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Historia de un Crimen Perfecto


Mikel Santiago


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Historia de un crimen perfecto

Mikel Santiago


Me llamo Eric Rot y escribo estas últimas líneas de mi vida para confesarme: Soy un asesino.


Yo lo hice. La maté. Linda Fitzwilliams está muerta. Ni huida con su amante, ni jugando a esconderse para irritar a su familia, como apuntaron en su momento las revistas del mundo rosa: La hija del magnate John Fitzwilliams, mi jefe y amigo durante los últimos 20 años, murió estrangulada la noche del 13 de Agosto de hace cinco años, en París. Esa es la verdad.


No espero el favor ni el perdón de nadie por esta confesión. Tan solo quiero explicar por qué lo hice, ponerlo sobre un papel antes de volarme la cabeza, y descansar para siempre, si es que se me está permitido hacerlo.


Déjenme primero presentarme, hablarles un poco de mí. Algunos me recordaran de las revistas y los periódicos. Además de ser el director general de la firma en Francia, actué como “enlace” y portavoz de la familia Fitzwilliam en Paris todo el tiempo en que duró el caso de Linda. Fui yo, de hecho, quien denunció su desaparición a la policía, cinco días después de matarla, con su cadáver aun caliente en el jardín de mi casa de la Vesinet. Aun me parece increíble que pudiera hacerlo; interpretar aquel papel de tristeza y preocupación con mis manos aun manchadas de sangre. Pero, como todo lo demás en mi vida, siempre hago las cosas a conciencia.


Comencé a trabajar para la familia Fitzwilliams cuando solo contaba 13 años de edad, como aprendiz en su sede central de la calle Archer, en Londres, limpiando y arreglando maquinas de escribir. Mi padre era electricista en la Westinghouse y mi madre vendía flores en un puesto de Covent Garden, y si bien aquel pequeño salario era de mucha ayuda en el presupuesto familiar, mis padres nunca permitieron que me desviara de mis estudios.


A los dieciséis años comencé cursos de contabilidad en una escuela nocturna y a los dieciocho ya había conseguido mi primer puesto en la oficina central; un trabajo modesto pero al que me apliqué con todas mis fuerzas, que pronto se vieron recompensadas con un pequeño ascenso.


Ese ha sido el único talento de mi vida: Trabajar y esforzarme. La única opción que le queda al hijo de un obrero si aspira a tener una vida mejor que la de sus padres. En aquellos días la compañía estaba en plena expansión y continuamente se convocaban exámenes de promoción interna a los que yo me presentaba con la voracidad de un joven tigre. Estudiaba por las noches hasta caer rendido sobre el escritorio, justo cinco minutos antes de que sonase el despertador.


Así, a golpe de muchos esfuerzos, medré rápidamente y cuando rondaba los 28 años de edad fui elegido para dirigir uno de los nuevos departamentos nacionales, convirtiéndome en el ejecutivo más joven de la compañía. Aquello me convirtió en un personaje relativamente famoso. Incluso el gran patriarca Laurel Fitzwilliam me invitó a una recepción con ocasión del aniversario de la firma y aparecí en la portada de la revista interna de la compañía. Estaba encima de la ola, justo encima, y tenía las fuerzas suficientes para sostenerme ahí arriba; me lo había ganado.


Tres años más tarde fui destinado a Johannesburgo para representar los negocios de la firma en Sudáfrica. Allí, mientras prestaba mis servicios, trabé una buena amistad con John Fitzwilliam, el heredero de la compañía, quien desarrollaba allí sus primeras labores dentro de la firma. John y yo teníamos la misma edad y, pese a venir de una familia tan importante, era un muchacho agradable y honesto. El me llamaba el “hombre serio” y yo le llamaba “el niñato”, nos hicimos buenos amigos y fuimos una gran ayuda el uno para el otro en aquellos días. Cosechamos grandes éxitos durante aquella gestión en Sudáfrica y cinco años más tarde regresamos juntos a Europa, él para casarse y heredar el imperio de su padre y yo, para tomar posesión del puesto de director general de la oficina en Paris.


Desde entonces me convertí en uno de sus hombres de confianza. John solía invitarme un par de veces al año a su mansión de Oxford para tratar asuntos de la compañía, retarnos al golf y dejar que me deleitara en sus amplios invernaderos, donde se formo mi afición por la jardinería.


También, durante esas noches en sociedad, John me presentaba mujeres, casi todas amigas de Constantine, su esposa. Durante un tiempo me presionó mucho con el asunto del matrimonio. Era algo inconcebible para él que yo jamás hubiese mostrado ningún interés en las mujeres. Una vez, en Johannesburgo, llegó a preguntarme si tenía “otros” intereses, pero yo se lo aclare rápidamente. Toda mi vida había girado en torno a la Firma, jamás me había concentrado en otra cosa y no creía que a esas alturas una mujer encajase demasiado bien en mis planes. Sencillamente, siempre las vi como un auténtico estorbo.


Con la llegada de Linda y Adrian, los dos únicos hijos del matrimonio, John comenzó a dedicar más tiempo a su familia y a delegar más sus responsabilidades. Eso hizo que cada vez nos viéramos menos, aunque en absoluto hizo mella en nuestra amistad. John no comprendía mi falta de apego a la familia, y a su vez, yo no comprendía que un hombre tan importante cambiara la gestión de su imperio por una serie de afectos domésticos, casi siempre destinados a tornarse ingratos. No obstante continuamos una cordial relación. John me dio más responsabilidades sobre Europa y yo las abracé con la misma ilusión que lo había hecho siempre.


En los siguientes dieciocho años la Firma creció de forma imparable. Cerramos grandes acuerdos con gobiernos de todo el continente y aglutinamos a otras empresas que antes habían sido nuestra competencia. Salimos a bolsa con un éxito arrollador y nos situamos en lo alto de una pirámide de oro. Fitzwilliams se había convertido en uno de los grandes grupos empresariales del mundo y John llegó a admitir, durante una de nuestras cada vez menos habituales partidas de golf en Oxford, que el éxito de la compañía se debía más a mis esfuerzos que a los suyos. El era un hombre feliz - me dijo en aquella ocasión -; amar a su mujer y criar a sus hijos era todo a lo que aspiraba en el mundo. “La compañía siempre fue algo impuesto para mí; nunca la amé como tu la amas, Eric. Tu deberías ser el Fitzwilliam, no yo”


Pero yo no era un Fitzwilliam y nunca lo sería. Uno debe saber cuál es su lugar en esta vida y luchar por mejorarlo en vez de mirar al jardín del vecino. Y eso es lo que yo había hecho desde los trece años. Amaba aquella compañía; era lo único que tenía en el mundo, y estaba consagrado a ella por completo. John lo sabía; casi me dejaba dirigirla mientras él vivía de los réditos de mi pasión. Así eran las cosas y supongo que era justo.


