luna de la muerte
cubre de rocío y dolor inerme
su cuerpo, su tersa belleza.

Es tarde,
en mi chimenea arde la leña,
del resplandor del televisor
se desprende una pálida luz de neón
que viste de dolorosa belleza
mi rincón de bosque
abismado hoy de mujer, de ella.




LEYENDO A ELIZABETH BARRET BROWNING

La rara y peculiar manera de querernos.
Algo escribí de ello hace tiempo,
mas hoy leí a Browning, Elizabeth Barret Browning
y tuve lástima de mí
lástima de mi tiempo muerto
lástima de la insensatez con que quemamos los dones del cielo;
tuve mucha lástima.
Los libros habían estrechado entre sus brazos mi ánimo,
mi sed se llenó de fruta fresca y primavera temprana,
en mi casa reinaba el silencio;
no sólo eran poemas,
los libros despertaban como viejos amigos
que disputaran entrar por el resquicio
que mi tarde había abierto para ellos.
Y, por ahí, de su mano
me llegó el apremio de la duda,
como si de pronto despertara de un sueño.
Salí a caminar
y mientras miraba las estrellas,
las luces lejanas de los pueblos
recordé un día que me trajiste la cena,
un conejo al ajillo de chuparse los dedos...
Quién pillara en esta noche un semejante guiso,
la gracia de aquel instante,
la fresca brisa de aquellos besos.

Y siento que la tristeza llama a mi puerta.
Tú y yo somos los tontos del pueblo
que no supieron aprovechar de los frutos de la tierra el jugo feraz
esa vida hecha música nueva que canta
Elizabeth Barret Browning en su soneto,
y siento que no pude, que no pudimos
estar a la altura del regalo que la vida nos trajo,
que nos perdimos en malolientes calles de suburbios
donde los perros defecan y ladran interminablemente en la noche;
extraviamos como ciegos nuestro amor... es cierto.

Hoy, a las puertas de una ciudad sin nombre,
escribo versos
miro tu silencio
“y ese don de cantar que yo amé tanto”, de lejos.
Miro, contemplo, busco entre mis libros
con el cazamariposas en alto
el frágil rastro de algún poema
que lleve entre sus alas alguna clara verdad
que no supimos ver a tiempo.




SOBRE EL BAÚL DE MIMBRE

Sobre el baúl de mimbre,
imposible no verlo,
baila ancho y feliz tu rostro de mañana
de un domingo de aquellos,
al lado, dos monos desnudos, nosotros,
caminan sobre las brasas de un volcán,
fuego, el páramos ardiendo,
sangre y fuego.
Antes de comenzar mi trabajo de tarde
miro, reconsidero ese talud de palabras
descansando sobre el mimbre,
el bermejo resplandor de esa portada,
tu caballo, tu rebeca, tu gato blanquinegro...
y quedo pensando...
y me siento dichoso caminante de este mundo
en el que manan hoy unos versos
que evocan, prendidos en los rizos del tiempo,
un reguero de besos, sed y agua de lluvia,
que mis labios fueron sembrando en tu cuerpo.




BERMEJO ROCÍO DE AMAPOLAS

Una vez más amarrado amanecí
a la hembra que cercena mi paz
y aventa el desasosiego en mi ánimo.

Atravieso un campo lunar y desierto
cuerpo a medio hacer que yace mudo
tumbado en el frío sol de la mañana
entre grandes taludes de barro.

Resquebrajado muro,
–¡cabrona de mierda!–
una vez más, soy
pantomima engendrada en el bucle
de un túnel de feria.
Crepitar de llamas
y seco golpeteo de agua
contra los muros de piedra
escuchan mis gemidos
gotear sobre los ocres terrones del campo
mi dolor,
el calvario que los días irán reiterando
letanía preñada de hiel
en el vientre del tiempo
hasta Dios sabe dónde y cuando.

No hay alma que no tenga
un largo rosario de penas
entre sus manos,
cuando ellas llegan
siempre lo hacen en bandadas,
como los pájaros,
la fruta y los viñedos
nubes de estorninos devorando.
Llorar hay que llorar,
regar el campo seco
con el salobre fruto,
que florezcan los chupamieles azules,
tras las heladas los nardos,
flores que agradezcan este desasosiego de mañana,
bermejo rocío de amapolas
que cubrirán los surcos de abril
con el aleteo de sus pétalos.

Y por los campos lavando mis dolor
me fui llorando
dejándolo deslizar como hidromiel
gota a gota por mi ánimo.

¡Qué bellas las ramas desnudas, los almendros,
los viejos olmos de la hondonada
dormidos esta mañana entre los sembrados!




POEMA AL MODO DE JOHN ASHBERY



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