Mis padres murieron con solo unos años de diferencia y yo me quede completamente solo en el mundo. Aunque esta era una sensación completamente nominal, cuantitativa, pues yo no me sentía solo ni un día de mi vida. Me encantaba despertarme por las mañanas, ya en mi gran casa de campo de La Vesinet, ya en mi pequeño apartamento de la Defense, y desayunar escuchando el informe de bolsa en la radio. Después, vestir un agradable traje de Saville Row -aun con el fino aroma de la tintorería impregnado en él- y tomar un coche a la ciudad mientras leía una selección de periódicos europeos. Subir las amplias escaleras de mármol de nuestro edificio, entrar por la puerta y saludar al portero, a los empleados que encontraba por el camino y al ascensorista. Llegar a mi despacho, mirar la ciudad a través del gran ventanal y sentarme en mi sofá de cuero mientras mi secretaria me informaba sobre las reuniones del día, el almuerzo, el café, la cena, de si tendría que coger algún avión, asistir algún evento social o si era el día de recibir un masaje.


Mi vida era un mecanismo bien engranado. Un programa sin vacíos. Una melodía perpetua de obligaciones que yo desempeñaba con la mejor de las sonrisas. Me encantaba mi trabajo, la deliciosa rutina de cada día, en mi despacho, a bordo de un avión, o sobre la mesa de un restaurante. El poco tiempo libre que me restaba lo invertía en mi jardín de la Vesinet, donde se iba desvelando un oculto talento por las flores.


Nunca necesité nada, ni nadie más. Pero al parecer, esto no era suficiente para la cruel providencia. No era suficiente que un hombre solo deseara trabajar, cumplir con su labor, y disfrutar de un destino que se había ganado gramo a gramo. Los hados de la fortuna quisieron gastarme una broma macabra, o mejor dicho: Quisieron castigarme, tal vez porque me había atrevido a ser feliz con demasiado poco. Y por eso me enviaron a Linda Fitzwilliam


*


John me lo hizo saber por teléfono un día a finales de mayo del año pasado; Linda pasaría el año en París antes de ir a la universidad. Quería perfeccionar su francés y tener una aventura de bohemia antes de enfocarse en una rigurosa carrera de empresariales. Constantine y él confiaban en mí para que hiciese las funciones de un tío. “Encárgate de que no le falté nada” me pidió John “Y vigílala un poco, ¿lo harás por mí? No me acabo de hacer a la idea de que mi pequeña princesa se marche del nido”


Yo acepté ¿qué otro remedio me quedaba? Además de cuidar de su empresa, ahora tendría también que cuidar de su hija. Recuerdo que ese día, al colgar el teléfono, estaba realmente enfadado. Me dieron ganas de tomar el cenicero de mi mesa y lanzarlo contra el cristal de la ventana.


Linda llegó a Paris la primera semana de Junio. Yo la recordaba como una niña pecosa y parlanchina que no hacía más que hablarme mientras yo trataba de jugar al golf en el green familiar de Oxford. Pero aquella mañana de Junio, cuando la vi entrar en mi despacho comprendí cuánto tiempo debía de haber pasado desde aquellos recuerdos.


Linda se había convertido en una bella mujercita. Tenía un bello y largo cabello dorado que le caía en bucles sobre los hombros, dos preciosos ojos verdes y un cuerpo bien esculpido heredado de Constantine, que había sido una gran bailarina en su juventud. Reconozco que me quedé embobado por unos instantes, mirándola brillar bajo el sol de la mañana. Fue como si una ráfaga de viento entrase por mi ventana después de haber acariciado un campo de flores.


Linda se lanzó entre mis brazos y me besó en las mejillas. “¡Tío Eric!” dijo, tal y como solía hacerlo “Hace tanto tiempo que no te veo… pero estás igual, exactamente el mismo… aunque te han salido unas pequeñas canas” dijo riendo como un cascabel.

Aquella tarde, almorzando en un café junto a los Campos Elíseos, consiguió hacerme reír con aquellos viejos recuerdos de Oxford, que ella había guardado mucho mejor que yo (Hasta los trajes que su padre solía prestarme “porque yo siempre parecía venir de un entierro”) y, por primera vez en mi vida, me olvidé de mi agenda para disfrutar con la compañía de una bella criatura. Ahora me doy cuenta que fue aquella misma tarde cuando comencé a enamorarme de ella.


Lo arreglé todo para instalarla en un buen apartamento del barrio Latino, puse a disposición un chofer (que ella se negó a utilizar – no era nada bohemio) y le di una tarjeta sin límite de crédito a cuenta de la empresa. Hecho esto le hice prometer que al menos una vez por semana me llamaría para decirme que tal le iba. Ella accedió a hacerlo con entusiasmo; me dijo que era absolutamente feliz.


Después nos separamos por un tiempo. Asuntos de la firma me hicieron trasladarme a Hamburgo durante un par de semanas y nos despedimos hasta pronto. Durante en ese viaje me sorprendí recordándola a menudo. Su imagen se colaba entre mis últimos pensamientos del día, aparecía por sorpresa entre mis informes o me hacía perder el hilo de una reunión.


Cuando volví a París Linda estaba ya sumergida en la vida estudiantil de la ciudad: Fiestas, amigos … pero nunca faltaba a su cita semanal conmigo. Solía aparecer por la Defense los días en que mi agenda me permitía llevarla a almorzar. Al principio la llevaba a un café que había junto al edificio, pero después, a medida que nuestras citas fueron más habituales, nos alejamos de la zona. No me gustaba pensar que aquello pudiese levantar rumores equivocados entre los siempre suspicaces empleados… ¿Pero estarían acaso equivocados? Yo lo justificaba todo diciéndome que aquella era la misión encargada por su padre: “Vigílala” me dijo, y eso era lo que hacía. Aunque en el fondo, como siempre ocurre, estaba la verdad. Soñaba con poseerla. Era un sentimiento irrechazable, superior a todas mis fuerzas. Y sobre todo Nuevo. Jamás en mi vida había sentido tal atracción por una mujer. Soñaba con sus labios brillantes, con el olor a champú de su cabello, con su cuello y su piel de leche. Soñaba con sus piernas, con sus senos, soñaba con besar cada lunar de su cuerpo.


A medida que pasaban las semanas, comencé a pensar que Linda también sentía algo por mí. Supongo que sus señales eran obvias, pero después de una vida entera renegando de los asuntos del amor, yo estaba tan ciego como un topo. Tuvo que ser ella la que destapara la caja de Pandora. Y lo hizo con una malvada sutileza. Un día, mientras tomábamos un café después de almorzar, me confesó que había conocido a un chico, un pintor bohemio que vivía en una buhardilla al estilo de los artistas malditos, y se había enamorado de él.


Mientras lo contaba, yo sentí que se me secaba la garganta y que un dolor horrible se abría paso en mi pecho. Jamás me habían roto antes el corazón, así que pensé que debía estar muriéndome por alguna razón. Tal vez un veneno en la comida, o un ataque. Entonces ella me tomó de la mano y me preguntó si estaba bien. Yo traté de recomponerme. Pedí algo de beber. Dije que había sido un ligero malestar. Después pedí la cuenta y dije que debía marcharme de inmediato.


Nos levantamos de la mesa y salimos por la puerta del bistró. Llovía a raudales y nos quedamos debajo del toldo esperando a que algún taxi parase. Entonces ella se dio la vuelta y se plantó frente a mí con la mirada fija en mis ojos. Me dijo que todo había sido una mentira; que no se había enamorado de ningún pintor. Lo había hecho para verme reaccionar… porque en realidad era yo su único amor. “Te he amado desde siempre tío Eric. He soñado contigo cada noche desde que era niña… y por eso estoy aquí, en Francia. He venido solo para estar a tu lado “


Supongo que el amor comienza cuando una persona te hace olvidar quien eres. Y eso fue exactamente lo que me ocurrió en aquel momento, recién salido de un dolor desdichado, al escuchar aquellas palabras tan dulces. Me olvidé de quién era yo. Eric Rot, el hombre de la firma, el amigo intimo de John Fitzwilliam. Y también de quién era ella, una niña de 18 años, posiblemente cautiva de un amor platónico. Y por último, olvidé las implicaciones, olvidé el futuro, y la besé en los labios, bajo la lluvia, mientras nos fundíamos en un abrazo.


*


Mi vida había sido un largo otoño, una larga monotonía avivada con pequeños éxitos, una melodía perfecta pero monocorde. Y entonces el verano llegó a París. Llegó ella con su vestido de flores y su pintalabios sabor a caramelo. Llegó la música. Nuestra loca aventura.


Comenzamos a vernos los fines de semana, en mi casa de La Vesinet. La primera noche que pasamos juntos se fundieron todas las cadenas de mi cuerpo. Al día siguiente, cuando me desperté con ella abrazada a mi cuello y sus rizos esparcidos por mi pecho, terminé de aceptar que la amaba. Jamás podría decírselo a John; nuestro futuro estaba condenado nada más comenzar, pero en aquel momento, viendo su precioso cuerpo refugiado en el mío, fui capaz de olvidarlo todo.


Seguimos viéndonos en secreto durante aquel verano, siempre en mi casa de las afueras o alguna vez en los jardines públicos de la Bonnet, a medio camino de su tren. No me atrevía a citarme con ella en público, incluso en una gran ciudad como Paris, aunque ella constantemente renegaba. Deseaba irse conmigo al Loira, a Caen… viajar a Holanda, pasar un fin de semana en otro lugar. Le expliqué que eso era imposible. Cualquier tropiezo o imprevisto y nos veríamos metidos en un gran problema… ¿es que deseaba que su padre se enterara de todo? Ella a veces decía que le daba igual. “¿Y qué más da que lo sepa? Ya soy mayor de edad y tu eres un hombre soltero, ¿Qué hay de malo en nuestro amor?” Nada, pensaba yo, no había nada de malo en amarse, pero la sociedad no perdonaría un crimen tan jugoso. Sería el fin de mi carrera y un pequeño escándalo de juventud para ella. Y siempre que discutíamos este aspecto terminábamos en la misma pregunta ¿Qué futuro nos esperaba entonces? ¿Vivir recluidos entre cuatro paredes? ¿Amarnos en secreto hasta… cuando? Yo nunca sabía contestar a eso.


Pero la respuesta vino sola. Ocurrió a finales de septiembre, coincidiendo con una visita de John y Constantine a Paris. Fue un tanto embarazoso tener que mentirles, pero lo hicimos admirablemente, comportándonos como un tío bonachón y su sobrina. Sin embargo, el teatro duró poco. Esa noche, durante una cena en el restaurante de la Opera, Linda comenzó a sentirse mal. Dijo que tenía unas horribles nauseas y se levantó apresurada para ir a vomitar. John pidió explicaciones al chef, que le aseguró que la comida estaba en perfecto estado. Pero Linda volvió a vomitar por segunda vez y terminamos llevándola a una clínica del centro. Allí, después de realizarle unas cuantas pruebas, el doctor le confió a John y a Constantine que Linda estaba embarazada.


*


¿Cómo habría podido ocurrir? Supongo que ninguno de los dos éramos precisamente unos expertos… y el error que yo tanto había temido terminó llegando. John enfureció en el pasillo de la clínica… me cogió de las solapas y me preguntó qué demonios había ocurrido. ¡A mí! Por un segundo creí haber sido descubierto, pero entonces Constatine le contuvo y John me pidió perdón… me dijo que había necesitado encontrar un culpable… y no se podía imaginar lo cerca que había estado de lograrlo.


Supe después que esa noche, en la intimidad de su suite, John le preguntó a Linda por el padre del niño y que Linda le mintió. Le dijo que había sido un pintor que había conocido en una fiesta, y que ahora se encontraba lejos de Europa, terminando un cuadro. John insistió en que debían encontrarle, pero Linda se inventó que aquel chico jamás dejaba sus señas antes de irse.


AL día siguiente John me ordenó que contratase un detective y que diera con el muchacho, “costase lo que costase”. Linda se quedaría un mes más en Paris, y después de eso volvería a Londres y allí decidirían que hacer con el niño. Y por supuesto, el asunto de su embarazo debía quedar en absoluto secreto. La prensa rosa estaría encantada de dar con una noticia semejante y teníamos que andarnos con cuidado.

Constantine se quedó una semana más en Paris y Linda y yo quedamos incomunicados. No había medio alguno para hacerle llegar un pequeño mensaje a Linda sin arriesgarme a ser descubierto. Durante esos días encontré un detective. Un hombre de aspecto siniestro llamado Riffle que comenzó a revolotear por todos sitios haciendo preguntas. Riffle volvió a mí al cabo de una semana y me preguntó qué clase de relación tenía yo con Linda. Habíamos sido vistos en varios lugares juntos y se preguntaba si yo podría ser una fuente de información adicional. Supe, por su mirada, que me había descubierto. Ignoraba cómo, pero cuando Riffle me miró con aquellos profundos ojos de color negro, sentí que leía a través de mis pensamientos. Al cabo de una semana le despedí y contraté otra agencia, ésta vez con órdenes precisas de centrarse en el muchacho desaparecido. Reutilicé las mismas mentiras que Linda le contara a Riffle. Era un chico mestizo, de madre francesa y padre argelino; de nombre Benjamín y sin apellido; había vivido en Marsella muchos años y recientemente se mudó a Paris, en algún lugar del barrio latino. Ahora se hallaba en paradero desconocido, aunque había razones para pensar que fuera algún lugar de Tailandia, pintando un cuadro para un mecenas desconocido. La agencia de detectives se frotaba las manos ante lo que prometía ser una larga investigación. Les pedí presupuesto para seis meses. Supuse que John y Constantine se olvidarían del asunto pasado este tiempo.


Constantine regresó a Londres y yo no perdí ni un minuto para citarme con Linda en la Vesinet. Fue una tarde horrible. Ella estaba muy alterada después de pasarse una semana oyendo las lamentaciones de su madre, y yo estaba nervioso, temiendo que alguno de los detectives que yo mismo había contratado, nos descubriera. Según la vi no supe cómo reaccionar. Ella se lanzó entre mis brazos pero yo me sentía como una estatua de hielo. Fue como si de pronto hubiese despertado de un sueño y me hubiese dado cuenta de lo estúpido que había sido todo ese tiempo. Linda era solo una niña. Una niña enojada con sus padres (“los odio” me dijo “no quiero volver a verles nunca más”) y sobre todo una niña asustada, que se deshizo en lágrimas sobre mi camisa preguntándose qué sería ahora de su vida. Al parecer John había sugerido el aborto, pero Constantine se había negado en redondo a esa idea. La madre de Linda había planeado que el niño nacería, pero que sería dado en adopción.


Después de unos momentos de pánico, tomé a Linda por los hombros y le dije que no llorase más, que pasase lo que pasase lo arreglaríamos. Recuerdo ver su sonrisa resurgiendo entre las lágrimas nada más oírme; “Dime que no me abandonarás” me rogó “Haré lo que tú desees pero prométeme que seguiremos juntos” Yo se lo prometí, titubeando y sin demasiada convicción, pero se lo prometí. Debía tranquilizarla, hacerla confiar en mí, o de lo contrario confiaría en alguien más. De pronto me sorprendí a mi mismo actuando con la frialdad que acostumbraba a hacerlo en los negocios. Fue como una pequeña y rápida revolución en mis sentimientos. Y Linda se convirtió en un problema a resolver. Un problema que requería creatividad e inteligencia.


Antes de despedirnos aquella noche le hablé de los detectives y le aconsejé que extremara las precauciones. Le dije que sería mejor esperar unos días para volver a vernos. También repasamos la historia del pintor por si debía repetirla de nuevo, y me cercioré, una vez más, de que no hubiera confiado a nadie nuestro pequeño secreto. Ella se enfadó un poco. Me dijo que nadie, ni sus mejores amigas, sabían nada de lo nuestro o del embarazo. Hecho esto la dejé marchar con la promesa de vernos el viernes siguiente en una cena organizada por la compañía.


La semana pasó en un suspiro. Tuve que volar a Hamburgo y pasé allí un par de días arreglando unos asuntos legales. Regresé el jueves a última hora y me encontré un mensaje de Linda en el contestador automático de mi casa de la Vesinet. Se la veía muy contenta. Me decía que “había tenido una gran idea” y que deseaba verme al día siguiente, durante la fiesta, para contármela. Borré el mensaje inmediatamente y me quedé algo preocupado por esa “gran idea” de Linda. Estuve a punto de llamarla pero opté por no hacerlo. Me bebí dos copas de coñac mirando la televisión y después me metí en la cama. Los asuntos en Hamburgo iban viento en popa y bien engrasados. Pensando en ellos logré apartar de mi mente el temor de que Linda hubiese cometido (o estuviese a punto de cometer) alguna estupidez.


*


Nos vimos el viernes siguiente, en una cena de caridad que la firma organizaba todos los años. Linda apareció vestida como una princesa. Entallada en un conjunto plateado y tocada de perlas y finos diamantes. Además de eso, estaba triste, y la tristeza le confería un aire de hermosura inalcanzable que hechizaba el aire por donde pasaba. Cuando entró en el comedor del Excélsior algunos invitados me preguntaron quién era y no me creyeron cuando les dije que aquella muñeca, que parecía una estrella más en la noche de Paris, tenía solo 18 años. A mí también me costaba creerlo.


Durante la cena, sentada en la mesa presidencial, algunos jóvenes ejecutivos perdieron el tiempo tratando de deslumbrarla con sus anécdotas. Linda estaba en otra esfera y apenas conseguían arrancarle una forzada sonrisa o una educada contestación sin interés. Yo me fijé en ella disimuladamente. Apenas tocó la comida; se dedicó a beber y a responder alguna pregunta sobre su estancia en París. Y de vez en cuando la sorprendía mirándome con los ojos brillantes y grandes como los de un gato mirando a la luna.


Después de la cena, la fiesta se trasladó al ático del Excélsior y yo estuve muy ocupado durante la primera hora, saludando y haciendo presentaciones. Después, sobre la medianoche encontré a Linda junto a la barra de cócteles, soportando el abordaje de un joven diplomático Portugués. Con una vaga disculpa logré liberarla de su esforzado pretendiente y la lleve a tomar algo de aire a la terraza del rascacielos. París rugía a nuestros píes, incendiada de luz, y una suave brisa nos acariciaba el cabello.


“Huye conmigo. Vayámonos juntos” dijo Linda “No quiero volver a Londres.”


Había bebido y se le notaba en la voz. Sonreí mirando a nuestro alrededor. Le pregunté qué locura era aquella.


“He hablado con papá y mamá está tarde. Se lo dije”


De pronto el corazón me dio un vuelco. Traté de mantener la compostura.


“¿Qué les dijiste?” pregunté.


“Les dije que no quería volver con ellos, someterme a sus malditas órdenes. Les dije que me iría con mi amante, con el padre del niño. Tengo dieciocho años y puedo elegir. ¿No es verdad?


Comenzaba a darme cuenta del problema en el que me había metido.


“¿Les dijiste quien era… el padre?” pregunté con voz trémula.


Ella se rió


“Oh claro que se lo dije… el pintor, Benjamín… ¿no lo recuerdas?”


Entonces se acercó y me susurró:


“Te amo, Eric. Huyamos juntos. ¿Lo harás? Dime ¿Lo harás?


La fiesta murmuraba a mis espaldas. Una gota de sudor brotó en mi sien derecha. Ahora me quedaba claro que ese problema era demasiado importante como para seguir alargándolo con promesas. Había que resolverlo cuanto antes.


“Si…” respondí “Quiero irme contigo… pero quiero que sea ahora. Vayámonos ahora.”


“¿De veras?” preguntó entusiasmada


Mire hacia los lados y asentí. Una idea se iba formando en mi cabeza a la velocidad de un relámpago.


Linda me preguntó a dónde pensaba llevarla y le dije que conocía un sitio en el sur de España. Tenía una pequeña propiedad en una colina llena de naranjos que daba al mar mediterráneo. Podríamos instalarnos allí por un tiempo.


“Pero ¿Esta noche?” volvió a preguntar, incrédula.


“¿Hay mejor momento?” respondí yo “Tengo ganas de tomarme un largo descanso. Y tú ya no haces nada aquí en Paris”


“Ve a la calle y coge un taxi” continué “Que te lleve a tu apartamento; yo iré a buscarte dentro de una hora. No hables de esto con nadie ¿De acuerdo? Nadie debe saberlo.


Nos despedimos allí mismo. Linda no cabía en su alegría. Yo trataba de atemperar mis nervios ante lo que estaba a punto de hacer (¿lo iba a hacer realmente?) Y volví a la fiesta en busca de una buena copa. Me introduje en una de las muchas conversaciones que se sucedían y traté de comportarme con toda la naturalidad del mundo. Hablé largo y tendido con uno de aquellos jóvenes ejecutivos que la compañía había mandado recientemente a Paris y sobre la una de la madrugada me despedí con el argumento de que había sido una larga semana. Cogí un taxi frente al hotel. En el garaje de mi apartamento en la Defense tenía un BMW aparcado que a veces utilizaba para desplazarme a la oficina. Lo arranqué y salí hacía el centro. A esas horas de la noche apenas había tráfico. Volé y en media hora estaba en el barrio latino.


*


Linda bajó vestida con unos vaqueros y con una gran mochila al hombro. Se montó y me besó en los labios.


“Tengo que pasarme por La Vesinet para recoger algo de ropa” le dije “Después pondremos rumbo al Sur.


Conduje deprisa. Linda me hablaba de nuestro futuro en España. Me hacía preguntas sobre la casa. ¿Miraba al mar? Estaba segura de que seríamos muy felices… y más cuando naciera el niño. Yo conseguiría algún trabajo… y ella también podría trabajar… algo saldría.

Llegamos a la Vesinet y tomé la precaución de entrar el coche en el garaje. Linda me preguntó si debía esperarme allí y yo le dije que pasara a la casa. Me ayudaría a elegir la ropa que debía llevarme.


Subimos al salón y le preparé una copa. Se la dejé apoyada en la mesita que daba al televisor y ella se sentó allí, de espaldas al resto de la casa. No paraba de hablar, y oírla planeando nuestras vidas, el nacimiento del bebe, la habitación, los juguetes… era una auténtica tortura. Cada palabra que surgía de su dulce garganta era como un aguijón que se me clavaba en las piernas y frenaba mis intenciones.

- ¡España! ¡Soy tan feliz! Nunca hubiese imaginado que terminaría viviendo en España.


Pero una fuerza aún mayor me empujaba. Me repetí a mí mismo que no había otra salida; tarde o temprano aquella muchacha terminaría cometiendo un error, o sencillamente, descubriéndonos. Aquella era una oportunidad única para acabar con aquella sombra que amenazaba mi vida, y no podía fallar.


- Esta noche podemos parar en algún lugar del sur. ¿Qué te parece Burdeos? ¿Está muy lejos?


Fui a la cocina y me apoyé en la puerta. Tenía que decidir cómo hacerlo. Fui revisando diferentes objetos a mi alcance: Un largo y afilado cuchillo, un martillo… me imaginé la sangre saliendo a borbotones por la herida, regando alfombras, cortinas… Finalmente opté por estrangularla. Sería limpio, insonoro… Tenía un rollo de cable que había utilizado para extender la línea telefónica hasta el pasillo. Recorté un buen trozo con unas tijeras y me enrollé un extremo en cada mano. Tiré de él con fuerza y me dirigí al salón. Linda tenía la cabeza apoyada en el sofá y los ojos cerrados. Me oyó venir y sonrió. Estiró los labios y esperó a que la besara.


Yo rodeé su fino cuello con el cable. Ella sonrió aún más y abrió los ojos.


“¿Una sorpresa?” me preguntó, creyendo tal vez que estaba abrochándole un collar al cuello.


Tiré hacía atrás, imprimiendo una violenta presión en el cable. Vi como Linda abría los ojos, sorprendida por aquel alud de fuerza y dolor. Se echó las manos al cuello, tratando de liberarse del cable. Abrió la boca mientras lo hacía, como si quisiera decirme algo.


Comenzó a agitar sus piernas y elevó sus manos hacía mi cara pero yo logré esquivarlas mientras mantenía el cable bien tenso entre mis manos. Oí sus famélicos estertores que parecían el aullido de una hiena. Un sonido absurdo, inimaginable.


Al cabo de un minuto Linda dejo de moverse y descansó finalmente. Yo solté el cable y su cabeza rodó hasta posarse en la almohada del sofá. Le cerré los ojos pero no pude hacer lo mismo con la boca. Esta se fue cerrando lentamente al cabo de los siguientes minutos.


Me había herido las manos manteniendo el cable en tensión. Me maldije por aquel tonto error. Podría haberme puesto unos guantes de cocina y así evitar una herida tan visible. Fui a por un botiquín y me apliqué algunas vendas y esparadrapo. Después volví al salón.


Estaba exhausto. Me eche en el sofá y me tomé un par de copas mirando a Linda. Se diría que estaba dormida de no ser porque sus piernas habían quedado dobladas en zigzag y sus manos abiertas y en tensión.


A través de la ventana se veía el resplandor del amanecer iluminando el cielo. Descarté cualquier intento de enterrarla aquella noche. Podría hacerlo el sábado de madrugada, bien descansado y al amparo de la oscuridad. Hasta entonces, lo mejor sería dejarla en algún sitio fresco y oculto.


La arrastré hasta el garaje y la envolví en una vieja alfombra. Después coloqué algunos sacos de fertilizante sobre el bulto. Supuse que no comenzaría a oler hasta pasados un par de días. Cerré la puerta del garaje por dentro y volví al salón. Cepillé a fondo el sofá y las alfombras, eliminando cualquier pequeño pelo que pudiera haber quedado atrapado allí.


Los pájaros habían comenzado a cantar cuando terminé. El sol se asomaba tras las montañas. Subí a mi habitación, me bebí una última copa y me tumbé en la cama. Pensaba que no podría dormirme en un buen rato, pero sorprendentemente, nada más cerrar los ojos concilié el sueño.


Me desperté al mediodía del sábado y en los primeros segundos de mi consciencia se apoderó de mí una sensación horrible. Pánico mezclado con culpabilidad y con miedo. Me eché a llorar como un niño y por primera vez fui plenamente consciente de que había sesgado no una, sino dos vidas con mis manos. Ideas desesperadas cruzaron por mi mente. El suicidio, entregarme… pero finalmente surgió esa voz en la que siempre he confiado, la que siempre ha sabido guiar mis pasos con seguridad desde que era un niño. Y aquella voz me dijo: Has resuelto el problema. Esa muchacha hacía peligrar todo el esfuerzo de estos años. Hiciste lo correcto.

Pasé el resto del día fuera de casa, tratando de recobrar el equilibrio. Fui al centro de jardinería y compré una pala nueva y bolsas de plástico. Volví a casa al anochecer y decidí ver la televisión hasta que se hiciese muy tarde. Puse el canal de noticias. No decían nada sobre Linda. Era probable que nadie la echase en falta hasta dentro de un tiempo… quizás una semana o dos. En ese caso tendría que ser yo quien diera la voz de alarma. Yo era quien solía verla cada semana y quien se suponía al cargo de ella – vaya ironía. Calculé cuanto tiempo sería lógico esperar hasta comenzar a preocuparme por ella. Quizás tres o cuatro días llamándola y sin recibir respuesta. No debía precipitarme. Debía actuar con naturalidad, sin levantar demasiado ruido al principio. Diría que Linda me confesó sus planes de huir junto con su misterioso amante. Si era cierto que había amenazado a sus padres con hacerlo, entonces el asunto estaría resuelto.


A eso de las dos de la mañana salí al jardín trasero y me cercioré de que nadie andaba por los alrededores. Después elegí un buen sitio, junto a una rocalla rodeada de pequeños pinos, y comencé a cavar. Jamás hubiera imaginado lo que cuesta cavar una tumba. Tardé algo más de tres horas en hacer un buen agujero. Cuando terminé, el sol estaba comenzando a resplandecer en el horizonte. Con mis últimas fuerzas arrastre el cadáver hasta allí y lo deje caer en el hoyo. Después volver a cubrirlo me senté en el césped, exhausto, mirando aquel montón de tierra húmeda. Tenía las manos llenas de ampollas y un fuerte dolor en el lumbago. Por lo demás, me sentía liberado por haber terminado el trabajo. Decidí que al día siguiente plantaría unas cuantas amapolas en el nuevo parterre.


Las cosas marcharon incluso mejor de lo que planeaba. El lunes siguiente a primera hora recibí una llamada de Constantine diciéndome que era incapaz de contactar con Linda. El viernes a la tarde habían tenido una gran discusión por teléfono y ella amenazó con fugarse en compañía de su amante. Al día siguiente Constantine la llamó cinco veces, y el domingo no menos de quince, incluyendo a dos amigas que no sabían nada de Linda, excepto que tampoco había respondido a sus llamadas. Le dije que no se preocupara. Seguramente se trataba de una pataleta y Linda acabaría llamando a casa en unos pocos días. Aun así, Constantine me rogó que me personara en su apartamento y tratara de hacerla entrar en razón, cosa que prometí hacer esa misma tarde.


Me presenté allí después del trabajo. Era uno de esos viejos edificios de los años cuarenta que aún abundan en la ciudad. Largas escaleras de caracol, suelos ajedrezados y un estrecho hueco aprovechado para instalar un pequeño ascensor. A pesar de haber sido el amante de Linda durante casi cuatro meses jamás había puesto un pie allí, de modo que no fue difícil fingirme desorientado. Toqué su timbre cuatro o cinco veces y después golpeé en su puerta llamándola en voz alta. La fortuna quiso que me oyera una de sus vecinas, una mujer ojerosa y de pelo enredado que apareció envuelta en un albornoz y con un cigarrillo en la boca. Le expliqué lo que sucedía y ella recordó haber visto a Linda el viernes a la tarde. Se la cruzó por las escaleras y creyó que era una actriz, por lo bien vestida que iba.


Le agradecí la información y le rogué que le diera un mensaje si volvía a verla: Que llamara a su casa, pues sus padres estaban muy preocupados por ella.


- ¿Ha desaparecido? – preguntó la mujer cuando ya me disponía a marchar escaleras abajo.


- Aun es pronto para decir eso – respondí yo.


- Es una muchacha preciosa, un ángel – dijo la mujer apoyándose en el marco de la puerta – Las muchachas bonitas corren peligro en este mundo.


- Ciertamente – dije yo


- Espero que esté bien. Maldito sea si alguien la ha hecho algo.


- Aun es pronto para…


- Maldito sea el que la haya dañado – repitió la mujer con sus ojos enrojecidos puestos en mí.


*


Llamé a Constantine nada más salir del edificio. Le dije que esperaría hasta la noche y volvería a intentarlo. Constantine se puso algo nerviosa; me rogó que la llamara en cuanto supiese algo. Se lo prometí. La tranquilicé diciendo que Linda aparecería en cualquier momento y se ganaría un buen sermón.


Pero claro, eso no ocurrió. Esa misma noche, sobre las once volví a llamar a Londres para informar de que Linda no estaba en su casa. Constantine perdió el control al oírme, comenzó a gimotear invadida por los nervios. Lo siguiente que escuché fue la temblorosa voz de John pidiéndome consejo. “¿Qué hay de los detectives?” me preguntó “¿Cómo es posible que aún no sepan nada? Ese muchacho está en Paris, estoy seguro. Linda consiguió hablar con él de alguna manera, y ahora están juntos.”


Le dije que era muy probable que así fuera y John me ordenó que presionara a los detectives para que entrasen en la casa y buscaran en las cosas de Linda: La dirección de ese muchacho debía de estar en algún sitio. También me anunció que él y Constantine llegarían a Paris al día siguiente por la noche.


Así que debía darme prisa. No iba a permitir que ningún detective entrara a registrar el apartamento de Linda sin haberlo revisado yo primero. Mi nombre podría aparecer en cualquier sitio; un diario, un poema… una nota. De pronto me di cuenta de que había muchas cosas fuera de mi control. Me faltó el aire por unos instantes, pero después volví a atemperar mis nervios.


La mochila que Linda había preparado para nuestro viaje a España seguía en el maletero del coche. El domingo me di cuenta de que había olvidado enterrarla con el cadáver y pensé en lanzarla al Sena cargada de piedras, alguna noche entre semana. Ahora, ese pequeño olvido jugaba a mi favor. En uno de los bolsillos de la mochila encontré las llaves del apartamento. Pero ¿cómo podría justificar tener esas llaves en mi poder? Aquello atraería sospechas sobre mí. Así que debería hacerlo furtivamente, aquella misma noche, no podía posponerlo.


Tenía en mente a esa vieja vecina con aspecto de loca. Era de esa clase de personas que se despiertan solo con oír pasos en la madera. Y después de nuestra conversación era muy probable que ni siquiera durmiera. En cuanto oyese la llave girar en la cerradura creería que yo era Linda y vendría a husmear. Tenía que hilar fino. No quería que esa vieja le contase a los detectives (y a la policía en un futuro no muy lejano) que me había visto entrar en el apartamento de Linda.


Me fui a dar una larga vuelta con el coche. Salí de París, cené en un restaurante de carretera y leí el periódico del día con un largo café. Regresé sobre la una de la madrugada. La calle estaba tranquila y el edificio en penumbras. Subí las largas escaleras de caracol tratando de no hacer ruido, aunque la traicionera y vieja madera no dejó de crujir a mi paso. Al llegar al piso, miré a la puerta de aquella vieja vecina. Todo parecía en silencio. Conduje la llave con cuidado hasta la cerradura de Linda y la giré tratando de no hacer ruido. La puerta se abrió emitiendo un suave chirrido y me colé por ella.


La luz anaranjada de las farolas entraba en diagonal a través de la única ventana de aquel apartamento. Era un estudio de una sola pieza y bastante desordenado. Había ropa tirada sobre la cama, por el suelo, maletas abiertas… supuse que a causa de la prisa que Linda debió darse para preparar su mochila.


Tiré del cordón del estore y dejé que a luz de la calle iluminase lo máximo posible el apartamento. El escritorio estaba junto a la ventana. Sobre él encontré una foto de Linda (preciosa, en un vestido de noche, supongo que no mucho tiempo atrás), un ejemplar de “Las flores del mal” en francés y una nota escrita a toda velocidad.


“Papá y Mamá: He decidido marcharme de París por una temporada. Por favor, no os preocupéis por mí. Estaré bien. Os llamaré en cuanto tenga un minuto. Os quiero. Linda”


Aquella nota me convenía, así que la devolví al escritorio y proseguí el registro. Revisé su ropa; una veintena de bolsillos donde todo lo que encontré fueron monedas, billetes de metro y pequeños pañuelos de papel hechos bolitas. Después miré entre sus libros (pocos) y cuadernos de la academia de francés. En uno de ellos, escrito de forma reiterativa, encontré la siguiente frase:


Le vrai amour c´est pour toujours

Le vrai amour c´est pour toujours

Le vrai amour c´est pour toujours

Le vrai amour c´est pour toujours


El amor verdadero es para siempre”


“Te he querido siempre tío Eric” me dijo una vez, sentados a orillas del Sena, un día en que nos atrevimos a salir de la Vesinet “desde que era un niña y te veía llegar en aquel largo coche negro a nuestra casa de Oxford. No eras como los demás… parecías tan apesadumbrado, triste… como si llevases el mundo cargado sobre tus hombros… y yo me preguntaba qué había en ese corazón que te apenaba tanto. Y soñaba con llevarle algo de luz, y de alegría… siempre soñé con ello. Siempre.”


¿Era lo nuestro un “amor verdadero” que yo había liquidado fríamente, sin el menor escrúpulo? ¿Era posible?


Tenía aquel cuaderno aun entre las manos, con mi mente ahogándose en esos terribles pensamientos, cuando escuché, a mis espaldas, un ruido procedente de la puerta. Me quedé paralizado, casi sin respiración. Ni siquiera pensé en esconderme en el baño. Sencillamente me quedé inmóvil, quieto como una estatua en la penumbra de la habitación.


Los ruidos continuaron y pude escucharlos mejor. Eran dedos. Dedos que se arrastraban por la madera de la puerta, arañándola de arriba abajo. No me equivocaba. El edificio estaba en completo silencio. Era como si alguien clavase sus uñas a lo largo de la madera con fuerza, presa de una terrible angustia.


Me quedé paralizado, con el corazón latiendo a toda velocidad en mi pecho. ¿Quién podría ser? ¿Por qué? Recordé a aquella vieja vecina… recordé su aspecto de loca, de maniática... y su maldición. “Maldito sea el que la haya hecho daño”


¿Es que había leído en mis ojos?


Despegué los pies del suelo y me acerqué a la puerta. Los arañazos se sucedían, cada vez con más fuerza. Arriba, abajo, como violentos brochazos de un pintor loco. Me acerqué aún más, pegué la oreja a la madera. Escuché una respiración al otro lado, una respiración asmática, suplicante, entre la que distinguía un susurro, como una oración ininterrumpida. ¿Qué era lo que decía? El ruido de sus uñas no me dejaba oírlo con claridad. Pegué el oído con más fuerza a la puerta. Era algo en francés… algo como… Le vrai amour c´est pour toujours


Entonces sentí un terrible golpe, un puñetazo dirigido contra mi cara que había ido a parar a la puerta. Me aparté aterrado y tropecé con una pequeña bolsa yendo a parar al suelo. Ahora, pensé, ahora vendrían a por mí. Ahora. Pero ¿quién?


Miré hacía la puerta, esperando a que se abriera. Una fina franja de luz se colaba por debajo ella. Ahora todo era silencio… ¿se había ido? Pero de nuevo: ¿Quién?


Me puse en pie y me acerqué otra vez. El ruido se había ido.


Esperé allí, sentado junto a la puerta durante un par de minutos. Después, cuando hube recobrado mis arrestos, me levanté y abrí la puerta de un golpe. El descansillo estaba desierto. Nadie. Supuse que habría sido un borracho o un bromista…


- ¿Linda? – dijo la voz de aquella vieja a través de la puerta - ¿Eres tú Linda?


Salí corriendo escaleras abajo.


*


Al día siguiente llegaron John y Constantine a Paris. Para cuando les recibí en mi despacho de la Defense, los detectives ya habían regresado con un informe “de urgencia” acerca de Linda y de su misterioso pintor. Esa mañana habían registrado el estudio de Linda ante la presencia de un par de testigos (la casera y una vecina) y habían dado con la nota, que apuntaba claramente a un caso de fuga voluntaria. Además, ciertas fuentes del entorno artístico de Paris, habían apuntado a un posible nombre para resolver la identidad del pintor: Charlie Badoo, que se hallaba de viaje por Tailandia desde hacía cuatro meses. Era la única persona que correspondía mínimamente con la descripción, a pesar de no llamarse Benjamín (aunque esto podía ser una invención de Linda, apuntaban los detectives) La agencia se había puesto en contacto con algunos corresponsales de Bangkok que ya le buscaban desde esa misma mañana. Por lo demás, nos aconsejaban activar un seguimiento de operaciones con las tarjetas de crédito de Linda, cosa que yo ya había hecho para cuando sus padres llegaron a Paris.


John y Constantine, pese a mostrar cierta angustia, se sintieron aliviados al comprender que su hija se encontraba bien. El informe de la agencia terminaba con un alentador análisis de perfil del caso: EL 90% de las fugas adolescentes se resuelven felizmente. En cuanto Linda entrase en razón contactaría con sus padres, probablemente para pedirles que la ayudasen a regresar a casa.


De todas formas, John siguió presionando. Ese mismo día almorzamos con importantes cargos de la policía francesa, y se llegó a un compromiso de activar cuantas fuentes de información estuvieran a su alcance para resolver el paradero de Linda. Irónicamente, lo primero que se activó tras de hablar con la policía fue la prensa.


La filtración fue total; se supo lo del embarazo y lo del pintor Marsellés. El viernes siguiente, cuando se cumplía una semana de la desaparición de Linda, John me ordenó que denunciara oficialmente el caso y que me hiciera cargo de contener a la prensa, que comenzaba a revolotear alrededor de nuestra oficina de la Defense y el hotel Ritz donde se alojaba el matrimonio.


Esa misma tarde, a mi salida de comisaría, di una pequeña rueda de prensa explicando los detalles de la desaparición y lanzando un mensaje a las cámaras: Le pedí a Linda que se pusiera en contacto con su familia y confirmará que se encontraba bien.


Al parecer no había otra noticia más interesante por aquellas fechas y el asunto de Linda tomó una relevancia que nadie había podido predecir. Tabloides, revistas rosas y programas de radio y televisión se hicieron eco de la “loca aventura juvenil” de la hija del magnate John Fitzwilliam. Se dio la coincidencia de que Charlie Badoo resultó ser también algo difícil de localizar. Al parecer, los detectives no lo habían encontrado en Bangkok y habían extendido su búsqueda por el resto del país. Esto dio alas a la imaginación popular. Cada día se pergeñaba una nueva teoría en las tertulias de radio y televisión; que ambos estaban escondidos en algún lugar de París; que habían viajado a Tailandia… por no hablar de las decenas de pistas falsas recibidas en esas fechas y que aseguraban haber visto a Linda y a su amante en lugares tan dispares como Fez, Ginebra o Ámsterdam. Solo unos pocos apuntaron a la posibilidad de que asunto tuviera un cariz siniestro. Entre ellos aquel detective que contraté en primer lugar, el tal Riffle. Pasadas dos semanas, apareció invitado en un programa de televisión y expresó sus dudas de que Linda hubiera salido de París en ningún momento, y aún menos para irse a Tailandia con un pintor que, según sus pesquisas, ni siquiera conocía. Según él, había algo “raro” en todo el asunto. Al parecer Linda tenía un amante, pero nadie, ni siquiera sus mejores amigas le habían visto jamás en su compañía. Era como si ella lo ocultase al mundo. ¿Por qué? La teoría de Riffle es que se trataba de una relación que su familia no podía aprobar. “Quizá un hombre más mayor que ella” añadió “quizá alguien de su entorno.”


Aquellas declaraciones tomaron mayor relevancia cuando, finalmente, los detectives lograron dar con Charlie Badoo en una pequeña aldea del sur de Tailandia. El pintor dijo ni siquiera conocer el nombre de Linda Fitzwilliam. Había estado solo, aislado del mundo y concentrado en su obra durante los últimos meses. “¿Linda quién?” fue el titular la mañana siguiente en los tabloides “Se confirma: Charles Badoo no es el amante de Linda Fitzwilliam”, “La familia muestra su inquietud ante este nuevo descubrimiento”,”Aumentan los rumores de que la historia del pintor sea una invención”, “¿Quién es el secreto amante de Linda? ¿Por qué lo ocultó?” La pista falsa de Badoo terminó ahí (con una publicidad millonaria para el artista, que ese año vendió un 300% más en las galerías parisinas) y se abrieron nuevos cauces de investigación.


Ahora la atención se concentraba en el amante secreto de Linda. Su foto había sido publicada y al final ocurrió lo que me temía. Una empleada de la estación Gare de Lyon testificó a la policía que había visto a Linda varias veces durante aquel verano, tomando el mismo tren hacia las afueras de París los viernes por la tarde. Linda era una muchacha hermosa que atraía las miradas. Otro hombre, un empleado de los jardines públicos de la Bonnet, aseguró haber charlado con una chica “inglesa” del mismo aspecto que Linda en las inmediaciones de La Bonnet. Recordaba que la chica había sido recogida por un coche “caro” (gracias a Dios eso era todo lo que recordaba de mi BMW) conducido por un hombre del que no podía dar descripción. Salieron otros testimonios mas vagos e imprecisos (algunos de ellos apuntando hacía la Vesinet) pero nada demasiado concreto. Además, por esas fechas, apareció una foto (tomada por un turista en una playa de Indonesia) en la que una “supuesta” Linda aparecía en segundo plano tomando el sol. La foto se desmintió al cabo de una semana y aquello terminó por hacer que el público desconfiara de tantas apariciones y testimonios.


Pasó el tiempo. Un mes después de que Linda desapareciera sin dejar rastro, la prensa acusó el desgaste de la noticia y comenzó a relegarla fuera de titulares. John trató de reactivar el asunto ofreciendo una recompensa de 12000 libras a quien pudiera dar alguna pista del paradero de su hija. Después de eso, regresó a Oxford junto con Constantine y me dejaron al frente del timón.


Fue un descanso para mí, que no había tenido ni un minuto libre desde que todo aquel asunto de la prensa comenzara. Cada día - desde que la imagen de Linda comenzara a aparecer en los medios – había sido una pesadilla para mí; siempre esperando al dedo acusador, a la voz que se alzase para decir: - ¡Era usted! ¡Usted era su amante! Pero eso no llegó a suceder, y ahora que otras noticias iban distrayendo la atención del caso, por fin pude relajarme y concentrarme en los asuntos de la compañía.


Habíamos logrado postergar los asuntos de Hamburgo por un tiempo pero –incluso con una desaparición familiar por medio – los negocios no esperan a nadie, de modo que ese fin de semana decidí llevarme todos los informes a mi casa de la Vesinet. No había vuelto por allí desde que enterrara a Linda y estaba obsesionado con volver y comprobar que el cadáver seguía perfectamente oculto. Además, podría pasar un par de días de completa soledad, trabajando y ultimando detalles para nuestra próxima reunión.


Esa tarde, al salir del trabajo, conduje directamente hacía la Vesinet. EN un programa de radio hablaban de un reciente conflicto entre China y los Estados Unidos, la recesión y otros asuntos de actualidad. El tema de Linda parecía olvidado.


Según salía de la autopista para entrar en la carretera regional observé un coche que venía siguiéndome. Era un viejo Citroen de faros amarillos que estaba seguro de haber visto detrás de mí al salir de la Defense, y que ahora parecía dispuesto a seguirme. Pensé que se trataría de algún paparazzi (habíamos tenido varios durante el mes que duró el asunto de Linda en el candelero) y traté de darle esquinazo a través de los laberínticos senderos de la zona. Me conocía bastante bien los caminos que unían las casonas de la Vesinet y le hice sudar la gota gorda para seguirme, pese a lo cuál, el Citroën no se despegó de mí en todo momento. Finalmente, decidí destaparle y le esperé parado junto a mi casa.


El coche se aproximó con descaro y finalmente terminó parando detrás de mi coche, junto a la puerta de mi villa. Entonces decidí bajarme para resolver la cuestión cara a cara, pero según lo hice y reconocí a mi perseguidor sentí que la sangre de todo mi cuerpo bajaba a los talones: Era aquel detective que yo había despedido un tiempo atrás, Riffle.


- ¡Hola! – dijo acercándose a mí con una sonrisa en los labios


- Hola- respondí sorprendido.


Riffle se acercó a paso firme y me tendió la mano. Se la estreche casi sin fuerza, tratando de entender qué hacía aquel tipo allí.


- ¿Me ha seguido? – le pregunté.


- Si – dijo él – Y me disculpo por haberlo hecho. Quería hablarle al salir de su trabajo pero se dio tanta prisa que no me quedó otro remedio que seguirle. ¿Vive aquí? – dijo señalando a la villa.


Asentí.


- Es un lugar precioso – añadió él mirando el coqueto chalet -. Yo siempre he soñado con vivir en el campo, pero el trabajo de detective no da tanto dinero ¿sabe? ¿Son geranios lo que tiene plantado ahí? ¡Son preciosos de veras! Yo debo conformarme con un pequeño tiesto junto a la ventana.


Por si no lo describí antes, Riffle era un hombre bajito, cejudo y con la mirada astuta y brillante. Lo contraté siguiendo la recomendación de un conocido que me dijo que era uno de los mejores detectives de París. Y en aquellos momentos, viéndole mirar hacía mi jardín, mi corazón comenzó a latir con agitación.


- Bueno… pero ¿qué desea? – pregunté, cortando tal vez con demasiada brusquedad las observaciones que Riffle se dedicaba a hacer sobre mis plantas

Riffle sonrió y me observó en silencio, esperó unos segundos antes de contestar.


- Quería hacerle un par de preguntas sobre Linda. ¿Sabe? Estoy intentando ganarme esa recompensa de 12.000 libras. Me vendrían de maravilla ¿sabe?


- Lo comprendo… - suspiré – en fin…está bien… estoy un poco ocupado pero cualquier cosa es secundaria si se trata de éste … asunto. En fin…Usted dirá. ¿En que puedo ayudarle?

Riffle no dejaba de mirar hacia la casa. En sus ojos fulguraba una idea.


- ¿Podría invitarme a un vaso de agua? Vengo sediento.


- Yo… - titubeé – ya le he dicho que estoy un poco ocupado.


Él me miró con esos ojos penetrantes que parecían leerle a uno como en un libro abierto. De pronto sentí que estaba poniéndome rojo… que estaba quedando en evidencia.


- De acuerdo, pase – terminé diciendo - No quiero ser maleducado.


- Gracias – dijo él.


No me giré mientras abría la cancela ni tampoco mientras caminábamos por el jardín, pero estuve seguro de que Riffle no perdía detalle de nada. Yo, por mi parte, evité girar el cuello para mirar al parterre de las amapolas, donde Linda estaba enterrada. Estaba seguro de que Riffle decodificaría una cosa así en cuestión de segundos.


Abrí la puerta y entré. La casa olía a cerrado. Oí como Riffle se limpiaba los pies en el felpudo y me seguía.


- Bonita casa, si señor – dijo al llegar al salón.


Le invité a sentarse y fue a hacerlo al mismo sofá donde había ocurrido todo. Me alegré de haberlo cepillado hasta la saciedad, pero ahora me asaltaron las dudas. Temía los ojos de aquel tipo. Veían cosas más allá de lo que otros eran capaces.


- ¿Agua… o prefiere un vino? – le pregunté desde la cocina.


- ¡Un vino si puedo elegir! – exclamó desde el salón.


Vi su redonda cabeza, calva por la coronilla, brillar bajo la luz de mi lámpara. Pensé en cómo le sentaría un martillazo. Seguramente reventaría como una sandía.


- ¿No tiene usted esposa? – me preguntó entonces - ¿hijos?


- No. Nunca me casé – respondí con parquedad. Me imaginé que notaba la falta de fotografías familiares en la repisa de mi chimenea.


- Un hombre listo – bromeó él – Yo en cambio me casé dos veces. Mi primera esposa me abandonó, la segunda sigue conmigo. No sé qué es peor.


Volví al salón con las copas de vino y las dejé sobre la mesa. Después tomé asiento en un sofá, a la derecha de Riffle.



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